Opinión
Dime lo que comes y te diré a qué sabes

Por Nekane Goñi
-Actualizado a
Empezamos con un misterio que esta semana parecía resuelto: ¿qué les sucede a las abejas? Su extraña vulnerabilidad a las enfermedades, que las pone en peligro de desaparecer, es casi un símbolo de la amenaza del hombre respecto de la biodiversidad. Las abejas y la miel han acompañado al hombre desde el inicio de su paso por la tierra. Su ausencia sonaría como una trompeta del Apocalipsis. Lo que nos faltaba…
Se dijo que podían ser víctimas de una avispa feroz. Y hace unos días la Comisión Europea responsabilizó a tres plaguicidas que se utilizan en los cultivos de girasol, colza y maiz y los prohibió durante dos tres años.
Pero otros profundizan más en el problema: las abejas se mueren porque no comen lo que deberían. La producción industrial exige retirar toda la miel de las colmenas impidiendo a las abejas alimentarse en invierno de sus reservas. Se sustituye por jarabes azucarados, que no contienen todos los nutrientes necesarios, privándolas de su mecanismo de defensa natural.
Lo que comes puede matarte. Sólo hace falta recordar la crisis de las vacas locas. O las nada tranquilizadoras noticias sobre utilización de cadáveres de perros para piensos. Se trataría de alimento para mascotas, pero también para la ganadería en general, por lo que podrían llegar a la cadena alimentaria.
Pero no nos pongamos en lo peor, sino en todo lo contrario. Lo que comen los animales que nos comemos, también contribuye a que sepan mejor y a que sean más sanos.
Dicen que los mejores corderos que se pueden degustar son los que pastan en la Alta Provenza francesa, en praderas tapizadas de tréboles y lavandas, y salpicadas de tomillos, ajedreas e hinojo… Así se consigue un cordero a las finas hierbas. Nada de especiarlo en casa, aunque sea con productos de nuestro propio huerto. Aromatizado, pero en origen.
Cualquier buen quesero os contará también las diferencias –muy marcadas a veces- entre el queso de verano y el queso de invierno. Uno resulta fresco y frutal, porque las ovejas y las vacas han pastado al aire libre todas las delicias de la pradera. El otro puede tener más matices de frutos secos porque los animales comen heno en los establos.
Pero no se trata sólo de sabor. Resulta curioso que los técnicos de la cabaña de cerdos ibéricos de Joselito – ese milagro gastronómico madurado en las bodegas de Guijuelo- dedique su trabajo y sus esfuerzos a la investigación y la mejora de los pastos de las dehesas. Esos cerdos, que trotan casi a su aire para asegurar una exquisita musculatura, no sólo comen bellotas, que aumentan el colesterol “bueno” y aportan vitamina E, sino que suplementan su dieta con hierbas que aportan más antioxidantes. Tranquilos, podemos forrarnos a jamón ibérico porque es sano, no es pecado –si no somos judíos ni musulmanes-, ni engorda. Ya sabemos cual es su único defecto…
Es más, en Galicia, han hecho de la alimentación de sus cerdos, un nuevo producto gastronómico: el cerdo criado con castañas. En realidad se trata de una crianza tradicional. Este régimen también aporta vitamina E y antioxidantes. Pero lo más original es su repercusión en el sabor: aseguran que es más dulce y más sabroso. No lo puedo confirmar porque no lo he probado.
Dicen que más o menos así sabemos los humanos, como un cerdo -seguro que algunos más que otros- por aquello de que somos animales omnívoros. La única referencia que tengo a mano es la de Amin Meiwes, el caníbal de Rothenburg, que se zampó a un amante, al parecer, con su consentimiento. Esta es su experiencia: “Yo sazone el steak de Bend con sal, pimienta, ajo y nuez moscada. Lo acompañé con croquetas, col de Bruselas y salsa de pimiento verde. El sabor de la carne es como el cerdo, un poco más amargo, fuerte. Su sabor es muy bueno”.
Ya se que da escalofríos pero no nos asustemos. Al fin y al cabo, uno de los cuentos infantiles más tradicionales y con un título tan dulce: “La casita de chocolate”, no es más que una historia de canibalismo.
“Desganados en la mesa, desganados en la cama”
Para quitarnos, nunca mejor dicho, el mal sabor de boca, y para compensa la bizarra receta de la semana pasada, os recomiendo un plato y, sobre todo, un libro delicioso de Héctor Abad Faciolince. Se llama “Tratado de culinaria para mujeres tristes”. Y precisamente esta receta debería acabar con la tristeza por la vía del amor porque contribuye a “avivar los sentidos hasta el colmo”. Porque lo que se come también influye en el comportamiento.
Necesitamos 13 langostinos grandes. Para un fumet usaremos las cáscaras con un poco de apio, cebolla y un trozo de pescado. A parte, freiremos ajo y cebolla en aceite y mantequilla. Le echaremos el caldo reducido con una cucharada de harina y una copa de brandy. Y allí pondremos los langostinos enteros hasta que “su color pasea un naranja intenso”. El autor recomienda comerlos con una pasta corta, después de aliñarlo todo con pimienta y nata. Asegura que, con un champagne seco, el resultado es casi infalible. Ya me contareis.