Opinión
Justos por pecadores
Por Amparo Estrada
"Nos han castigado a toda la clase”. Esta frase la he escuchado muchas veces a lo largo del periplo escolar de mis hijos. En su colegio predomina la convicción de que la clase es una unidad viva, responsable solidaria de la actuación de cada uno de sus miembros. Es decir, que si tres chavales arman follón y no dejan que el profesor explique con tranquilidad, es muy probable que todos los alumnos acaben teniendo que hacer un trabajo adicional, como castigo, o entrando a clase una hora antes para recuperar el tiempo perdido.
El objetivo es loable: se trata de que cada uno de los chicos, por respeto a sus compañeros, no se comporten mal en clase porque entonces todos son los perjudicados. Pero tengo aprendido, a lo largo de muchos años de escolarización familiar, que la interiorización de las consecuencias de los actos propios sobre los demás no funciona. Además, esa medida colegial puede inducir a que el supervisor no haga un control total.
El efecto psicológico y real de que paguen justos por pecadores suele ser el contrario: los que no han hecho nada malo se sienten injustamente tratados. Y eso es lo que está pasando en esta crisis económico-financiera.
La quiebra de entidades financieras se ha producido, en gran parte, por las malas prácticas de ambiciosos ejecutivos que no tuvieron en cuenta los riesgos. Y por la ausencia de controles sobre ellos. Sus efectos han acabado arrastrando a toda la sociedad. Pero el castigo no lo están sufriendo ellos –muchos han recibido grandes indemnizaciones y bonus–, sino el resto de la clase: los trabajadores en regulación de empleo, las empresas ahogadas por la falta de crédito, los pequeños ahorradores cuyos planes de pensiones o fondos de inversión han perdido toda la rentabilidad acumulada en años...
Por eso, es probable que, dado que los profesores –Gobiernos y supervisores– no han aplicado el castigo correcto a los auténticos culpables, se geste una rebelión en las aulas.
Paréntesis en la competencia
Al final, para evitar males mayores, el dinero público mundial va a salvar bancos en riesgo. Pero esto puede plantear otro problema grave: las reglas de la competencia han pasado al olvido. En estos momentos, da igual si eres una entidad bien o mal gestionada: el Estado te salvará.
El día en que el presidente de los empresarios, Gerardo Díaz Ferrán, solicitó un “paréntesis” en el libre mercado, no se podía imaginar la anchura del paréntesis. Entre refundar el capitalismo, nacionalizar la mitad del sistema bancario –aunque sea de forma parcial– y tratar de achicar vías de agua que no paran de salir en el sistema financiero, los Gobiernos han debido pensar que no están para pequeñeces, como salvaguardar las reglas de la competencia, básicas para nosotros, los ciudadanos corrientes.
No es de extrañar que Emilio Botín, presidente del Banco Santander (ese que está aprovechando la crisis para ir de compras por el extranjero) haya recordado a los Gobiernos el “riesgo moral”: tus errores los pagan otros y tú te vas, legalmente, de rositas. Es decir, si haciéndolo peor que otro el Estado me ayuda a mí pero no al otro... ¿cuál es el incentivo que puedo tener para hacerlo bien?
Advertencias del banquero
Por eso, Botín ha lanzado una advertencia al mercado y al Gobierno : “Los ciclos existen, el crédito no puede crecer indefinidamente, la liquidez no siempre es abundante y barata, la innovación financiera no puede hacerse a espaldas del riesgo que conlleva. Las soluciones que planteemos deben evitar generar riesgo moral: no podemos transmitir el mensaje de que se puede actuar sin responsabilidad sobre los errores que se cometan. Me parece muy importante que, dentro de este conjunto de medidas, no se pierda de vista la necesidad de mantener un adecuado equilibrio competitivo entre las entidades financieras. Es esencial que las medidas a adoptar no afecten al funcionamiento del mercado y se mantenga el estímulo a la buena gestión”.
El riesgo moral se manifiesta en muchos otros ámbitos. Como con las notas escolares. Hay padres que, con el fin de motivar a los hijos que sacan malas notas, les ofrecen magníficos regalos si estudian y aprueban. Cuando un buen estudiante ve que no recibe regalos, empieza a pensar que algo no cuadra. Botín debe empezar a sentirse como el estudiante aplicado que ve pasar los regalos por delante de su puerta en dirección a los repetidores y se pregunta adónde va a llegar esto.
A ninguna entidad financiera le interesa en estos momentos que haya más quiebras en el sector porque la desconfianza y el pánico que generaría acabaría afectándolas a todas. Pero hay que poner límites al abandono de la competencia y, sobre todo, exigir responsabilidades. Y empezar a trabajar por el resto de la clase, que no se merece este castigo colectivo.