Opinión
El loco (en la primera esquina)
Por Espido Freire
-Actualizado a
Incluso con el endurecimiento de las normas de circulación defienden su derecho a conducir por encima de todas las cosas, de la sensatez, de la legalidad, del peligro. A ese derecho se superponen otros. El de la comodidad, el de consumir el alcohol que deseen, o las drogas de su elección, o la velocidad que les hace que el corazón se acelere y se sientan los huesos como mantequilla.
Lo defienden con la certeza de que eso es la normalidad. Asusta pensar qué nos resulta normal a fuerza de costumbre y de rodearnos de seres similares. La normalidad justifica los mil errores pendientes de cada ser humano. Es tan normal hacerlo como no hacerlo, vivir al margen de la ley o respetar cada una de las normas impuestas.
Mientras tanto, entre algunos conductores se insiste en que los castigos no mejoran la conducción, ni tampoco el carné con puntos, ni los controles de tráfico. En el fondo de esa manifestación, la sugerencia de que ni una cosa ni otra hará que varíen sus hábitos al volante. ¿Es el coche una piel artificial que consideramos propia? ¿Puede ser ésa la razón por la que no se admitan consejos ni recomendaciones, como si se opinara sobre nuestro cuerpo o nuestro carácter?
No se conduce como se es: se hace como se desearía ser. La independencia proporcionada por el coche se confunde con la propia, y se aferran a ella incluso cuando el tráfico o las circunstancias la convierten en una lenta hilera de procesionarias. La primera carta del tarot, el loco, muestra a un hombre mal vestido, con la ilusión del inicio del viaje, con el entusiasmo del perturbado. Lleva un hatillo a la espalda, y un perrito le muerde los talones, y le impide volver atrás. Viaja siempre impulsado por una idea fija y por el perro a la espalda.
A veces pienso en esa carta mientras los coches salen, como una manada puesta de acuerdo, a un destino común. Entre esos mecanismos impulsados por la sed de viaje y el descubrimiento de algo nuevo, aparecen perros más veloces, menos sensatos, que obligan a acelerar, que enfadan y marcan un ritmo impuesto.
La primera carta del tarot es también la última.