Opinión
Mamás
Por Varios Autores
LETRAS DE CAMBIO// EVA ORÚE
Mañana celebramos el Día de la Madre, las tiendas y los centros comerciales nos lo agradecen, y aquí toca festejar a las madres de los escritores.
Mamá Houellebecq
La última en incorporarse a esta dudosa categoría literaria es Lucie Ceccaldi, 83 años, humilde inquilina de una cabaña en una playa de la isla de La Reunión, y madre de Michel Houellebecq. Tuvo éste la ocurrencia de describirla en Las partículas elementales como una hippie ligera de cascos y miembro de una secta. Sin ocultarla bajo una identidad falsa, dando nombre y apellido. Ahora, doña Lucie le responde en L’Innocente (Scali), en cuyo prólogo avisa: que nadie busque “un ajuste de cuentas en la familia Houellebecq”, y en cuyo epílogo se desmelena: “Podré volver a hablar con Michel el día en que comparezca en la plaza pública con sus Partículas elementales en la mano y diga: “Soy un mentiroso, soy un impostor, lo único que he hecho en la vida es daño a todos los que me rodean. Y pido perdón”.
Mamás Cortazar y Pamuk
Ocurre que, normalmente, las fabuladoras son las madres, deseosas de ennoblecer a sus retoños, meros escritores al fin y al cabo. Afirma Eduardo Montes Bradley en Cortázar sin barba (Debate, 2005) que la mujer que le dio vida, María Herminia Descotte, contribuyó a difundir la especie según la cual Julio nació en Bruselas por accidente (no es completamente cierto), así como otra ya muy arraigada: que hablaba con acento francés (sus célebres erres) por su infancia europea, cuando lo cierto es que tenía frenillo. Claro, que inventar (un pasado, una leyenda) es fácil una vez el crío se ha consagrado. Lo difícil es adivinarle el futuro. Quizá eso explique que la señora de Pamuk eligiera para su hijo el nombre de Orhan en recuerdo del segundo sultán otomano, que destacó por no destacar en nada. “Sed normales, sed mediocres, sed como todo el mundo. Nunca llaméis la atención”, repetía la señora como un mantra. Sin fortuna, a lo que se lee.
Mamá Proust
La madre de todas las madres, sin duda. Jeanne Weil se llamaba, antes de quedar sepultada bajo un apellido que algunos toman por marca de magdalenas. Imprescindible para Marcel, sometida por él a la más férrea de las dictaduras. “Me causa tanto placer quejarme ante ti”, le dice. “Contarte mis penas y enfermedades es mi manera de amarte” le asegura. Sin ella el escritor no hubiera sido posible, y su historia está en Madame Proust (Grasset, 2004), el libro que le dedicó Évelyne Bloch-Dano.
En fin. Que mañana es el día de la madre. Así que (ustedes/vosotros me perdonareis), ¡feliz día, mamá!