Opinión
Miss y Mister España 2008
Por Bob Pop
No tengo nada en contra de los concursos de belleza humana, canina, hortofrutícola o floral. Es más, me gustan. Me parece enternecedor asistir al desfile de chicos, chicas, caniches con pedigrí y cola apomponada, calabacines gigantes o rosas de té. Me conmueve esa euforia final de los ganadores –humanos– de los concursos de belleza, cuando afirman que han cumplido su sueño y que su mayor ilusión en la vida era estar allí; llegar a ese vórtice de flashes, confeti, serpentinas, coronas y bandas patrocinadas.
Me estremece darme cuenta de que todavía hay quienes piensan que se gana, que un título (de lo que sea: de Miss, de Mister, de perito agrícola, Nobel de Literatura o instalador de paneles solares por CCC) significa algo. Como si en algún momento de nuestra vida existiese un resquicio de gloria donde pudiéramos tumbarnos y descansar, sentir que estamos ahí, por fin.
Pero no existe ese lugar. Los concursos –de lo que sean– son siempre una simulación de la vida, una mala imitación. No tenemos un sitio, no hay descanso. Nunca se llega a nada, por mucho que hablemos de triunfos, éxitos, laureles y logros; son siempre ajenos. Y así los creemos porque nos falta información. Pero cuando disponemos de todos los datos (los nuestros) sabemos que eso es falso: nunca conseguimos nada, no se gana. Nos instalamos en la agotadora mediocridad de quien lo intenta y ahí seguimos, tratando de hallarle a ese cansancio algún sentido.