Opinión
Los muñecos de José Luis: un cuento de La Moncloa
Por El Gran Wyoming
-Actualizado a
José Luis Moreno tenía tres muñecos: Monchito, Macario y Rockefeller. El primero era locuaz y coloquial y eso le hizo muy popular. El segundo, socarrón, parecía el más inofensivo. Y el tercero era muy avispado, para algunos, más listo que el propio José Luis, lo que le hizo acreedor de los celos de su amo. Un día, el ventrílocuo decidió dar un giro empresarial a su vida y dejar el negocio en manos de uno de los muñecos. Optó por Macario porque pensaba que para encargado sería más útil la fidelidad o la sumisión que cualquier otra cualidad. Molestos con la decisión, los otros dos emigraron. Rockefeller emprendió el vuelo a América y, haciendo honor a su apellido, se dedicó a la cosa del dinero. Monchito, el más chuleta y locuaz, se marchó a Bruselas. Allí, lejos de la patria, se volvió un nostálgico y acabó idealizando aquel pasado donde los títeres, tras representar su papel, descansaban encerrados en la extraordinaria placidez de la caja.
El tiempo fue pasando y Macario empezó a hablar por su cuenta, quería humanizarse. José Luis no estaba dispuesto a soltar los hilos de la marioneta, aparecía en escena y cambiaba el guión. Macario luchaba contra su condición de muñeco; es más, algunas cosas de José Luis no le hacían gracia y osaba mejorarlas. Las disputas fueron en aumento y el público acabó dándoles la espalda. El negocio se arruinó. José Luis no fue capaz de entender que en el mundo del espectáculo sólo es posible defender aquello en lo que se cree, que los muñecos acaban teniendo vida propia y, si se les niega, llegan a cargarse a su creador, como le ocurrió al doctor Frankenstein. Y colorín colorado este cuento no ha acabado, pero conocemos su final. Ya se sabe, el que se fue a Sevilla, perdió su silla.