Opinión
Nueva forma de medir la crisis
Por Amparo Estrada
Prácticamente todo se puede medir, hay unidades de cuenta para cualquier cosa. Por ejemplo, podemos calcular el peso en kilos o libras, la distancia en metros o pies, la crisis en miles de millones, en posición en el ranking de desgracias o en el tiempo estimado para ser superada.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) mide en billones de dólares, exactamente en 1,3, el coste hasta ahora del caos financiero mundial. En euros, unos 900.000 millones. A eso hay que añadir el “plan de rescate” de Bush para comprar, con el dinero de los contribuyentes norteamericanos, la basura financiera que no quiere nadie: otros 700.000 millones de dólares, casi medio billón de euros. A esa basura la llaman “activos tóxicos” en la terminología eufemística acuñada por los amos del universo financiero.
En España, el Gobierno ha medido en 20.000 millones de euros la inyección que este año introducirá en la economía a través de modificaciones fiscales y préstamos del ICO, el mayor paquete de un Gobierno europeo hasta el momento. Lo que no está claro es si eso debe aliviarnos o asustarnos. Si nos medimos según la posición en un ranking de calamidades, tampoco pasamos desapercibidos. Después de la Segunda Guerra Mundial se han producido al menos 18 crisis financieras en los países industrializados. De entre las cinco más graves, España ocupa un puesto destacado con la que sufrimos en 1977. Kenneth Rogoff, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha escrito un ensayo para la American Economic Review Papers donde analiza las similitudes de crisis históricas con la actual. La conclusión es que, antes del estallido, hay circunstancias comunes: aceleración en los precios de la vivienda –en España sabemos mucho de eso–,
caídas en los precios de las acciones y deuda pública creciente. Hoy, con la ingeniería financiera aún más desbocada, vuelve a ocurrir lo que siempre ha ocurrido y nadie, de nuevo, ha estado lo suficientemente despierto para evitarlo. Y lo que podría ser peor: el tiempo medio en salir de una crisis, dos años, ahora es muy posible que se queden cortos.
La experiencia sueca
En 1991 y 1992, Suecia sufrió a nivel local lo que hoy ocurre a nivel internacional, ya que vivió una crisis financiera por motivos parecidos a los de ahora: la liberalización de los ochenta provocó una avalancha de préstamos sin que los bancos controlasen si las garantías eran suficientes. No había subprime (hipotecas basura) pero el principio era el mismo: se dieron demasiados préstamos sin avales suficientes y se produjeron los impagos cuando estalló la burbuja inmobiliaria en 1991 y 1992. Suecia –también Noruega y Finlandia– tuvo que acudir en ayuda de sus entidades financieras. El Gobierno sueco de entonces, con el apoyo de la oposición, tuvo que, en septiembre de 1992, garantizar los depósitos y créditos de los 114 bancos nacionales –algunos ya habían quebrado antes–. El coste inicial representó el 4% de su Producto Interior Bruto, una cifra similar a la que se estima para el plan de Bush. Pero Suecia recuperó más de la mitad con los beneficios con la venta posterior de lo nacionalizado. Es una manera más de medir la crisis: el dinero de los contribuyentes que tendrán que aportar los Gobiernos.
Podríamos poner sobre la mesa otra forma de medir la crisis para que se tenga en cuenta especialmente a la hora de pedir responsabilidades a los que con su avaricia o con la dejadez en sus obligaciones de control han permitido que se llegara, una vez más, a una situación como la actual. Las crisis anteriores se saldaron con nadie o casi nadie ante los tribunales de justicia, cuando en muchos casos había responsabilidad legal. Así que también podemos medir la crisis por personas que acaben ante los tribunales de justicia o a los que se les exija responsabilidades económicas, profesionales y políticas. En esto, esta crisis podría empezar a marcar la diferencia. Porque, si se resuelve poniendo dinero público y salvando la cara a los que no cumplieron su obligación, se seguirá repitiendo una y otra vez.
También podemos utilizar un metro humano para calibrar la crisis. Podemos medirla en hombres y mujeres que han perdido su trabajo, en jóvenes que no consiguen acceder a él, en pisos embargados por no poder pagar la hipoteca, en chavales que no pueden continuar sus estudios porque en sus casas ya no entra el dinero suficiente, en viajes que nunca se harán, en noches en vela de los que temen perder su puesto de trabajo, en negocios y proyectos que no pueden llevarse a cabo porque el banco no les presta el dinero, en úlceras de estómago de los que no llegan a fin de mes, en sobreexplotación de los trabajadores que no se atreven a protestar por el temor a ser despedidos...
Es otra forma de medir la crisis. ¿Tú como lo harías?