Opinión
Pantagruel a dieta
Por Rafael Reig
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Ya estamos en carnavales. Algunos de ellos son una muestra de ingenio, arte y buen humor. Las críticas, que son inherentes a esos festejos, se suelen hacer con estilo y gracia. Pero hay otros en los que esas críticas son horteras y chabacanas. Entre ellas, las que suelen hacerse a la Iglesia y a su jerarquía. Sin embargo, no creo que se atrevan a meterse con el islam. De cualquier forma, sería poco equitativo que no duden en hacer mofa de la Iglesia católica y sus instituciones, y en cambio no se atrevan a ridiculizar nada relacionado con la religión de Mahoma. Y en cuanto a los laicistas que están en contra de cualquier manifestación de religiosidad popular, aunque no ofenda a nadie, sería un contrasentido que apoyen o les parezcan bien esas mascaradas de mal gusto en contra de cualquier religión, que ofenden los sentimientos de muchos.
ANTONIO GARCÍA RAMONEDA, Sabadell
¿Laicistas en contra de cualquier manifestación de religiosidad popular? ¿De dónde los ha sacado? ¿Qué rayos es un laicista? Yo no he visto ninguno jamás (y mira que alterno a diario con gentuza): afirmo que se los inventa. Usted asegura que una manifestación religiosa “no ofende a nadie”, pero que los carnavales “ofenden los sentimientos de muchos”. ¿Por qué se conceden sólo usted y sus amigos el derecho a darse por ofendidos? Usted decide (con su superior criterio) que ciertas críticas “son horteras y chabacanas”. ¿Me concede a mí el mismo derecho a afirmar que la virgen del Pilar es más basta que el papel de lija y el Cristo de Medinaceli un cursi repelente? ¿Quién decide lo que se hace “con estilo y con gracia”? ¿Usted? ¿Los que mandan?
Pues eso precisamente es lo que pone en cuestión el carnaval. El mal gusto (lo corporal y lo escatológico del carnaval) ataca directamente sus principios: no pretende otra cosa. Es mal gusto deliberado, premeditado con intención artística y política. Dinamita la categoría misma de “buen gusto” o de “estilo y gracia”. Mire, tengo esperanzas minúsculas de que logre entenderlo, pero ¿por qué no lee a Bajtin, por ejemplo? Quizá comprenda qué es la cultura carnavalesca y por qué la respuesta del poder a (pongamos) Rabelais siempre será decir que es “de mal gusto”. ¡Por supuesto que Rabelais es de mal gusto: si no pretende otra cosa! La cultura popular, carnavalesca, da en la diana sólo en la medida en que consiga ofender a tipos como usted.
Y, en fin, su rabieta infantil alcanza el paroxismo cuando se queja de que no se caricaturice al islam. ¡Que se metan con Pepito, en lugar de meterse conmigo! ¿Por qué no se meten también con Pepito? Pues, alma de cántaro, porque aquí Pepito no es nadie y el carnaval es una insurrección contra el poder establecido.
RAFAEL REIG