Opinión
La paranoia
Por Público -
Es interesante comprobar que una manía persecutoria individual puede convertirse en sentimiento colectivo y, además, en plataforma política. Así pues, sin necesidad de cambiar la sigla, el PP ha cambiado de nombre y hoy es el Partido Paranoico.
Todos persiguen al PP, jueces, policías, bomberos, periodistas, boy scouts, y cualquier ciudadano que sin querer pase por la calle Génova corre el riesgo de ser acusado de conspiración, de ser parte de una de las tantas tramas montadas desde un siniestro despacho en La Moncloa.
La visión de cargos del PP esposados de manera desproporcionada y discriminatoria ha estremecido los corazones de los españoles, y la congoja ha sido mayor cuando algún periodista ha preguntado si son ciertos o no lo cargos que se les imputan. La conjura zapaterista ha logrado distraer la atención sobre esas manitas unidas por lacerantes argollas de acero, y la ha fijado en la pueril necesidad de saber si hubo o no chanchullos. Así, la natural tendencia de ser forever young, el acto de amor que significa aceptar regalos de un amigo del alma y responder con algún favorcillo que fortalece la amistad, se ha convertido en algo reprobable por culpa de jueces, periodistas y fiscales que no conocen el placer de dar y recibir. ¿Acaso un partido político no desea lo mejor para los ciudadanos? ¿Acaso este deseo no es un acto de elemental generosidad? Eso es lo que la conjura zapaterista persigue; la generosidad de los que saben dar lo mejor de sí mismos, información privilegiada, contactos, contratos, preferencias, trato especial, y a cambio reciben con humildad presentes que testimonian afectos imperecederos.
Los crueles perseguidores exigen que aparezcan papeles inexistentes, por ejemplo ciertos contratos extraviados en la Federación Española de Municipios durante los años en que Rita Barberá presidía la FEMP. Saben que en todos los archivos hay ratones particularmente glotones con los documentos guardados de forma apresurada, papeles muy sabrosos cuando cualquier acto ilícito que escondan está a punto de prescribir. Lo saben, pero insisten, de pura maldad y afán persecutorio.
En algún lugar de España Rajoy suspira: ¡Ay señor!, ¿cuándo acabará este calvario? Y Soraya Sáenz de Santamaría lo observa en monástico recogimiento.