Opinión
Pobres bichos raros
Por Ciencias
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
Los humanos anhelamos los bienes escasos. Conseguir algo único ayuda a autoafirmarnos y da prestigio social, pues supone que tenemos el dinero, o la inteligencia, o la capacidad de esfuerzo, o incluso la suerte, necesarios para obtenerlo. En La riqueza de las naciones, Adam Smith planteó la paradoja del valor, que tanto juego ha dado a los economistas: ¿por qué el agua, imprescindible para vivir, apenas vale nada, y en cambio los diamantes, prácticamente inútiles, son tan caros? Los expertos en teoría económica aseguran que llevó tiempo resolver formalmente la paradoja, pero sin duda Adam Smith era consciente de que si los recién nacidos vinieran al mundo con una bolsa de diamantes bajo del brazo (en vez de traer un pan, como todo el mundo sabe), lucir esos cristales sería vulgar y no valdrían un ochavo.
Los naturalistas, científicos y no científicos, no son inmunes a la fascinación por la rareza. Algunos se conforman con anotar en su cuaderno de campo las observaciones de especies escasas. De hecho, cuando llegué a Doñana me sorprendían los viajeros de cualquier lugar del mundo que venían con el exclusivo propósito de ver tres o cuatro especies de aves poco comunes, mientras les daban igual el paisaje y el paisanaje. Pero otros no se conforman con mirar, y requieren capturar, o recolectar, los animales o plantas raros, en el mejor de los casos para depositarlos en colecciones científicas o para obtener de ellos muestras útiles para su investigación. En tal situación, especies ya de por sí raras se ven sometidas a una tasa de explotación excesiva que les lleva a volverse aún más raras, y por ende más atractivas, entrando en un torbellino de retroalimentación que puede acabar en la extinción.
Distintos investigadores han hecho ver en los últimos años esta peligrosa derivación del atractivo de la rareza. La persecución de algunas especies se ha incrementado tras ser declaradas oficialmente en peligro de extinción. Probablemente hay cazadores que en su vida habrían oído hablar del iguara-guazú (un zorro-lobo sudamericano de largas patas) si no apareciera en todas las listas de especies amenazadas; pero una vez que saben de su existencia, lo desean como trofeo exclusivo. En otros casos, basta la descripción de alguna especie nueva para desencadenar el celo de los coleccionistas, que quieren contar con ella en sus museos e incluso en programas de cría en cautividad. Ricardo Rodríguez Estrella y María del Carmen Blázquez han enunciado en la revista Biodiversity and Conservation varios casos de especies extinguidas al poco de ser descubiertas, y en la mayor parte de ellos el papel de los científicos no era, ni mucho menos, inocente. Como profesionales, no podemos sentirnos orgullosos.