Opinión
Podemos se recrea en la belleza de su ombligo
Por Juan Carlos Escudier
-Actualizado a
Con Podemos es tan difícil acertar que lo mejor es recurrir al asesoramiento de especialistas. Lo que un día parece un rifirrafe entre el número dos y el líder resulta que es la prueba de que allí se debate a calzón quitado y lo que aparenta ser una controversia política fruto de ese mismo debate es una guerra por el poder de esas que sólo se daban en los viejos partidos. Nunca se puede estar seguro de si existe una pelea interna o todo es una invención de la prensa para dividir a la organización con informaciones prefabricadas. Un lío, en definitiva.
Para no fallar el tiro siempre se podía contar con Monedero, que viene a ser como una alarma de Securitas Direct para la huerta de Pablo Iglesias, de manera que cualquier intento de birlarle las manzanas o de tocarle los melones es rápidamente revelado con gran potencia acústica. Si hace unas semanas dictaminó que el mero hecho de presentar una lista alternativa en Madrid al candidato preferido de Iglesias era poco menos que una herejía que debilitaba al secretario general, ahora ha concluido que los 340 dirigentes firmantes de un manifiesto en el que se critica el sistema de votación previsto para la Asamblea de febrero son unos deshonestos más simples que el asa de un cubo.
Es razonable pensar que, dada su experiencia en este tipo de juicios sumarísimos, el guardián de las esencias de Podemos no va a equivocarse, pero no faltará quien piense que últimamente Monedero ve desleales hasta debajo de las piedras, lo que es muy preocupante para los engranajes de esa máquina de amor que fue el partido en algún momento. A la cabeza de este grupo de traidores estaría su alumno Iñigo Errejón, al que el profesor tiene un poco aborrecido porque se le aparece a diario en el tazón del Cola Cao y así no hay quien disfrute de los cereales del desayuno.
Más allá de las obsesiones personales, no se acaba de entender que una fuerza de éxito, que en sus tres años de vida ha logrado cambiar el rumbo de la política española, se empeñe en desangrarse a lo tonto ante la mirada estupefacta de sus cinco millones de electores. Especialmente, porque ninguna de las posiciones conocidas son irreconciliables y porque las pretendidas disputas son juegos florales más propios de una clase de Políticas que de una organización que aspira, no ya a liderar la izquierda, sino a gobernar el país. Mirarse tanto el ombligo es inútil salvo para detectar a tiempo alguna de esas pelusillas tan antiestéticas.
Las cuestiones que ahora se plantean son similares a las que durante siglos entretuvieron a Bizancio a cuenta de si Cristo tenía una o dos naturalezas o si estaba hecho de la misma naturaleza que su padre o de otra similar. ¿Hay que seducir o atemorizar? ¿Hay que estar más en el Parlamento que en la calle o al revés? ¿Nos lo hacemos con el PSOE o le damos calabazas porque no es nuestro tipo? ¿Estamos con Laclau o con Gramsci? ¿Somos un partido movimiento o un movimiento del que el partido es únicamente instrumento? Mire usted, que diría el estadista del bigote, pues depende. Antes de que los concejales de Urbanismo pervirtieran todo, lo normal era cruzar los puentes al llegar al río y no antes.
Ello no quita para que se clarifiquen algunas posiciones pendulantes que han causado en ocasiones bastante estupefacción. Y para ello es bueno usar el castellano, o algún otro idioma traducible, tal y como aconsejaba acertadamente Errejón, que tampoco es que sea cristalino precisamente. Puede que Podemos intente ser “una síntesis programática entre tradiciones emancipatorias desde una crítica fundada a las sociedades capitalistas realmente existentes y a sus modos de organizar la vida de las personas”, en opinión de Manuel Monereo, también ideólogo de cabecera de la cosa. Ahora bien, ¿quién entiende y a quién va dirigida la definición?
Así, sería útil aclarar si la transversalidad tiene algún límite, si siguen existiendo la izquierda y la derecha o sólo el arriba y abajo, si se aceptan las hoces y martillos como banderas de compañía o si la confluencia ya no es un lastre sino la apuesta definitiva como parece ahora. En una entrevista en Cuarto Poder este fin de semana, el propio Pablo Iglesias se mostraba partidario de un acuerdo de síntesis con las distintas sensibilidades, algo que no sólo le va en el sueldo sino que es de sentido común.
Como el consenso es más que posible y nadie cuestiona a Iglesias, han resultado incomprensibles algunos movimientos defensivos del líder como el de forzar una votación conjunta de proyectos y dirigentes, que si algo presagia es que el llamado Vistalegre II puede acabar poco menos que a gorrazos, en una nueva demostración de que cualquier fuerza que se supone de izquierdas tiene una querencia natural a escindirse en grupos impares menores de tres.
Lo que cabría esperar de esa Asamblea es que Podemos empiece a practicar lo que predica. No se puede defender la pluralidad y al mismo tiempo considerar una traición que algunos dirigentes se organicen para defender sus puntos de vista. Es contradictorio empuñar la bandera de las listas abiertas y practicar un sistema de elección mayoritario que sólo asegure la presencia de los afines al secretario general. Podemos tiene un bello ombligo, pero tampoco hay que pasarse.