Opinión
El tabaco sólo es malo si lo fumas
Por Manolo Saco
Cuatro días sin tabaco, y parecen una eternidad. Retomo de la memoria mi tortuoso viaje de fumador hacia la liberación, por si le sirve a alguien de consuelo espiritual en los momentos más penosos del síndrome de abstinencia.
Durante mis treinta años de adicto al tabaco demostré una fuerza de voluntad ejemplar: hasta el día de mi decisión jamás había caído en la tentación de dejar de fumar, a pesar de las amenazas de mi médico de cabecera y de las toses del amanecer que se me clavaban como puñales hasta el primer pitillo salvador, tras el cafetito del desayuno. Siempre decía que toda una noche durmiendo, sin hacer un alto para fumar, no era bueno para el organismo humano, ni siquiera para el mío. Una diaria travesía del desierto, un disparate semejante al de un pecador adicto al agua bendita.
Pocos podían presumir, como yo, de una fidelidad más constante a sus vicios privados. Cuarenta cigarrillos diarios, recibidos con caricias según salían del paquete, como si cada uno de ellos fuese mi único amor. Cigarrillos hechos humo dulce y tostado, de aromas de melaza, cuyas volutas formaban una fantástica pantalla moaré ante mis ojos. Compañeros de mi propio aire...
Sólo cuando mi chica me regaló la bicicleta de montaña comprendí que uno de los dos me iba a matar. Así que, violentando mis principios, dejé el tabaco. Pude haber dejado la bicicleta, o a mi chica, si me apuran, pero todavía me encontraba joven para el deporte y demasiado mayor para cambiar de pareja. Además es mucho más barato dejar de fumar que el divorcio.
Lo primero que hice fue comprarme el uniforme de ciclista. Reconozco que hay que quererme mucho para soportar la visión del Manolito en culotte ajustado marcando paquete, camiseta anatómica, modelo baby barriguitas, y casco y gafas de hormiga atómica. Me dije que había que expulsar al maligno aquel que se había adueñado de mi cuerpo durante treinta años, y no se me ocurrió mejor idea que matarlo en la Cuesta de la Vega de Madrid, una subida empinada de un quince por ciento de desnivel. Encaré con resolución el reto de aquella pendiente. La primera curva la tomé con soltura. En la segunda, dos ciclistas de doce años me sobrepasaron como una exhalación. Quizá me distraje, pensé. De allí a la tercera curva fue un calvario. La bicicleta había ganado kilos, gracias a no sé qué encantamiento, y parecía como si yo hubiese tomado sobre mis hombros el peso de todo el tráfico de Madrid. Un jubilado me adelantó a pie, dándome mucho ánimo, señor mío, que ya falta poco.
Cuando divisaba la cumbre, allá a cincuenta metros, comencé a escuchar una sirena lejana. Será la policía, pensé, que va a detener a mi chica por haber intentado asesinarme usando como arma el famoso regalo envenenado de una bicicleta de montaña. La sirena se acercaba cada vez más. Serán los bomberos. O será el vaquero de Marlboro al galope para advertirme de que es el deporte el que mata, chico, y no el tabaco. Si llego a la cumbre sano y salvo, me dije, juro ponerle un par de cigarrillos encendidos a San Winston, San Ducados y Santa Fortuna, en desagravio.
La sirena era, al fin, de una ambulancia. Venía a por mí. Sentí que me colocaban en una camilla con mucho cuidado. Un médico posó su estetoscopio helado en mi pecho. Antes de perder el conocimiento le oí decir en un murmullo lejano: o dejas de fumar, chaval, o en una de estas te matas de un infarto.