Opinión
La única forma de hacerse oír
Por Público -
LUIS MATÍAS LÓPEZ
Si algo demuestran las revueltas en Túnez y Egipto, que han derribado una dictadura y llevan camino de hacer lo mismo con otra, es que hacerse oír, y cambiar el curso de la historia, sale muy caro si el poder no quiere escuchar.
También la lluvia, el filme de Icíar Bollaín, transmite el mismo mensaje. Cine dentro del cine, recoge el rodaje en Bolivia, el año 2000, de una película sobre los abusos de los conquistadores españoles. La ficticia producción refleja una situación hasta cierto punto similar: la explotación capitalista de mano de obra barata en un país en vías de desarrollo. Doy por supuesto, dada la acreditada conciencia social de Bollaín, que el rodaje real no cayó en el pecado que denuncia y que fueron justas las condiciones laborales de los bolivianos que intervinieron en el filme.
Durante el rodaje de ficción, estalló en Cochabamba una insurrección espontánea (y real) contra la privatización de la compañía del agua y el aumento en un 300% del precio de este suministro esencial. Los obreros y campesinos, indígenas en su mayoría, que se lanzaron a la calle, ocuparon la ciudad y cortaron sus accesos, jugándose la vida ante la Policía y el Ejército de un régimen corrupto, formaban parte de la legión de desposeídos que, años después, propulsó a la Presidencia a Evo Morales, lo más parecido a uno de los suyos.
Pese a aquel y otros precedentes de estallidos violentos, el antiguo líder cocalero, embarcado en la azarosa construcción de un régimen indigenista, nacionalista y socialista a la boliviana, cometió un error impropio de un populista avezado cuando, diez años más tarde de aquella guerra del agua, aumentó hasta en un 82% el precio de los combustibles. El reciente gasolinazo se justificó en la urgencia de cuadrar las cuentas públicas, pero esa es razón difícil de entender para una población al borde o bajo la línea de la miseria. La oleada de protestas forzó a Morales a dar marcha atrás, como hizo en 2000 el exdictador Hugo Bánzer.
¿Están condenados los desheredados bolivianos, incluso con el Gobierno más cercano a sus intereses de toda su historia, a recurrir a procedimientos tan extremos para hacerse oír? Así lo creían el protagonista indígena del filme y quienes lucharon a su lado. El mismo aliento impulsa a los tunecinos que derribaron a Ben Alí y los que empujan a Mubarak hacia el exilio.
Luis Matías López es periodista