Opinión
Venda en los ojos
Por Ciencias
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
Se da por hecho que, al pretender hacer ciencia, uno renuncia expresamente a sus prejuicios, pero es difícil saber cuándo lo consigue. Muchos de los grandes adelantos en el conocimiento de la naturaleza, incluida, por supuesto, la idea de selección natural, parecen fáciles, incluso obvios, una vez que alguien ha tenido el coraje, o la temeridad, de hacer añicos las barreras ideológicas que impedían avanzar. Por eso, con frecuencia, para ver más allá no basta con tener buena vista, sino que hay que ser capaz de quitarse las vendas de los ojos. El profesor Louis Agassiz, geólogo y zoólogo decimonónico, es un magnífico ejemplo de sagaz observador con, según y para qué, los ojos tapados.
Agassiz creció en los Alpes suizos, y su perspicacia le llevó al convencimiento de que los glaciares actuales no eran sino miniaturas de grandes masas de hielo que habían cubierto en otras épocas el norte y el centro de Europa. Sus colegas no le creían, lo ridiculizaban, y el bueno de Louis se desesperaba: “¿Cómo puede ser que no lo veáis? Esa roca fue arrastrada por un frente glaciar, aquellos surcos en el sustrato son marcas del movimiento del hielo. ¡Si es clarísimo!”. Al cabo de unos años, las glaciaciones reiteradas se aceptaban en todas partes, pero tal vez durante mucho tiempo Agassiz pensó que había muchos científicos medio ciegos, incapaces de ver lo evidente.
Mediado el siglo XIX, el geólogo recibió una invitación para dar un curso en Harvard, Estados Unidos, y se quedó allí para siempre. En la universidad, fundó el Museo Agassiz de Zoología Comparada, de gran renombre aún hoy, y se esforzó por enseñar a los jóvenes a mirar. “Observad con detalle, buscad la verdad en el campo –les decía–, no en los libros”. El problema era que sus estudiantes, y la mayor parte de sus colegas, al mirar la naturaleza veían la selección natural en acción, y Agassiz era incapaz de hacerlo. Convencido antievolucionista, denostó cruelmente a Darwin y sus seguidores, a quienes consideraba víctimas de una moda. “Ya se les pasará”, comentaba. De nada valía, al parecer, que uno de sus propios hijos, biólogo marino, le advirtiera, supongo que cariñosamente: “¿Cómo puede no verlo, padre, si es clarísimo?”. ¿Recordaría Agassiz entonces su lucha por convencer a los geólogos ciegos de la realidad del glaciarismo? Seguramente no. Murió triste, desconcertado, sin percibir la venda en sus ojos.