Opinión
Mi viejo lazo azul
Por Manolo Saco

Ayer tomé un par de metros y un autobús y me fui alegremente a la Zona Nacional de Madrid, que, para los que no seáis del foro, no es otra que el barrio de Salamanca, colindante con la fábrica de mentiras y cintas de video de la calle Génova. Fui a espiar las solapas de mis conciudadanos y hacer así una estimación del número de lazos azules, el nuevo símbolo del odio entre españoles, prostituido y arrebatado impúdicamente a sus inventores, las organizaciones pacifistas. Años atrás, cuando la mayoría portábamos el lazo azul, significaba un grito de dignidad democrática frente a la barbarie terrorista. Nos veíamos, nos sonreíamos, nos reconocíamos como miembros de un inmenso clan, orgullosos de perseguir un mismo afán, independientemente de nuestro credo, nuestras tendencias políticas y hasta nuestras vestimentas.
Fui a contarlos y no vi ningún lazo azul. Ni en el metro, ni en el autobús, ni en las aceras de la calle de Serrano, el lugar de España donde se encuentran más abrigos de visón y collares de falsas perlas por metro cuadrado. La única explicación que encuentro a esta desafección a las órdenes del corneta Mariano es que nadie desea colocar su voto en la solapa, como los judíos odiaban tener que bordar una estrella de David para ser distinguidos desde la distancia como los apestados. Son de derechas, pero no tontos. Saben que el símbolo del lazo ya no es una plegaria por las víctimas del terrorismo, ni un grito de protesta contra los matones de ETA, sino tan sólo las alas azules caídas de la gaviota del logotipo del PP, el reflejo de su papeleta de voto, la huella del robo intelectual, de la apropiación indebida de un símbolo que en su día fue hermoso y que hoy apenas es un resto del naufragio del consenso en la lucha antiterrorista.
Yo me he puesto en la solapa del blog mi viejo lazo azul. El de la lucha contra ETA, el de la concordia, y no el lazo de la lucha contra el gobierno.
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Meditación festiva para hoy, que nos la tenemos ganada: He leído en el 20Minutos que la Casa de la Moneda de Filadelfia (USA) ha acuñado por error (¿) trepecientas no sé cuantas monedas de un dólar sin dos de las leyendas que adornan el dinero norteamericano. La primera es “confiamos en Dios”. Que yo sepa, es el único país occidental donde tan descaradamente se mezcla a dios con el dinero en los billetes y monedas (en billetes y monedas, claro, porque, por lo demás, dios es dinero del que viven millones de clérigos de todo pelaje y condición a lo largo y ancho del planeta). Me voy a meter en eBay a ver si encuentro a buen precio un dólar laico de estos para adornar el monedero de un ateo como yo.
La otra frase que olvidaron los acuñadores de Filadelfia (y ya me parece mucho olvido, habrá que investigar qué alcalde del PP se va a forrar con ese error “involuntario” en el mercado negro) es una sentencia latina extraída de las “Confesiones” de San Agustín, que dice: E Pluribus Unum, “de muchos, uno”, y no “todos para uno”, traducción macarrónica que vengo leyendo todo el día. Los padres fundadores de los Estados Unidos eligieron esta frase para su escudo como símbolo de la unión de las 13 colonias en una sola nación.
Los amantes de los misterios del estilo “¿quién está detrás del 11M” creen ver en los billetes de dólar símbolos masónicos y mensajes cifrados. Uno de ellos es otra frase latina, creo que de Virgilio, que vuelve a implicar a dios en la suerte de la nación personificada en su dinero. La frase es Annuit coeptis que siginifica “(Él) ha favorecido nuestra empresa”. ¡Mira que si la prosperidad americana tiene su origen en la bien entendida confabulación entre dioses y banqueros! ¡Y nosotros perdiendo el tiempo y el dinero con la efigie del Borbón!