Opinión
Weltanschauung
Por Ciencias
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
*Escritor y matemático
Todos tenemos una “visión del mundo” más o menos elaborada, más o menos consciente, a la que los filósofos suelen referirse en alemán (el equivalente de Weltanschauung en castellano sería “cosmovisión”, pero el término no ha logrado imponerse en la jerga filosófica). Empezamos a construir nuestra visión del mundo en el momento mismo en que nacemos, o probablemente antes, y durante los seis primeros años de vida –lo que los psicólogos llaman “fase de impregnación”– somos como esponjas que absorben ávidamente todos los datos que suministra el entorno. Hacia los siete años se supone que alcanzamos el “uso de razón” (aunque la expresión es equívoca, y según como la entendamos se alcanza mucho antes o mucho después), lo que significa que tenemos una información lo suficientemente amplia y estructurada como para empezar a reflexionar por nuestra cuenta sobre el mundo en el que vivimos y sobre nosotros mismos. Y no es casual que sea también la edad en la que se suele empezar a dominar la lectura.
En las sociedades ágrafas había escaso margen para la construcción de visiones del mundo individualizadas y divergentes, y el precio que había que pagar por apartarse del pensamiento dominante solía ser inasumible; y no me refiero solo al precio social, sino también al psicológico. Son los griegos, al menos en Occidente, los primeros en reflexionar de forma sistemática sobre su propia cultura y en atreverse a poner en cuestión sus propios fundamentos, es decir, en contraponer la razón al mito, la filosofía a la religión. La tradición judeocristiana y la grecolatina son los grandes pilares de nuestra cultura, la base sobre la cual los occidentales construimos nuestra visión del mundo. Pero ¿cómo la construimos y cuáles son nuestras posibilidades en la actualidad?
Tanto la fase de impregnación como la subsiguiente indoctrinación escolar nos abocan a varias dicotomías: podemos tener una visión del mundo “de ciencias” o “de letras”, laica o religiosa, masculina o femenina, de izquierdas o de derechas... Algunas de estas oposiciones nos obligan a elegir: no se puede ser a la vez creyente y ateo, de izquierdas y de derechas (el supuesto centro es una metástasis de la derecha). Otras dicotomías nos invitan a superarlas: la excesiva polarización de los roles masculino y femenino es una de las principales causas de malestar social, y la artificiosa separación entre “ciencias” y “letras” es uno de los mayores defectos –o excesos– de nuestra cultura.
(continuará).