Opinión
El mundo no para en Semana Santa

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
Estos son días de reuniones. La política internacional no rebaja el ritmo. Varios son los escenarios donde se desarrollan esas reuniones: Washington y París son los más significativos en el ámbito global, pero también Madrid, donde la cuestión del Sáhara ha sobrevolado la capital con la nocturnidad del Jueves Santo.
Así, mientras muchos se encuentran de vacaciones, Meloni ha viajado a Washington para verse con Trump. Esta reunión se enmarca dentro del proceso negociador abierto entre EEUU y la UE, aunque había dudas en torno a si la italiana operaría en función del interés de Italia o miraría por el conjunto de la unión. La confianza depositada por Bruselas en la líder neofascista italiana no deja de ser sorprendente, o quizás no tanto. La idea de la puesta en marcha de una diplomacia diversa, donde Sánchez opera en China, mientras Meloni lo hace con su aliado ideológico Trump –recordemos que fue una de las pocas líderes europeas que asistió a la toma de posesión del republicano–, parece que es la estrategia que Bruselas quiere seguir. Los riesgos de esta maniobra son elevados. Podría suceder que este tipo de reuniones bilaterales con Trump supusieran una suerte de división interna en el seno del mercado único, justo el talón de Aquiles de la UE. Sin unidad de acción desde Bruselas, los instrumentos asociados a las medidas anti-coerción o cualquier otra decisión no se podrían activar con garantías de éxito. Trump mostró su voluntad de negociar con la UE, pero siempre en sus términos, así que más que negociación, se podría hablar de imposición y vasallaje.
Pero en esta reunión no sólo se habló de aranceles. Como hemos comentado en esta columna, Trump opera de manera multidimensional, por lo que también se abordaron cuestiones tales como la guerra en Ucrania y el papel que EEUU y la UE deberían jugar en ese escenario. Meloni, veni, vidi, vinci, ha jugado sus cartas, y por paradójico que pueda parecer, se ha convertido de facto en el puente que conecta Bruselas con Washington. Malos augurios para la defensa de esa Europa de los valores de la democracia liberal que decimos defender. Una vez más, el fin justifica los medios se antepone a la defensa de los valores. Maquiavelo nunca pierde actualidad.
El otro de los escenarios de estos días ha sido la reunión que ha tenido lugar en París, también en Jueves Santo. En esta ocasión los enviados de Trump, Witkoff, Kellogg y Rubio se encontraron con Macron y su ministro de exteriores, Jean-Noël Barrot, así como con delegados diplomáticos de Alemania, Reino Unido y Ucrania. El objetivo: intentar acordar una posición común en relación con un potencial alto el fuego en Ucrania, misión que se le está atragantando a EEUU. La estrategia estadounidense continúa siendo la de ejercer como mediador entre las partes, si bien sus posiciones no están generando la suficiente confianza ante Ucrania, que acusa a Washington de hacer seguidismo en relación con la posición rusa. Los ucranianos quieren posiciones más firmes contra Rusia y critican las distintas declaraciones de los enviados estadounidenses que, como Witkoff, han planteado que un posible acuerdo de paz podría centrarse en el estatus de los cinco territorios que bien total o parcialmente ahora controla Rusia.
Parece claro que la aproximación americana a la guerra en Ucrania no convence ni a ucranianos ni a europeos: mientras Rubio aboga por "asegurar soluciones reales y prácticas para poner fin a la guerra", los europeos quieren asegurar una "paz justa y duradera", aunque tampoco saben muy bien cómo hacerlo. En todo caso, esta es la primera ocasión en la que los americanos reconocen que el concurso de los europeos en el proceso de paz tiene que darse de algún modo. Las razones, para ellos, son claras. Por un lado, el proceso negociador con Rusia se encuentra en punto muerto. Para Moscú, los ofrecimientos de Washington no completan sus objetivos, que trascienden el control de los territorios y que incluyen la cesión de los paquetes de sanciones contra su economía. Ucrania, por su parte, continúa con su demanda de garantías de seguridad, además de, al menos en esta fase, no discutir la cuestión de la integridad territorial. Sea como fuere, en estas circunstancias quien realmente está ganando sobre el terreno es Rusia, que aprovecha el inmovilismo occidental para continuar avanzando en el frente. Y este parece ser el futuro próximo puesto que, según fuentes de inteligencia, los rusos estarían preparando una ofensiva militar para maximizar la presión sobre Kiev y fortalecer la posición negociadora de Moscú. Controlar totalmente los cinco oblasts que ya tiene anexionados constitucionalmente a su territorio es su objetivo prioritario.
Y mientras Moscú y Kiev plantean sus exigencias, EEUU ya ha dicho que se planta. Marco Rubio ha planteado la posibilidad muy real de que si las negociaciones no avanzaban de manera ágil, Washington podría abandonar los esfuerzos para conseguir el fin de la guerra. "Si no es posible poner fin a la guerra en Ucrania debemos avanzar", ha señalado. "Necesitamos terminar este conflicto rápidamente, en cuestión de días", ha continuado, dado que, en sus palabras, tienen otros asuntos que atender y que requieren su atención: "No es nuestra guerra. No la empezamos". Este ultimátum y su potencial ejecución significarían ni más ni menos que la salida del conflicto de EEUU con todas sus implicaciones, incluido el mucho o poco apoyo que hasta ahora aún recibe por parte norteamericana. Sin duda, un aviso y más presión para una Ucrania que es consciente de que el único país capaz de brindarle garantías de seguridad es EEUU. De ahí su insistencia en la firma del acuerdo sobre materias primas que parece que se materializará la próxima semana.
Y mientras esto sucede en torno a Ucrania, con ingente movilización de recursos y voluntad política, otras vulneraciones flagrantes del derecho internacional y de los derechos humanos quedan marginadas. El genocidio en Gaza es alarmante, pero no se queda corta la escenificación del incumplimiento del derecho internacional por parte de España en el caso del Sáhara Occidental. Por inacción o por omisión, merece la pena recordar que no sólo Putin y Orban vulneran el derecho internacional. El resto de Estados europeos también lo hacen: sin ningún actor que lo defienda activamente, se abre la barra libre para continuar con su destrucción.
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