borbolandia
Patrimonio Nacional limpia, blanquea y da esplendor

Periodista y escritora
-Actualizado a
La Galería de las Colecciones Reales no hacía falta. Me comentó un historiador en activo al que tengo por muy bien informado, que este prescindible recinto (él lo llamó redundante) iba a ser la guinda cultural que Juan Carlos quería dejar como recuerdo más allá de su empalagosa campechanería y sus correrías erótico festivas. El plan se le frustró cuando, a solo seis meses de la inauguración de la galería, hubo que echarlo porque trincaron al exrey defraudando y evadiendo. Fue Felipe el que se aprovechó de esa operación tan vistosa que fue la inauguración de las Colecciones Reales, galería que hubo que rellenar con cosas traídas de allí y allá. A unos les gusta y a otros no. Yo soy de las que no, pero para gustos están los colores.
He escuchado a expertos en arte lamentarse de algunas piezas descontextualizadas, sacadas de los lugares para los que fueron encargadas, para colocarlas en un enorme espacio donde están más perdidas que Froilán en una biblioteca; y conozco a algún otro historiador que salió indignado porque la Constitución de 1812 estaba junto a un retrato del mastuerzo Fernando VII, con escasa y sesgada explicación. Así son los de la nobleza de Patrimonio Nacional, entregados a los borbones con un amor incondicional y dispuestos a que esa entrega se les note. No todos, conste… porque luego están los que no proceden de sagas familiares empadronadas en este organismo de élite y que se autodenominan con mucha guasa los “muggles”; se sienten como los “sangre sucia” de Harry Potter.
Ni se me ocurre entrar a criticar la calidad del contenido y continente de la galería; eso lo dejo a quienes saben, pero me arrepentí de haber pagado 19 euros y de haber hecho el canelo por segunda vez. La primera fue en 2015, cuando acudí al reclamo de una cacareada exposición temporal en el Palacio Real: El retrato en las Colecciones Reales. De Juan de Flandes a Antonio López. Fatal.
Se suponía que el plato fuerte, porque lo otro no fue gran cosa, era el gran retrato La familia de Juan Carlos I, una de las mayores tomaduras de pelo a la ciudadanía de Patrimonio Nacional y Antonio López. El pintor le tomó el pelo a Patrimonio, y Patrimonio a nosotros. Le fue encargado en 1993, aceptó pintarlo a cambio de 43 millones de pesetas y se comprometió a entregarlo en 1996. Pero López tiene poca palabra, y tardó 20 años en entregar el cuadro; eso sí, el trabajito lo cobró en euros en 2004: 300.000 euros de nuestro bolsillo (debió incrementar el IPC) por un retrato feo como él solo. Y si no tuvo prisa por terminar de pintar a una familia real que a nadie interesaba salvo a Patrimonio, menos la tuvo una vez cobrado el trabajo.
En diciembre de 2014, bajo presión y chapuceramente terminado, Antonio López entregó el retrato. Patrimonio Nacional, aprovechándose ahora de la mala memoria de los demás, y con absoluto cinismo, nos presenta en su web oficial el cuadro diciendo que López, “tras veinte años de delicado trabajo (…) puso punto final a uno de los procesos creativos más intensos de toda su carrera”.
Pues bien, ese cuadro no lo quiere nadie y no hay dónde ponerlo. Es un “pongo”.
La familia de Juan Carlos I es tal desastre de marco para adentro y de marco para afuera que lo mantienen en un lugar discreto, donde pase más desapercibido, en el Salón de Alabarderos del Palacio Real. No han tenido los suficientes perendengues de colgarlo en la Galería de las Colecciones Reales, que es donde debería estar para avergonzarles a todos: a los de Patrimonio, por usar nuestro dinero para semejante mamarrachada; a López, por su caradura y su desidia; y a los cinco borbones que aparecen en el retrato, porque ya no se conocen ni ellos. Contemplar en 2014 a esa familia con aquel aspecto antiguo, de principios de los noventa, fue un espectáculo innecesario, pero a la gran mayoría le dio igual. Que se hubieran tirado a la basura 300.000 euros por aquel retrato tan risible y tan fuera de tiempo, no parece doler a los ciudadanos. Deben creer que el dinero lo ponen los noruegos.
Cuando Antonio López aceptó el chollo, Elena tenía la misma cara de desgana que tiene ahora, pero estaba soltera. Cuando el pintor entregó el retrato, ya se había producido aquella gilipollez que los guionistas de Casa del Rey nos vendieron como “cese temporal de la convivencia conyugal” con el influencer Jaime de Marichalar. En la Zarzuela solo empezó a pronunciarse sottovoce la palabra divorcio cuando llegó una periodista divorciada que se hizo con el cargo de consorte.
Cristina ni siquiera conocía al guipuzcoano Urdangarin en el 93, pero en 2014 ya lo habían defenestrado en la Zarzuela y estaba a un paso de entrar en prisión por prevaricación, fraude, tráfico de influencias y dos delitos contra la Hacienda Pública. Creyó el plebeyo que disfrutaría de la misma impunidad legal que disfrutaba su suegro, pero no. Para ello hay que arrastrar una experiencia de dos siglos en corrupción.
A Felipe lo pintó Antonio López cuando era un príncipe imberbe y alternaba como novias a Isabel Sartorius y a Gigi Howard, pero cuando pudimos contemplar estupefactos aquel despropósito pictórico en 2014, el muchacho ya era rey desde hacía seis meses y llevaba diez años casado con una ciudadana.
Cuando Antonio López aceptó cobrar 43 millones de pesetas por pasar al lienzo una foto… es decir, por pintar un cuadro que parece una foto… los reyes Sofía y Juan Carlos hacían su paripé oficial, pero luego cada uno tiraba por su camino. En 2014, sin embargo, se había acabado el disimulo, ya eran exreyes y todo el país conocía a la nueva amante Corinna.
Pese a este desastroso panorama, Patrimonio juntó a las exmajestades para que posaran ante el dichoso cuadrito. Era la primera vez que aparecían juntos en público desde que Juan Carlos tuvo que largarse del trono (eufemísticamente se suele decir abdicación).
Bien, pues por todo lo anterior no me fío de Patrimonio Nacional. Ni un pelo. Y desconfío de la exposición que están preparando para finales de noviembre sobre la consorte Victoria Eugenia, esposa del play boy Alfonso XIII, madre de Juan y abuela del sex machine Juan Carlos. Porque no sé a qué viene esa expo ni a cuento de qué, y me temo lo peor: una lavadita de cara bajo tramposos argumentos. Que si la pobre fue maltratada por su marido, que si tuvo que soportar desprecios y amantes, que si mantuvo la dignidad como la gran consorte que era, que si pese a todo fue muy profesional… Las trayectorias de Victoria Eugenia y Sofía son clavadas, pero no sientan empatía ni pena por ellas, porque las dos venían advertidas: os casáis con borbones, y llevan la infidelidad en los genes.
Tampoco he entendido nunca por qué ponen un manto de dignidad y profesionalidad a dos mujeres que soportaron cuernos de dos impresentable como Alfonso XIII y Juan Carlos. Eso no es digno, solo es interesado. Si de verdad fueran dignas, se plantarían y aceptarían perder una millonada en asignaciones, buena posición v privilegios. Fueron cornudas consentidoras desde prácticamente el inicio de sus matrimonios.
Victoria Eugenia no es una reina que merezca una puesta en valor ni nosotros merecemos que a estas alturas pretendan revalorizarnos su figura. Solo fue una consorte más, que llevó los mismos cuernos que han llevado las demás, que iba a donde le decían, que sonreía cuando se lo indicaban, que parió todo lo que pudo para que hubiera el suficiente stock de herederos, que disfrutó de su posición y que se gastó lo más grande en joyas y caprichos. ¿Dónde están los méritos? Además, a Victoria Eugenia no le gustaba España, le repugnaban los toros y estuvo mucho tiempo sin hablar ni papa de castellano. Lo que le gustaba eran las rentas (450.000 pesetas) y los privilegios que acarreaba su posición, aunque para adquirirla tuviera que abjurar de su religión en una ceremonia humillante y pública en la que tuvo que llamar herejes a sus colegas de secta y a su propio tío Eduardo VII, rey de Inglaterra y, por tanto, cabeza de la Iglesia anglicana. A las consortes las pueden envolver en papel de regalo y contarnos la milonga de que son profesionales, entregadas, sufridas…. Naaaaa.. Solo son unas “convenías”, dispuestas a renegar de lo que haga falta… dioses, religiones, familia, ideología… con tal de encajarse en el cargo.
Dicen los borbófilos de Patrimonio que la expo sobre Victoria Eugenia busca rescatar y difundir aspectos menos conocidos de su vida y destacar su papel institucional con la muestra de objetos procedentes de colecciones públicas y privadas. Lo que debería rescatar Patrimonio es la ingente cantidad de joyas en las que Victoria despilfarró nuestro dinero, en vez de emplear ni un euro más en vendernos a esta señora cuyo único papel institucional fue ver, oír, callar, apretar los dientes y aguantar.
No sé si Patrimonio destacará entre esos aspectos “desconocidos” de Victoria Eugenia el que era una manirrota y una quejica, porque no paraba de lamentarse de lo pobretona que era desde que salió expulsada de España aquel 15 de abril del 31, aunque, en 1933, en plena “indigencia”, se dejó un pastón en un broche de Cartier de zafiro y diamantes que fue subastado en 2020 en Sotheby’s con un precio de salida de 74.000 euros. En 2012, por no dejar de decirlo, se vendió uno de sus brazaletes por 2,7 millones de euros. Lo peor es que nada de lo gastado en los borbones vuelve a nosotros; todo queda en su buchaca particular. Si hiciéramos aquí un recopilatorio de las joyas de Victoria Eugenia que siguen saliendo a subasta y los millones de euros que están generando fuera de nuestras fronteras, en la Zarzuela se les debería caer la cara de vergüenza. Y si queda algún republicano en la Moncloa, también.
Otro aspecto que quizás no quiera publicitar Patrimonio en su prescindible expo sobre Victoria Eugenia es la asignación que le estuvimos pagando a esta señora hasta el mismo día de su muerte. Expulsada, pero mantenida.
Y mientras Patrimonio prepara esta nueva propaganda borbónica, ahí tenemos a uno de nuestros mejores guionistas y realizadores, Javier Olivares, que no para de recibir zurriagazos pese a su demostrada profesionalidad y sus éxitos. La decisión de RTVE de retener en un cajón desde hace 20 meses su serie Ena, basada en la novela de Pilar Eyre sobre la vida de Victoria Eugenia, ha sido un guantazo con la mano abierta. No lo merece. Y nosotros tampoco.
No sé si en la serie la consorte derrochona sale bien o mal parada, pero lo que sí parece es que algún obediente programador ha debido atender la “sugerencia” de Patrimonio y TVE ha programado la emisión de la serie para finales de 2025 (dos años después de haber sido entregada y, lamentablemente, también rectificada arbitrariamente), haciendo coincidir el estreno con la expo que Patrimonio Nacional ha preparado para limpiar, blanquear y dar esplendor a Victoria Eugenia. Creo que es fácil sospechar que hay un conchabeo entre instituciones para meternos a la señora Ena con calzador, pero el desprecio al trabajo de Javier Olivares es manifiesto, y, de ser ciertas mis sospechas, también el servilismo de RTVE plegándose al calendario de Patrimonio Nacional y su propaganda de los borbones.
Si Patrimonio dejara de hacer tanta genuflexión a esta familia y levantara la cerviz, quizás se le ocurriría hacer una expo de la única reina de España verdaderamente profesional, culta y honesta que ha tenido este país en los últimos tres siglos. Se llamaba María Victoria y era la consorte del rey Amadeo I de Saboya. Apenas reinó dos años, pero en ese tiempo hizo más que todas las demás juntas y fue la única que dio más de lo que recibió.
Pero, claro, ella no era borbona, y a los de Patrimonio solo les gustan los borbones, por nefastos que sean y hayan sido. Si los serviciales funcionarios de Palacio y los lectores que hayan llegado hasta aquí quieren ilustrarse sobre ella y aprender a reconocer a una reina consorte honrada y comprometida, les sugiero la lectura de La reina de las lavanderas, de Carmen Gallardo. María Victoria sí que merece una serie y una exposición para “difundir aspectos menos conocidos de su vida y destacar su papel institucional”. Ya se han ocupado durante siglo y medio de que los españoles no la conozcamos, porque dejaría muy pequeñitas a todas las demás consortes de los borbones, esas que no han hecho absolutamente nada digno de mención y cuyos “aspectos desconocidos” prefieren ocultarlos.



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