Opinión
Soy envidiosa

Periodista
Vicky es una mujer a punto de cumplir los 40, despechada y envidiosa que intenta poner la zancadilla a todas y cada una de sus amigas porque no puede soportar el —aparente—éxito personal de ellas. Cada vez que una de sus colegas anuncia una boda o un embarazo a Vicky le entra urticaria y, entre el sarpullido y la angustia, es presa de un ataque de maldad que la convierte en la boicoteadora profesional de cualquier celebración o buena noticia ajena. Y eso, a pesar de que Vicky es una mujer con una excelente carrera profesional, independiente en lo económico y en lo emocional, atractiva, y con una red familiar que la cobija. Pero a Vicky eso no le llega porque lo más importante ahora que los cuarenta asoman es buscar a un tipo con el que casarse y reproducirse. Y para ello le vale casi cualquiera, menos el pobre chico que le sirve cervezas y suspira por su amor en cada desconsuelo y que, por otra parte, se comporta como un manipulador emocional cuando no consigue lo que quiere. Este, más o menos, es el argumento de Envidiosa (en Netflix), un culebrón cómico argentino protagonizado por esta antiheroína con la que muchas empatizamos porque reconocemos en Vicky a una mujer atravesada por unos cánones de feminidad imposibles que nos impiden alcanzar la paz interna, hagamos lo que hagamos. Y porque, quizá, ser envidiosa sea la respuesta más humana ante un sistema que nos somete a la comparación y a la competencia constante. A Vicky le duele no ser la elegida, porque Vicky ha hecho todo lo que le dijeron desde niña que tenía que hacer para conseguir los objetivos de la vida vida plena. Y resulta que era mentira. Bienvenidas a la edad del desengaño.
Yo me di cuenta de que era envidiosa después de parir. Tras sufrir un parto espantoso y absolutamente intervenido no hubo quien me salvase de la rabia que me brotaba cada vez que una mujer cercana me hablaba de su parto en los siguientes términos: "vaginal", "rápido", "sin epidural" o "dos puntitos". Con la barriga partida en dos y una lactancia que me tuvo seis meses por la calle de la amargura, no podía evitar sentir malestar ante la dicha de mujeres a las que quería y, por primera vez en mi vida, deseaba en secreto problemas de lactancia, noches de insomnio, crisis de cólicos. Algo. Y desearlo me hacía sentir una persona horrible. Pero como el karma es traicionero, fui yo la que no durmió durante tres años y, si no hubiese sido por el apoyo moral de mis amigas, me habría tirado por la ventana al quinto día de parir. Mi envidia fue limitada en el tiempo, duró lo que mi posparto y, después, pude aprovechar la experiencia para sostener a otras. Mi envidia también me enseñó que no siempre se puede ser la feminista perfecta. Ni mucho menos la mujer perfecta.
Dicen que hay dos tipos de envidia, la sana y la tóxica. La envidia sana es la que te sirve de inspiración y te ayuda a motivarte para conseguir tus objetivos, mientras que la patológica es aquella que te obsesiona a tal punto que vives para odiar, síntoma claro de que algo está fallando en tu vida. Y en la vida de las mujeres fallan demasiadas cosas porque partimos de una situación de desventaja con respecto a la otra mitad de la población. Todo nos cuesta el doble, o el triple, y por cada victoria sumamos un puñado renuncias. Así que yo añadiría un tercer tipo de envidia: la envidia legítima. ¿Cómo no va a sentir envidia Vicky si ha estado emparejada 8 años con un tipo al que ha tenido que acompañar en sus estudios, en su máster, en su búsqueda de empleo excelente mientras ella relegaba su carrera profesional para construir un hogar que nunca llegó? Porque Vicky envidia a sus amigas y tiene comportamientos ruines, pero a quien odia es al que le robó ocho años de vida.
Así que el problema no es la envidia en si, sino el objetivo de nuestra rabia. El problema de la envidia es que se censura desde los mismísimos mandamientos (No codiciarás bienes ajenos) y desde esa censura absolutamente patriarcal el objetivo se dirige hacia otras mujeres. Pero cuando somos capaces de reconocer a los verdaderos culpables de nuestro malestar nos toca transformar esa rabia en activismo. Mi parto no fue horrible a consecuencia de ninguna mujer, pero sí tuvo mucho que ver un sistema sanitario hipermedicalizado pensado para la comodidad de los hombres que empezaron a atender embarazos en el último siglo. Por eso, el peor enemigo de una mujer nunca es otra mujer, sino el patriarcado.
Las redes sociales se han convertido en una fabrica de envidias para mujeres y niñas porque ser envidiosas garantiza la insatisfacción, y la insatisfacción es el negocio del siglo. Incluso yo a veces me veo envidiando cosas que nunca he deseado, como los miles de likes que reciben creadoras de contenidos que hacen cosas que yo jamás haría. Los seres humanos funcionamos por comparación, lo veo en mi hija de cinco años, que envidia todo el rato con una honestidad que me deja perpleja. Ella envidia lo que admira. Y yo envidio y admiro a otras mujeres todo el rato. Y desde esa admiración sé que nada de lo que consiguen otras es gratuíto. Por suerte, carezco de envidia de pene.
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