Opinión
Todo tiempo pasado fue anterior
Por Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo
Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo
Y con frecuencia peor. En estos tiempos de acumulación de problemas y miserias públicas, quizás convenga revisar el famoso verso de Manrique acerca de las ventajas del pasado, no para consolarnos de los males presentes sino para evitar esa tendencia a añorar otros tiempos, que puede llevar a repetirlos.
Razones hay para ese pesimismo ante los males actuales: aunque haya quienes se enorgullecen porque la situación ha mejorado algo en los últimos tiempos, en el mundo siguen pasando hambre severa unos ochocientos millones de personas, mientras más de tres millones de niños mueren cada año por enfermedades relacionadas con la desnutrición. Europa sigue sin encontrar su camino; en lugar de haber sido un modelo para superar las fronteras, se está convirtiendo en un gueto cuya principal preocupación consiste en defenderse de la contaminación del mundo que la rodea. El islamismo irracional sigue ganando terreno mientras occidente sigue suponiendo que son los ejércitos y la policía las únicas defensas contra esa barbarie. Mientras tanto, en España seguimos inmersos en la corrupción y sin ponernos de acuerdo en una política que revierta una desigualdad creciente que pone en peligro cualquier proyecto de cohesión social. Y tantas otras cosas.
No se trata, por supuesto, de negar o disminuir la importancia de esas y otras miserias. Pero sí de preguntarnos si en verdad hemos retrocedido o avanzado en estos últimos tiempos. El quejumbroso discurso que lamenta la “pérdida de valores”, tan generalizado entre la jerarquía eclesiástica y el lenguaje de la derecha, debería explicar a qué valores se refiere. ¿Alude quizás a los valores que florecieron en las dos guerras mundiales? ¿A la discriminación legal de las mujeres y los homosexuales, vigentes hasta anteayer? Y retrocediendo un poco más: ¿a la institución de la esclavitud, que no desapareció hasta mediados del siglo XIX en muchos países? ¿A la existencia de la Inquisición, que no se disolvió en España hasta 1834?
Se suele objetar que estas abominaciones persisten en nuestros días. Y es verdad. El trabajo esclavo sigue existiendo también en Europa, en muchos países es delito la homosexualidad, las mujeres son consideradas menores de edad en muchas partes y en otras ganan menos que los hombres por el mismo trabajo, son frecuentes las palizas a homosexuales. Etcétera. Pero la diferencia está en el consenso social que estos males son capaces de concitar. No hace ni doscientos años, que en términos históricos es muy poco tiempo, una familia normal de clase media en Estados Unidos no dudaba en comprar una esclava que se encargara del trabajo doméstico. A Oscar Wilde, su homosexualidad le costó años de cárcel en un país más que civilizado. En nuestro país y en pleno siglo XX, millones de mujeres consideraban normal que se les exigiera la autorización de su marido para abrir una cuenta bancaria o sacar el pasaporte. Y un poco antes, en plena Ilustración, muchas familias también normales llevaban la merienda a la plaza mayor para ver quemar a un hereje.
Por supuesto que conductas equivalentes se siguen perpetrando. Pera ya no se las puede calificar de “normales”, ni cuentan con la aquiescencia de la gran mayoría de los ciudadanos de a pie, ni son reconocidas en la legislación de la mayoría de los países del mundo. Y esto tiene mucha importancia, porque revela que el reconocimiento de los derechos humanos ha ganado terreno entre la gente común, aunque tal avance sea mucho más lento de lo que sería de desear.
Y además revela otra cosa. Que mientras lo que podemos llamar “el mal” no ha cambiado, en la concepción “del bien” se han producido cambios cualitativos en estos últimos tiempos. El mal, en efecto, sigue siendo lo de siempre: la explotación del trabajo ajeno, los asesinatos, las violaciones, las guerras, no han evolucionado desde el inicio de los tiempos más que en los medios que se emplean para realizarlos. Hoy hemos sustituido en gran medida el mal artesanal por el tecnológico, la esclavitud por la explotación, pero nada nuevo ha aparecido entre los esfuerzos de los seres humanos para hacerse daño unos a otros. Lo que se entiende por “bien”, en cambio, ha sufrido una notable evolución. Aristóteles y Hegel fueron dos pensadores con una indudable sensibilidad moral. Pero el primero defendía la esclavitud y el segundo el racismo, sin que se les ocurriera que tales conductas atentaban contra los mismos principios que ellos postulaban. Hoy tales posturas deberían prescindir de tan ilustres padrinos. Porque el cambio cualitativo que se ha operado en la comprensión del bien –lentamente, hay que insistir- consiste en que ha ganado terreno entre amplias capas de la población una manera de entender la moral que ya no se limita a la obediencia acrítica a un conjunto de normas de origen oscuro sino que se orienta hacia el respeto de los derechos de los seres humanos. Y que ese respeto asume –va asumiendo- la vieja idea kantiana de la universalidad moral: nada puede ser bueno si no es posible postularlo como ley universal. La restricción de los derechos humanos a un sector de la humanidad –la propia nación, la propia raza, el propio sexo- no es solo injusta sino también incoherente, porque si se acepta que esos derechos van unidos a nuestra condición humana, no existen razones que permitan limitarlos por diferencias empíricas. Y una prueba de que esta idea está difundiéndose entre sectores cada vez más amplios de los ciudadanos consiste en que aun quienes se resisten a aceptarla se ven obligados a disculparse de antemano: “yo no soy racista, pero…”; “yo no soy machista, pero…” Hace unas pocas décadas la coletilla del “pero” no hubiera sido necesaria para suavizar un alegato discriminatorio.
Resumiendo. La pregunta acerca del progreso moral en la historia no puede responderse desde un punto de vista cuantitativo. Sería imposible medir la cantidad de bien y de mal en el mundo actual y compararlo con el de épocas anteriores. Pero la moralidad se ha fortalecido en la historia en la medida en que el imaginario colectivo de la mayoría de los ciudadanos de a pie ya no acepta ciegamente las normas, sino que va incorporando la exigencia de extender universalmente derechos que se reservaban antes a los compatriotas, a los allegados y a los semejantes a nosotros: un pequeño paso hacia la universalidad que postuló la Ilustración y que las leyes están recogiendo. Y no existe ningún cambio histórico importante que no haya sido acompañado por una transformación de ese imaginario colectivo. Lo cual, por supuesto, no constituye ninguna garantía para el futuro: no es necesario acudir al ejemplo del nazismo, apoyado por una gran proporción de los habitantes de uno de los pueblos más cultos de la tierra en tiempos muy recientes, para comprender que en tiempos de crisis los llamados “valores morales” son las primeras víctimas que se sacrifican a intereses mucho menos respetables. El incremento de la xenofobia en Europa, por ejemplo, es un signo preocupante, y nadie nos garantiza que la historia seguirá un camino que, pese a sus contradicciones, ha superado en muy poco tiempo abominaciones que duraron siglos. Pero, en cualquier caso, el modelo de una civilización deseable no hay que buscarlo en el pasado.
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