Opinión
La ultraderecha y la tradición cristiana

Investigador científico, Incipit-CSIC
-Actualizado a
La ultraderecha habla mucho de nuestras tradiciones. O más exactamente, decide por todos cuáles deben ser. Y algo en lo que insiste con frecuencia es en que nuestras tradiciones son esencialmente cristianas.
El cristianismo de la extrema derecha, sin embargo, es de lo más selectivo. Se salta aquello de ayudar a los necesitados, de ser misericordiosos y de amar al prójimo. Es más, se salta prácticamente todo el Evangelio. Porque no es el mensaje de Cristo lo que interesa a los ultras ni el cristianismo como sistema moral.
Lo que les pone de verdad es el papel que ha desempeñado el catolicismo en la creación de regímenes de exclusión, jerarquización y opresión. Les encanta esa tradición cristiana que decide quién pertenece al grupo y quién está fuera, que establece o legitima jerarquías sociales, que disciplina al personal, coloca a la mujer en su sitio y persigue a los disidentes.
El cristianismo de la ultraderecha es el de Torquemada y los carlistas. Es wahabismo católico de hogueras, fusilamientos y deportaciones, salpicado con un poco de folklore -bodas, bautizos y pasos de Semana Santa-. Normal que confundan el islam con Al Qaeda, si para ellos el cristianismo es igual a Santa Inquisición más villancicos.
Pero la extrema derecha es cristiana solo hasta que se topa con el mensaje evangélico. Lo llevamos viendo desde hace unos años: los ultras no dudaron en desear la muerte al Papa Francisco por solidarizarse con los gazatíes -siguiendo el mandato cristiano de estar junto al que sufre-. Como no tienen problema en destruir familias al deportar a parte de sus miembros o en asediar una parroquia -¡en Navidad!- por acoger a inmigrantes sin techo.
La ultraderecha olvida que el cristianismo es una religión universalista y que como tal no establece distinciones entre necesitados. Según el Evangelio, cuando Jesucristo se encontró a diez leprosos, los curó a todos, incluido al samaritano que iba con ellos (Lucas 17:11-19). Y fue este último -el extranjero- quien volvió para darle las gracias. El extranjero aparece en otras parábolas. Cuando a Jesucristo le preguntan "¿quién es mi prójimo?" responde con la historia del buen samaritano. El prójimo de un judío al que han robado y golpeado no son otros judíos, que pasan junto a él sin detenerse, sino el extraño que se apiada de él (Lucas 10:25–37).
"Los españoles primero" es todo lo contrario de lo que predica Jesús. Frente a su universalismo, la ultraderecha opone un chovinismo feroz e insolidario. Porque "los españoles primero" significa que los demás nunca: ni oenegés, ni Cáritas, ni cooperación internacional.
En el universalismo y la preocupación por los necesitados, cristianismo e izquierda se encuentran. Durante el Holocausto, mientras el Vaticano desempeñó un papel en general vergonzoso, muchos cristianos de a pie y una parte importante del clero lucharon contra el fascismo y protegieron a los judíos. Algunos, como el protestante Dietrich Bonhoeffer o el católico Placido Cortese, dieron su vida por proteger al Otro. No es casual que en estos tiempos aciagos izquierda y cristianismo vuelvan a encontrarse.
En una cosa, al menos, tienen razón los ultras: que parte de nuestras raíces son cristianas. Y por eso yo, que soy ateo, les puedo explicar el Evangelio.
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