Opinión
Vacaciones en Checoslovaquia

Periodista
-Actualizado a
Tengo delante de mis ojos una guía turística de Checoslovaquia escrita por John Burke. El papel es amarillento y desprende un olor a imprenta antigua. En las primeras páginas hay un mapa del país. En su extremo oeste, Checoslovaquia limita con Alemania Occidental y Alemania Oriental. En su extremo este, limita con la URSS. El texto de Burke presenta paisajes prometedores y evoca a los grandes héroes nacionales, desde el escritor Karel Čapek, que popularizó la palabra “robot”, hasta la princesa Libuše, fundadora mítica de Praga. El único problema de la guía es que Checoslovaquia ya no existe. Se disolvió en 1993 con el Divorcio de Terciopelo.
Nuestros líderes políticos, aturdidos por el trajín de la geografía, son especialmente propensos a los lapsus hablados. En 2022, por poner un ejemplo, Pedro Sánchez confundió Kenia con Senegal durante una comparecencia junto al presidente keniano William Ruto. Alberto Núñez Feijóo, por su parte, ha pulverizado todos los récords: ubicó Badajoz en Andalucía, confundió la isla canaria de La Palma con la ciudad mallorquina de Palma, llamó Sevilla a Melilla, y presentó a su candidata por València como candidata por Barcelona. En su día, Rajoy saludó al presidente de Perú como líder del Gobierno cubano y Federico Trillo gritó “¡Viva Honduras!” delante de oficiales salvadoreños.
El otro día, sin embargo, María Guardiola trepó un escalón más allá de lo imposible en el arte humano de equivocar latitudes. Desde el puesto de mando avanzado de La Granja, Cáceres, y con Pedro Sánchez a su lado, la presidenta extremeña agradeció la ayuda enviada desde Checoslovaquia. El lapsus es innovador, qué duda cabe, porque la dirigente del PP no solo se ha equivocado de lugar sino también de tiempo. Las autoridades checoslovacas, conducidas por el DeLorean de Regreso al futuro, han llevado a la base de Pinofranqueado un helicóptero Black Hawk con 3.400 litros de capacidad. El último grito en el combate contra los incendios.
En el desliz de Guardiola hay una interpretación casi freudiana: el PP quiere gobernar un mundo que ya no existe. En primer lugar, porque añora la España centralizada del franquismo y entiende las instituciones autonómicas como un mero contrapoder frente a Sánchez. Igual que Ayuso en los tiempos del Covid o Mazón en los tiempos de la DANA, las autoridades regionales al servicio de Génova prefieren cargarle sus muertos al Gobierno central porque ignoran que gobernar significa asumir responsabilidades. Si los barones del PP solo quieren las competencias autonómicas para financiar la tauromaquia o enchufar a un hermano comisionista, lo mejor es que el artículo 155 de la Constitución les retire la custodia.
La semana pasada, Alberto Núñez Feijóo acusó a Pedro Sánchez de no haber activado medidas de prevención de incendios que son de competencia autonómica y gestión del PP. Debió de ser otro gazapo geográfico: confundió Andalucía, Castilla y León, Galicia y Madrid con España. Al cabo de unos días, Ayuso acusó a Sánchez de “dejar que todo se queme”. Se intuye que los bomberos madrileños, como las residencias, deben de ser competencia de Pablo Iglesias. Al festival del lanzamiento de balones fuera no ha faltado Alfonso Fernández Mañueco. Primero dijo que tenía medios suficientes para combatir el fuego y después empezó a culpar a Sánchez de inacción mientras mantenía en desuso los recursos estatales.
El PP quiere gobernar un mundo que ya no existe o que tal vez nunca existió, el del falso crecimiento infinito, el del planeta sin límites, un mundo en el que el cambio climático sonaba más a lejana distopía futurista que a amenaza urgente. Hemos vuelto a los tiempos en que Mariano Rajoy mencionaba a su primo, el científico, para asegurar que el calentamiento global no era para tanto. Años después, José María Aznar arremetió contra los “abanderados del Apocalipsis climático” y Esperanza Aguirre clamó contra “los dogmas de la religión climática” con un mensaje reactivo contra “los mercaderes del miedo”.
Hoy los analfabetos climáticos son orgullosa tendencia mundial. Cada vez que la evidencia científica nos golpea en la cara con sus cifras, aparece algún mensaje banalizador desde las trincheras de la estulticia. “Que se caliente un poquito más el planeta evitará muertes por frío”, decía Francisco Javier Contreras en nombre de Vox. “Si algo bueno trae el cambio climático es precisamente la extensión de la temporada turística”, añadía Nuria Montes como consellera de Mazón. Toda esta palabrería no es inocente sino que se traduce en políticas suicidas. Al fin y al cabo, diría Ayuso, “desde que la tierra existe ha habido cambio climático”.
Los incendios son cada vez más peligrosos e inextinguibles porque las olas de calor y las sequías multiplican los riesgos. Según explicaba el CSIC en 2022, el número de días con riesgo extremo de fuego se ha duplicado en la cuenca mediterránea en los últimos cuarenta años. Ahora, en 2025, la superficie incendiada ha alcanzado extremos de pánico en medio de temperaturas abrasadoras. La derecha negacionista, incapaz de ofrecer ningún futuro, vive de prometernos el pasado. En el próximo desastre climático, una vez amortizado el auxilio checoslovaco, habrá que pedir el pronto socorro del Imperio Austrohúngaro o del Reino de Prusia. Existe el porvenir pero no se sabe dónde ni cuándo.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.