Opinión
Venezuela pone las cartas sobre la mesa

Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
El presidente estadounidense, Donald Trump, no se ha escudado tras ninguna de las habituales excusas que usan los mandatarios occidentales para justificar sus invasiones o sus ataques a otras naciones, siempre envueltas de una falsa retórica humanista y de una supuesta urgencia democrática. Trump habla claro, y, tras secuestrar al presidente de Venezuela y asesinar a casi un centenar de personas, repite insistentemente que lo que quiere es el petróleo y dirigir el país desde Washington.
A pesar de ello, hay quien insiste en mantener el relato de la supuesta liberación para justificar esta agresión, e incluso quien pide que vaya a más, que bombardee más veces Venezuela y que las bombas y las intervenciones se extiendan por todo el cono sur donde no gobiernen sus vasallos. Incluso algunos venezolanos residentes en nuestro país mandaban callar a cualquier español que opinase en redes, e incluso a los periodistas que se acercaron a retratar su júbilo, criticando la supuesta dictadura comunista que somete a España, curiosamente, país donde vinieron huyendo de otra, dicen. El desfile de cuñaos, encabezados por influencers y youtubers convertidos en expertos en geopolítica y derecho internacional y en adalides de la libertad, está siendo memorable. Y también de catetos tan patriotas como Fran Rivera y gentuza semejante, pidiendo sin pudor a Trump que "no pare" y que EEUU "mire hacia acá", hacia España.
Estas proclamas no dejarían de ser una anécdota cómica si no fuese porque, más allá de la búsqueda de casito, de verdad lo desearían. Venderían su país a una potencia extranjera sin dudarlo. Algunos se atreven a llamarse soberanistas o antiglobalistas, un nuevo disfraz del etnonacionalismo excluyente que defienden las nuevas derechas, que aplauden el intervencionismo de Trump mientras señalan a los trabajadores migrantes como origen de todos los males. Y porque, como sucedió en tantos otros países, esos mismos fascistas que se postran ante el amo de la Casa Blanca, ya se prestaron y se prestarían de nuevo a pilotar los helicópteros desde los que lanzarían a sus compatriotas al mar, como los hombres de Pinochet, o cortarían con motosierras a los desafectos a su causa, como los paramilitares colombianos. La historia de las garras estadounidenses y del terror infligido por sus siervos en los países intervenidos, y más en América Latina, está llena de ejemplos.
La imagen que está dando la derecha de este país estos días la hunde todavía más en la charca de mierda en la que lleva revolcándose desde hace tiempo. No esperábamos ningún afecto a la legalidad internacional por su parte, como ya vimos recientemente con el genocidio en Gaza. O como nos lo recuerda a menudo uno de sus ases, el expresidente José María Aznar, que sigue revoloteando por la política española dando lecciones de democracia. Es precisamente que este personaje y tantos como él nunca hayan pagado por sus crímenes, uno de los síntomas de nuestros tiempos, que normaliza lo que ha pasado contra Venezuela, y que se extenderá bien seguro por otras partes del mundo, viendo que la legalidad internacional es hoy ya papel mojado e impera ya la ley del más fuerte. Habernos metido en otra invasión años atrás a remolque del amigo americano, con mentiras probadas como las armas de destrucción masiva que decían, tenía Sadam Hussein, y que nunca aparecieron, no tuvo consecuencias. Ni para él, ni para George Bush ni para Tony Blair. Y eso, permitido por los mecanismos legales de nuestros países y por los organismos internacionales que se supone, rigen las normas básicas del entendimiento entre naciones, es la muestra de la estafa en la que vivimos instalados, por mucho que nos cueste admitirlo.
Han pasado veinte años de aquellos hechos, y aunque quienes lo defendían se escudaban tras excusas humanitarias, lo sucedido en Venezuela ha puesto ya todas las cartas sobre la mesa, no solo sobre el imperialismo norteamericano y su sed de petróleo y poder a cualquier precio, sino también el papel que siempre señalamos de quienes ejercen de sus propagandistas, de su mentalidad colonialista y zipaya que sigue rigiendo su manera de entender el mundo. Hoy, en pleno auge de la extrema derecha, de normalización del malismo y de la política-espectáculo que encarnan Trump y sus homólogos, no hacen falta demasiadas excusas para justificar lo que llevan haciendo siempre. Esto es, sin duda, parte de su batalla cultural, su eterna disputa por ganarse el sentido común y el consenso, que ya va sin eufemismos: somos unos hijos de perra, os vamos a joder a todos y nos la suda lo que digáis. Como muestra, el artículo del director de uno de los actores de esta batalla, el libelo ultra The Objective, titulado Basta ya de remilgos: la caída de Maduro es una gran noticia, como si la legalidad internacional fuese tan solo eso, un quejido de progres, y obviando lo que ha dicho Trump sobre su verdadero objetivo. Lo que aterra es que esto ya no sorprenda, y sea parte de la normalidad en sus discursos desde hace tiempo.
Estamos en ese momento, y lamentablemente, quienes advierten el peligro desde las instituciones, como la Unión Europea, se empeñen en chapotear en su eterna ambigüedad, en pedir diálogo y contención a quien se orina sobre el mundo. A pesar de las condenas retóricas, como ante el genocidio en Palestina, estos mandatarios pusilánimes no van a mover ni un dedo para pararle los pies al matón. Ni siquiera está en el debate la permanencia en la OTAN, algo que hace ya mucho tiempo debería haber sido un asunto prioritario. Como si las amenazas claras de Trump contra Dinamarca, también miembro de la alianza, en su manifiesta intención de apoderarse de Groenlandia, no hubiesen tenido lugar o todos aquí estemos a salvo.
Una gran parte de la responsabilidad de que haya personajes como Trump, y que estos se permitan tal vehemencia imperialista y cada vez más muestras de fascismo en su gobernanza es de nuestros sucesivos gobiernos, de cómo hemos permitido que el mundo transcurriera por estos senderos sin ninguna consecuencia para quienes andaban ya sembrando el camino de la ignominia. Porque esta demencia global la hemos construido entre todos, y a la vista de todo el mundo. Lo de Gaza fue una muestra más de ello, y nos tendría que servir de ejemplo. Este giro autoritario que estamos viviendo tiene como objetivo también acabar con la democracia liberal. Todos, desde socialdemócratas hasta conservadores, han sido responsables de abrir las puertas del infierno, por acción u omisión. El fascismo no es ninguna criatura ajena que aterriza desde una galaxia exterior, sino que fermenta ante la debilidad y la complicidad de las instituciones, se fomenta desde las oligarquías y se incrusta en el imaginario colectivo como inevitable. Todas las cartas están sobre la mesa. No es tiempo ya para los equidistantes.
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