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elecciones 2D Casado endurece la campaña de los comicios en Andalucía

El presidente del PP liquida el giro al centro que inició Arenas en 2006, cuando apoyó 'in extremis' el Estatuto de Andalucía

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El presidente del Partido Popular, Pablo Casado (i) junto al líder regional de la formación Juanma Moreno, hoy en Granada, donde ha clausurado el acto de presentación de los cabezas de lista de las candidaturas a las elecciones andaluzas del 2 de diciembre. EFE/PEPE TORRES.

Desde 1982, año en que se celebraron las primeras elecciones autonómicas en Andalucía hasta hoy, tan solo una vez ha perdido las elecciones el PSOE. Sucedió en 2012 y el ganador fue Javier Arenas, quien tras una larguísima travesía del desierto, pareció hacer encontrado un camino para su partido el PP. Arenas, conservando el voto de derechas, dio un giro tranquilo hacia el centro, hacia un electorado más moderado, con la idea de convertirse en un partido transversal, a quien pudiera votar cualquiera, de cualquier entorno social de Andalucía. Ese viraje lo acompañó de un trabajo sistemático y riguroso en los pueblos y ciudades medianas, donde vive un porcentaje importante de la población andaluza, y que históricamente habían sido patrimonio de los socialistas y de Izquierda Unida.

Sin embargo, en esta campaña, cuatro años después de la irrupción de Ciudadanos, en una Comunidad Autónoma donde el voto está más escorado a la izquierda, por razones históricas, que en el resto del país (en las últimas autonómicas, las izquierdas obtuvieron el 56% de los votos por el 35% de las derechas, 5 puntos menos que el 40% que le dio la victoria a Arenas) no hay ni rastro en el PP de aquel giro al centro, a pesar de los esfuerzos de Juanma Moreno, el candidato. Arenas no tomó aquellas decisiones por gusto, sino que, gran conocedor de la realidad andaluza y de la problemática de la aritmética parlamentaria, más por viejo que por diablo (antes de ganar perdió tres veces él mismo y otras dos por persona interpuesta: Teófila Martínez) decidió afrontarla de una vez por todas: la derecha, para gobernar en Andalucía, necesita ese voto moderado, ese voto centrista.

Y hoy el PP habita en una paradoja. Por un lado, no puede conseguir ese objetivo en solitario, y, por otro, necesita un buen resultado en Andalucía, que le permita a Pablo Casado, el recién elegido presidente del PP, seguir apareciendo como la referencia de Gobierno del voto conservador, después del excelente resultado que obtuvo Inés Arrimadas (y Albert Rivera) en Catalunya. Necesita que Ciudadanos capte todo el voto que pueda en el centro y que rentabilice así los tres años y medio de colaboración con el PSOE de Susana Díaz y, al mismo tiempo, que no capte los suficientes sufragios como para superarles, como para que se produzca un sorpasso, que dejaría en el alambre el liderazgo de Casado, quien estaría por detrás de Ciudadanos en las dos comunidades más pobladas.

Para gobernar, PP y Ciudadanos necesitan superar la suma de los votos de las izquierdas que, mientras puedan, unirán sus fuerzas -si no para gobernar conjuntamente, eso está por ver- para impedir al menos que lo hagan las derechas. El PP, por tanto, afronta el mismo problema en el que desembocó finalmente Arenas en 2012. Ganar, superar al PSOE, aunque sea con Ciudadanos, no es suficiente. El PP no logró gobernar entonces porque PSOE e IU formaron un Gobierno de coalición. La decisión del entonces candidato José Antonio Griñán de separar las elecciones autonómicas de las generales por primera vez desde el año 1994, les permitió a los socialistas ganar un tiempo precioso en el que Mariano Rajoy, después de haber sacado una aplastante mayoría absoluta, y apremiado por Europa para comenzar el recorte del Estado del Bienestar, y para disgusto de Arenas, aprobó antes de las andaluzas la reforma laboral, con la que permitió recuperarse electoralmente al PSOE de Andalucía del fin de fiesta, de la dolorosa resaca que dejaron los gabinetes de José Luis Rodríguez Zapatero.

Acabar con 40 años de fracasos

Uno de los primeros mensajes de Pablo Casado, nada más llegar a la presidencia del PP en las primarias del mes de julio pasado, iba dirigido a Andalucía, a la dirección del partido: Hay que acabar con 40 años de fracasos políticos. Sin embargo, para gran cabreo de la dirección andaluza, con su presidente Juanma Moreno a la cabeza, los conservadores, desde Madrid, han enterrado por completo el giro al centro iniciado por Arenas. Las declaraciones de la exministra de Rajoy, Isabel García Tejerina, en las que decía que “en Andalucía lo que sabe un niño de 10 años es lo que sabe uno de ocho en Castilla y León”, reventaron la estrategia de Moreno -que consistía en erigirse como única alternativa limpia al PSOE y explotar la corrupción del pasado y los 40 años de socialismo- y las declaraciones posteriores del secretario general Teodoro García Egea, en las que afirmó, textualmente, que "los andaluces no tienen culpa de un Gobierno que se gasta más en prostitución que en educación”, revelaron una vez más que la derecha española no ha aprendido nada de Andalucía. La Comunidad -y sus aciertos y problemas- siguen siendo ignorados y despreciados.

Y, lo que es peor para el PP de Andalucía, las lecciones de Arenas, todo ese aprendizaje logrado derrota tras derrota, han sido olvidadas.

Mientras Moreno y su tropa, con Toni Martín, el vicesecretario de organización, a la cabeza, trataban de marcar un perfil andalucista, cada uno a su estilo, y de dejar claro el malestar que causaron las declaraciones de García Tejerina, las andanadas desde los platós de televisión madrileños de su jefe de filas, liquidaron cualquier atisbo de moderación. Casado, en lugar de escuchar las voces que desde Andalucía le pedían parar máquinas, incluida la de su candidato, hizo lo contrario: huyó hacia delante. Comparó Andalucía con la “Cuba castrista” y defendió las críticas de García Tejerina y de García Egea como “justas”. Dijo Casado que Andalucía no puede prosperar si no cambia el Gobierno de Susana Díaz, que actúa como si fuera la “Cuba castrista” en la que no se puede criticar al “régimen”. “Estamos hartos de que el PSOE se envuelva en la bandera de Andalucía como un burladero para evitar las criticas justas a su corrupción, al paro que produce y a las malas políticas públicas que viene gestionando desde hace cuatro décadas”, afirmó.

El problema que tienen declaraciones como las de García Tejerina es que son imposibles de rectificar, de corregir, porque suenan a verdad, a que eso es lo que realmente piensan García Tejerina y tantos otros y otras, y vienen a confirmar la intuición que tienen muchos andaluces y andaluzas: el desprecio, por ignorancia pura y, en el peor de los casos, por malsano interés, que desde numerosos sectores del país, se tiene de Andalucía, una tierra verdaderamente marcada por los tópicos. ¿Cómo va a ganar nadie unas elecciones insultando la inteligencia de los electores (y la de sus hijos e hijas)? Esa es la pregunta que debería de hacerse Casado, si quiere ganar alguna vez los comicios en Andalucía, a sí mismo, a García Tejerina y también a su número dos, García Egea.

Así, desde este punto de vista, podría pensarse que, al apoyar las declaraciones de García Tejerina desde fuera de Andalucía con declaraciones grandilocuentes totalmente fuera de contexto, lo que está haciendo Casado es amarrar bien su voto. Que nadie que se piense a sí mismo de derechas tenga dudas de la papeleta que tiene que coger en estos comicios. Sin embargo, con los exabruptos, lo que va a lograr Casado es lo contrario de lo que realmente le interesa: activar a la izquierda.

Enterrada la experiencia de Arenas

Una de las razones que explican esta discrepancia tan evidente en el discurso entre la dirección nacional y la andaluza es que Moreno no ha logrado en estos años que lleva como presidente del PP en Andalucía dominar de verdad la organización. Y además, no le ayuda que su apuesta en las primarias fuera precisamente la contraria a Casado. Moreno optó por la exvicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, hoy retirada de la política activa. Entonces, con ocasión de esas primarias, Moreno logró demostrar que si él y Arenas (un animal político como él nunca descansa) unen sus fuerzas, cuentan con el apoyo de la mayoría del partido. Y Casado, consciente de ello, ya ha comenzado a desmontar ese poder.

La elección de los ocho cabezas de lista provinciales han dejado claro que Casado ha decidido entrar en Andalucía, no solo en términos de discurso, sino también con las personas que irán, tras los comicios, al Parlamento a trabajar. Casado, de un golpe, ha tomado el control y ha mandado a un rincón nada menos que a la hasta ahora portavoz parlamentaria de Moreno, la ex delegada del Gobierno, Carmen Crespo.

Arenas cimentó su victoria de 2012 en una decisión que tomó seis años antes. Sin ella, muy probablemente, nunca hubiera logrado aquella solitaria victoria que hoy se antoja imposible. In extremis, Arenas comenzó en 2006 a corregir el gran error histórico de la derecha: su falta de creencia en la autonomía andaluza, ganada a pulso en la calle y en las urnas, y, como consecuencia, su falta de fe en Andalucía y, por ende, en los andaluces y andaluzas. Su partido apoyó a última hora, después, por supuesto, de ponerla a parir de múltiples maneras, la reforma del Estatuto de Autonomía, que impulsó el entonces presidente de la Junta, Manuel Chaves. Y ya en esta legislatura, siguiendo esa tradición, Moreno no dudó, por temor a que le doliera la cabeza, en incorporarse al Acuerdo para la financiación de Andalucía que ya tenía cerrado el Gobierno andaluz y el PSOE con Podemos e IU.

Los hiperliderazgos son muy difíciles de sustituir y el de Arenas lo fue. Hoy ha quedado enterrada esa comprensión de que la única manera que tiene la derecha de gobernar Andalucía -al menos a corto y medio plazo- es contar con el voto moderado, de centro. Y para ello, en Andalucía, hay que ponerse andalucista. Esa percepción de que cuanto menos se moleste al votante de izquierdas para que se quede en casa y no acuda a votar fue una de las claves que decantaron la decisión de Mariano Rajoy de enviar a Juanma Moreno, que no tenía un perfil excesivamente escorado a la derecha, a liderar el proyecto conservador en Andalucía. 

Hoy, las lecciones de la experiencia no se escuchan en el PP y, a la espera del resultado de las autonómicas, manda Casado.

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