Cuando el estrés se convierte en algo positivo: todo sobre el eustrés
La ciencia diferencia dos tipos de estrés: eustrés y distrés. Aunque el segundo es el más conocido, el primero tiene efectos deseables.

Zaragoza-
El estrés es el gran rasgo de la sociedad contemporánea. Así lo defiende, por ejemplo, el filósofo Byung-Chul Han en su obra La sociedad del cansancio (2010), en la que postula que la coyuntura en la que vivimos está diseñada para generar en nosotros una autoexigencia desmedida. Según el surcoreano, el neoliberalismo se sustenta sobre dos pilares: la libertad individual total y la valoración del individuo según su rendimiento. Ambos combinados eliminan cualquier tipo de red comunal, haciendo que cada uno se centre únicamente en producir.
Su teoría, además, se complementa con una realidad palpable: el bombardeo continuo de estímulos que recibimos a causa de la hiperconectividad. Las nuevas tecnologías han hecho que estemos disponibles 24/7, con la carga extra que ello supone al no poder desconectar en ningún momento. La vida actual va a toda velocidad y nuestro cuerpo hace lo que puede para ajustarse a su ritmo, en ocasiones llegando a colapsar.
No todo el estrés es negativo
Sin embargo, a pesar de la reputación negativa (ganada a pulso) que tiene el estrés, lo cierto es que se trata de una respuesta del cuerpo que, en algunos contextos, puede ser positiva. De hecho, se pueden distinguir dos tipos de estrés: el eustrés (positivo) y el distrés (negativo).
Por norma general, el segundo es el que más percibimos por sus el efecto pernicioso que posee, y el peligro que implica ya que está probado puede acabar derivando en enfermedades como la diabetes, problemas cardiovasculares o alteraciones metabólicas. El primero es mucho más desconocido, aunque eso no implica que no lo experimentemos.
Qué es el eustrés
El eustrés es la respuesta positiva que tiene el cuerpo ante un desafío o reto que consideramos estimulante. Se trata, por lo tanto, de una reacción constructiva; una activación física y mental que mejora el rendimiento, la concentración y la capacidad de resolver problemas sin causar agotamiento ni daño a la salud.
Biológicamente, el eustrés responde a la ley de Yerkes-Dodson, la cual postula que la relación entre la activación nerviosa (arousal) y el rendimiento tiene forma de campana. Esto es, si la activación es muy baja, ya sea por aburrimiento o por una falta de estímulo, el cerebro rinde por debajo de su potencial por una falta de energía. Sin embargo, cuando la exigencia sube hacia un nivel medio, el rendimiento cerebral escala hasta alcanzar su momento álgido. Ese punto dulce donde todas las capacidades del individuo están optimizadas al máximo es lo que se conoce como eustrés.
Desde el punto de vista fisiológico, el eustrés es una liberación calibrada y transitoria de dopamina y noradrenalina que optimiza el foco atencional y la memoria de trabajo en la corteza prefrontal. Todo ello está combinado con un pulso controlado de cortisol, que moviliza energía inmediata sin saturar el organismo. Este equilibrio neuroquímico estimula factores de crecimiento como el BDNF (una proteína clave que actúa como un fertilizante natural para las neuronas), activa endorfinas que mitigan la fatiga y mantiene una vasodilatación periférica eficiente, permitiendo que el cerebro y el cuerpo operen con máxima agilidad. Además, también facilita que el cuerpo regrese a su estado de reposo una vez que el desafío ha sido superado.
¿Cuándo se convierte el eustrés en distrés?
La clave del eustrés es que sea una situación temporal y que la persona sienta que cuenta con las herramientas para afrontarla. Si se alarga en el tiempo o la exigencia desborda los recursos disponibles, es cuando deriva en distrés. Esto sucede porque la adrenalina y el cortisol, que habían ayudado a rendir al cuerpo en un momento de máxima exigencia, pasan a superar los niveles funcionales, saturando a la corteza prefrontal y dando pie al bautizado como secuestro amigdalino.
Este fenómeno se llama así porque la amígdala, que entre otras funciones es la zona del cerebro encargada de regular el miedo, toma el control en detrimento de la corteza prefrontal (la parte más analítica y que se encarga de la autorregulación emocional). Por ello, el cerebro comienza a vivir en modo supervivencia, adquiriendo lo que se conoce popularmente como visión túnel. Esto es un estado en el que el cerebro desconecta temporalmente los procesos que considera secundarios y centra el flujo sanguíneo y la glucosa exclusivamente en las áreas automáticas e instintivas.
Por eso, en lugar de analizar con calma los matices de un problema, la mente solo percibe amenazas urgentes. Por ello, pierde flexibilidad para encontrar soluciones alternativas y reacciona de forma puramente defensiva o impulsiva, agotando las reservas del cuerpo y transformando la motivación inicial en bloqueo y desgaste físico. Esto es, los síntomas clásicos de una persona estresada.



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