¿Qué es la guerra cognitiva y por qué sustituye a la manida batalla cultural?
Cómo la tecnología y la psicología influyen en la forma en que percibimos la realidad y moldean el mundo en el que vivimos.

Zaragoza--Actualizado a
La batalla cultural es un concepto que en un tiempo récord ha pasado a ser alienígena a ocupar el centro de la conversación. Hasta el punto que, prácticamente, todo el mundo sabe en qué consiste. Por si hubiese alguna persona despistada, podríamos resumirla, de manera un tanto simplista, como el conflicto existente por imponer unos valores ideológicos determinados dentro de la sociedad. Concretamente, en los últimos años ha surgido como una reacción por parte de los sectores más conservadores ante una serie de avances sociales o identitarios logrados.
Un ejemplo reciente fue la ofensiva ultracatólica ante la eutanasia de Noelia, aunque es una tensión constante. Los derechos y libertades de las mujeres y el colectivo LGTB, el papel de la religión en la sociedad actual, el rol del Estado… Los frentes son muchos y variados, copando la agenda setting en debates que en ocasiones vienen importados de Estados Unidos u otros laboratorios ideológicos. Sin embargo, son varios los expertos que apuntan que, una vez que la ultraderecha ha logrado imponer sus tesis en varios países preponderantes de Occidente, incluido el gigante norteamericano, una nueva fase ha comenzado. Es la llamada la guerra cognitiva, que pretende llevar la conquista ideológica un paso más allá.
Qué es la guerra cognitiva
La guerra cognitiva es un tipo de conflicto en el que se trata de alterar la manera en la que el adversario piensa y percibe la realidad, con la intención de influir en su toma de decisiones. Es decir, no se trata únicamente de convencer al oponente, sino que se busca ir más allá y así moldear la manera en la que éste percibe el mundo. Aunque no existe un único autor del término, sí que se suele citar al contralmirante francés François du Cluzel, quien lo expuso en 2020 como parte clave de un informe parte del Innovation Hub de la OTAN.
En este nuevo paradigma, el objetivo es controlar el pensamiento de la población de manera que éste genere una serie de reacciones automáticas a una serie de estímulos. O lo que es lo mismo, dirigir la manera en la que la gente interpreta la realidad, fundamentalmente generando reacciones primarias como miedo, odio o desconfianza que pueden llevarles a aceptar una serie de escenarios que, quizá, desde la razón no aprobarían.
En una columna publicada en La Vanguardia titulada No es guerra cultural, sino guerra cognitiva, Iván Redondo, exdirector del Gabinete de Presidencia de Pedro Sánchez entre 2018 y 2021, ponía como ejemplo de guerra cognitiva el uso del término “perdedor” por parte de Alberto Núñez Feijóo para atacar al presidente del Gobierno. Según su argumentación, el uso del término es una traducción directa del “loser” empleado días antes por Donald Trump, en lo que es un ejemplo claro de esta guerra cognitiva. ¿Por qué? Pues porque lo que se pretende aquí no es debatir las posibles políticas del Gobierno español, sino “generar desconfianza en sus instituciones y paralizar la respuesta autónoma de un país ante cualquier crisis”.

Evidentemente, este es solo un pequeño ejemplo pintoresco de una realidad mucho mayor. El propio Redondo conecta la guerra cognitiva con asuntos de la actualidad como “los efectos de la política arancelaria de Trump, a los nuevos protectorados posdemocráticos en Venezuela y tal vez Irán, quién sabe si Groenlandia, a un nuevo bloque de sentido contra el viejo consenso liberal y socialdemócrata, pero también contra China”. O lo que es lo mismo, una nueva realidad para la que habríamos sido condicionados para aceptar. Pero, ¿cómo funciona exactamente?
Cómo funciona la guerra cognitiva
El estudio Cognitive Warfare: Definition, Framework, and Case Study (2026) ha tratado de explicar el funcionamiento de la guerra cognitiva desde el punto de vista de militar. De hecho, utiliza el llamado bucle OODA (siglas de observar, interpretar, decidir y actuar en inglés) para explicar cómo se puede influir en la toma de decisiones humana. Concretamente, según postula el paper, atacando uno de estas cuatro fases se puede manipular la opinión de un individuo. Por ello, la guerra cognitiva consiste en alterar alguna de estas cuatro fases.
Así, un actor puede manipular la información disponible para alterar la observación, introducir narrativas que condicionen la interpretación, activar emociones que distorsionen la decisión o inducir determinadas respuestas conductuales en la fase de acción. Nuevamente, el campo de batalla no es la opinión, sino el comportamiento. De hecho, el estudio incluye un caso práctico simulado según el cual, en un conflicto entre dos actores, en realidad no es necesario destruir al enemigo ni convencerle, simplemente basta con degradar su proceso de decisión para vencer.
Las particularidades del cerebro humano
A este respecto, el psicólogo Sergio Colado explica en su artículo de divulgación Guerra cognitiva: conquistar la mente sin disparar una bala que el cerebro opera bajo cuatro principios clave que la guerra cognitiva explota para sus fines. Estos son: la economía cognitiva, la atención como recurso limitado, la primacía de la emoción sobre la razón y la importancia de los sentimientos de identidad y pertenencia.
Básicamente, sabiendo cómo funciona el cerebro, resulta más sencillo tocar las teclas adecuadas para influir en la toma de decisiones de una persona. Concretamente, está demostrado que somos vulnerables a una serie de sesgos que nos hacen susceptibles de la manipulación. Según el autor, los más empleados son el sesgo de confirmación, que viene a decir que tendemos a dar por buenas aquellas información que reafirma nuestras ideas previas; el sesgo de disponibilidad, por el que lo que recordamos con frecuencia nos parece los más importante; el efecto anclaje, que dice que el primer marco recibido condiciona toda interpretación posterior; o la ilusión de la mayoría, consistente en hacernos creer que no estamos solos en nuestra percepción.
El uso de la tecnología
Evidentemente, esta guerra cognitiva no sería posible sin el papel que posee la tecnología en la sociedad actual. Los medios de masas han sido sustituidos por una nueva forma de comunicación mucho más personalizada, basada en la gran cantidad de datos que los gigantes tecnológicos amasan de cada usuario. Esto permite no solo llegar a millones de personas de manera simultánea, sino hacerlo con un mensaje que se adapte a sus sesgos cognitivos como un guante.
Además, la tecnología permite llevar a cabo otras armas tradicionales de esta guerra cognitiva como la sobresaturación de información, la cual afecta directamente la economía de la atención que posee el cerebro. Además, las nuevas inteligencias artificiales generativas han logrado un punto de perfección en el que son capaces de confundirse con la realidad, un arma de doble filo. Por un lado favorecen la desinformación y, por otro, ayudan a crear un clima de desconfianza generalizado. Al no ser capaces de discernir la realidad de la simulación, la toma de decisiones queda claramente afectada haciéndonos mucho más sensibles a la manipulación por parte de terceros.

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