Miedo a un pasillo vacío: cómo el terror liminal 'hackea' nuestro cerebro
El fenómeno de 'Backrooms' demuestra cómo el cine sabe jugar con nuestros miedos más primarios.

Zaragoza-
Backrooms (2026) es uno de los grandes fenómenos cinematográficos del año. La película dirigida por Kane Parsons, un youtuber de apenas 20 años, contó con un presupuesto de 10 millones de dólares y ya es la más taquillera en la historia de la productora A24; y a buen seguro figurará en el top de final de año. Pero, ¿qué tiene una propuesta a priori tan modesta para convertirse en un fenómeno de masas? Para comenzar, es una película de terror, algo que siempre tiene la atención del público. Nos gusta pasarlo mal, y la industria del entretenimiento lo sabe.
Pero, además, con Backrooms se da una peculiaridad: explota el terror liminal. Un subgénero que ha pasado de ser prácticamente desconocido a centrar todas las conversaciones. En esencia, porque indaga en un pavor casi atávico, el que nos generan los espacios vacíos y de transición. Una sensación familiar, que resuena en la psique de los espectadores causando ese chispazo de adrenalina que estaban buscando al sentarse en la butaca.
Qué es el terror liminal
Desde el punto de vista de la psicología, el terror liminal es una forma de miedo y angustia que surge ante entornos o estados de transición que son familiares pero se perciben como anómalos, ambiguos o alterados. Una situación que nos genera incertidumbre, pues se rompe la sensación de seguridad que todos experimentamos ante algo a priori conocido. Recibe su nombre del concepto de liminalidad, cuya raíz procede del latín limen y significa umbral. De ahí que inicialmente se emplease para describir aquellos estados o momentos de transición en los que no se está ni en el punto A ni en B, sino justo en medio.
De la misma forma, se habla de espacios liminales a aquellas zonas de paso que no están diseñadas para permanecer mucho tiempo en ellas. El ejemplo más claro es un pasillo, construido ex profeso para ir de una habitación a otra de la casa. No obstante, también encajan en el concepto otros habitáculos que normalmente están repletos de gente, pero que adquieren tintes tétricos cuando no hay nadie en ellos: salas de espera, estaciones de servicio de madrugada, centros comerciales fuera de las horas de apertura, escaleras de emergencia…
Cómo funciona el terror liminal en nuestro cerebro
Para comprender por qué el terror liminal consigue evocar sentimientos tan profundos en nosotros, resulta fundamental saber cómo funciona el cerebro. Aunque es un órgano tremendamente complejo, en su funcionamiento es muy eficiente y, coloquialmente, hay quien dice que es perezoso. ¿En qué sentido? Está diseñado para ahorrar energía y, para ello, no duda en tomar atajos cada vez que puede. Además, el cerebro siempre funciona de manera predictiva. Es decir, no registra la realidad como una cámara de vídeo, sino que la interpreta vaticinando lo que va a suceder después. Un modo que el terror liminal hackea a su favor.
Al percibir un entorno reconocible, como un pasillo, nuestro cerebro automáticamente anticipa lo que va a ocurrir después, por ejemplo que conecta con el salón de la casa. Sin embargo, una pequeña variación, por ejemplo que no haya un final visible, genera un desajuste que se percibe como una amenaza difusa.

Antes incluso de identificar qué es lo que no encaja, la amígdala, estructura clave en la detección de peligro, envía señales al hipotálamo y pone en marcha la respuesta de miedo. Al mismo tiempo, la corteza prefrontal intenta interpretar la situación racionalmente: al fin y al cabo, es solo un pasillo, ¿qué amenaza puede suponer? Pero como la escena completa no termina de cuadrar, la alarma se mantiene encendida.
¿Y qué es la alarma? Pues en esencia todos esas respuestas que identificamos como miedo. Esto es: pulso y respiración acelerados, tensión muscular, liberación de adrenalina y cortisol… Evidentemente, una vez que se comprueba que no pasa nada, el sistema parasimpático se encarga de apagar la alarma y devolver al cuerpo a su estado de calma. Pero la película ya ha conseguido lo que quería, activar ese valle inquietante en nuestro cerebro que nos hace pasarlo mal (o bien, según se mire) durante un corto instante de tiempo.
Terror liminal: el material con el que están hechas las pesadillas
En ese sentido, el terror liminal está íntimamente relacionado con el tipo de miedo que se experimenta durante varias pesadillas. Durante el sueño, nuestro cerebro toma elementos de la realidad cotidiana pero los mezcla con otros recuerdos o situaciones que no están relacionadas. Un proceso que ocurre sobre todo durante la fase REM, el momento en que se producen la mayoría de los sueños vívidos y en el que el relato onírico deja de obedecer a las leyes de la termodinámica.
En ocasiones, cuando lo que vemos en sueños no sigue un patrón lógico y se vive como peligroso, puede desencadenar ansiedad y angustia. Durante una pesadilla, la amígdala se activa con intensidad, mientras que la corteza prefrontal, que debería cuestionarse lo imposible, queda minimizada. Una experiencia muy similar a la que propone el terror liminal, donde la extrañeza se apodera de espacios a priori reconocibles, generando una situación muy incómoda que dispara un miedo comparable al que se experimenta en estado de vigilia.



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