Qué es el síndrome del nido vacío y cómo gestionarlo cuando llega
Decir adiós a los hijos supone un momento crítico en la vida de todo progenitor.

Zaragoza-
Hay situaciones que calificamos como ley de vida por su inevitabilidad, pero que no por ello son fáciles de afrontar o asimilar. En la mayoría de ocasiones, ante ellas solo queda la resignación. Sin embargo, es preciso contar con una serie de herramientas y mecanismos internos que no todo el mundo posee a su disposición.
Uno podría pensar en la pérdida como el ejemplo más definitorio de esta ley natural que debemos acatar, aunque no todos los eventos vitales importantes son tan traumáticos. De hecho, existen ritos intermedios que también son clave en el desarrollo de la persona y, por ende, tienen efectos en aquellos que le rodean. El ejemplo más claro de ello es el momento de independizarse de los padres para iniciar su vida adulta. Una decisión o situación que, evidentemente, afecta a ambas partes.
Qué es el síndrome del nido vacío
El síndrome del nido vacío es un estado mental de tristeza, soledad o vacío existencial que se produce en los padres cuando sus hijos abandonan el hogar familiar para establecerse por su cuenta. Este se produce por numerosas causas, siendo la más habitual la pérdida del rol de cuidador que los progenitores asumen desde el momento del nacimiento de su prole y que, en muchas ocasiones, marca su identidad en casi todos los ámbitos de su vida.
También por el cambio drástico que se produce en la rutina personal. Después de años de convivencia diaria, esta se frena de manera súbita para dar paso a un nuevo paradigma. Esto no solo implica un mayor tiempo libre o más espacio disponible, sino que obligatoriamente también implica una pérdida de contacto con el vástago -o vástagos- independizado. Lo que puede llevar a una sensación de desconexión con la que para muchas personas resulta muy difícil de lidiar.
Consecuencias del síndrome del nido vacío
Si bien puede afectar a todo el mundo, el síndrome del nido vacío posee consecuencias diferentes según el contexto individual de cada persona. De hecho, variables tan diferentes como la personalidad o la situación personal de los padres, su relación con sus hijos o el tiempo de estancia del hijo en la casa familiar pueden hacer que el síndrome del nido vacío afecte de una manera u otra.
Por ejemplo, según el estudio Empty-nest-related psychosocial stress: Conceptual issues, future directions in economic crisis (2019), el síndrome del nido vacío puede generar en muchos padres una combinación de tristeza, sensación de pérdida y crisis de identidad. Algo que puede traducirse en un malestar psicológico que puede derivar en mayor vulnerabilidad a la depresión, sentimientos de soledad y, en líneas generales, un malestar generalizado.
No obstante, no todas las reacciones son iguales y, de hecho, mucho tienen que ver con el contexto cultural de cada familia. Es más, en algunos progenitores el hecho de que su hijo abandone su casa puede suponer un efecto positivo. Sobre todo en aquellas familias que apoyan la independencia de sus hijos y la entienden como una transición natural. Así lo ratifica el estudio Cultural contexts differentially shape parents’ loneliness and wellbeing during the empty nest period (2024), el cual recoge que la fase del nido vacío puede generar algunos padres un mecanismo que bautizan como “alivio de la tensión del rol” y que se describe como un alivio por liberarse de las tareas adosadas a la crianza.
Según este estudio, la independencia de la prole les permite recuperar tiempo, energía y recursos personales. Una nueva libertad que favorece el que los padres se dediquen a sí mismos, desarrollen intereses personales y participen más activamente en la vida social; lo que puede traducirse en una mejora del bienestar psicológico, mayor satisfacción vital y menor estrés
Cómo lidiar con el síndrome del nido vacío
El síndrome del nido vacío no es una patología clínica y se entiende como un proceso natural con principio y final, que ha de llegar una vez que todo el mundo se ha adaptado a la nueva realidad. No obstante, hay personas que pueden quedarse atrapadas en la transición y ver dificultado su día a día. En esos casos, lo mejor es contactar con un facultativo especializado que pueda ayudar a pasar página mediante terapia u otros tratamientos.
No obstante, más allá de la aceptación, que es imprescindible, existen pequeñas prácticas que pueden aligerar el proceso. Por ejemplo: reorganizar las rutinas, buscar nuevas actividades con las que emplear el nuevo tiempo disponible o reforzar las relaciones personales, ya sea con la pareja como con los amigos.
Además, es recomendable mantener un contacto fluido con los hijos aunque estén fuera de la casa. Eso sí, debe ser una relación responsable y que no genere dependencia por ninguna de las dos partes. De lo contrario, el proceso puede anquilosarse y ser contraproducente tanto para los padres en casa como para los hijos que buscan abrirse paso en el mundo como adultos funcionales.

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