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Aves rapaces Una familia de cernícalos en tu ventana

La historia de Ana Ruiz Echauri es la de las rapaces. Desde hace 17 años lleva observando desde el ventanal de su cocina como diferentes parejas de cernícalos anidan en su jardinera para criar.

Uno de los cernícalos anidados en la ventana de Ana Ruiz Echauri./Cedida
Uno de los cernícalos anidados en la ventana de Ana Ruiz Echauri./Cedida

La ventana de Ana se ha convertido en un plató de rodaje. Al otro lado del cristal, en una estrecha jardinera, se posó allá por el mes de febrero una pareja de cernícalos. Cómo marcan los cánones de la ornitología, apareció él, con su cabeza bañada de un gris azulado, y ella, ataviada por un plumaje homogéneo y pardo. Desde entonces, han pasado muchas cosas en esa suerte de macetero. Tanto, que la pandemia no ha podido evitar que la naturaleza anidara frente a la cocina de esta mujer, quien documenta en las redes sociales los quehaceres de la pareja y los polluelos que nacieron a principio de junio.

"Estoy de vigilancia intensiva", explica. Las crías ya no son tan pequeñas como al principio, ni siquiera se aprecia el plumón blanquecino con el que salieron del cascarón. De hecho, tal y como cuenta Ruiz Echauri –que es como se apellida la casera de estos rapaces– últimamente se pasean de lado a lado, agitando las alas en un ejercicio innato que les llevará a descubrir, quizá en unos días, que nacieron para volar. Mientras buscan sombra y estiran las plumas, ella observa sin intervenir y con prudencia.

"Hemos colocado un vinilo que hace efecto espejo, de modo que ellos no nos pueden ver y no se asustan", argumenta. Esta preparación, propia de un fotógrafo del National Geographic, es fruto de una experiencia de cerca de 17 años viendo venir diferentes cernícalos a su ventanal. "Ha habido muchos años en los que siempre era el mismo padre. Lo recuerdo porque era el símbolo de la jardinera y lo llamábamos Cabeza Gris". Sin embargo, este año la visita aviar se ha convertido en un serial de Netflix –quizá por la reclusión de la pandemia– y miles de personas han seguido en las redes sociales el avance de esta pequeña familia.

"Aunque aniden en tu ventana, no son tuyos"

Esa parte, la de la divulgación, es la más interesante para Ana, por la cantidad de mensajes que ha recibido durante estos meses. Aunque reconoce que el 90% de los comentarios han sido positivos, destaca el desconocimiento de muchos usuarios y la cantidad de consejos infundados que se vierten. "Dale de comer", "el pequeño va a morir, se lo van a comer sus hermanos", "necesitan agua", son solo algunos de los mensajes que ha contestado con paciencia. "Hablas con biólogos y nada de lo que la gente escribe tiene sentido. Es importante recalcar que nunca hay que darles de comer ni de beber, la madre se encarga de cazar y, aunque parezca extraño, se hidratan con propio líquido de los animales que comen", explica, para destacar que la mayoría de mensajes negativos que ha recibido "curiosamente" eran de hombres.

Ruiz Echauri, que trabaja como periodista, ha visto en esta última experiencia cernícala una oportunidad para dar a conocer cómo actuar ante situaciones de este tipo: desde un anidamiento en tu terraza, hasta el hecho de toparse con un ave silvestre malherida. Uno de los ejemplos más claro es el del anillamiento, quizá el único momento de todo este periodo en el que ha entrado en contacto directo con los polluelos. Se trata de un procedimiento imprescindible y sencillo "que sirve para controlar la población de las aves, como una especie de DNI", manifiesta. La madre, por ejemplo, si estaba registrada y, fruto de ello, se ha podido saber que nació hace seis años en un pueblo de Segovia.

Este mecanismo de control, que no es más que una diminuta argolla que rodea la pata del ave con un número identificador, es fundamental para entender qué poblaciones están en riesgo y estudiar las posibles causas. Gracias a ello, de hecho, se sabe que en España hay cerca de 17.500 parejas de cernícalo vulgar (Falco Tinnunculus), que se extienden fundamentalmente, tal y como se recoge en los registros de la Sociedad Española de Ornitología SEO/BirdLife, por toda la península, en especial por Castilla y León, la zona limítrofe entre Navarra y Euskadi, así como en la parte occidental de Andalucía.

No humanizar a los animales

Lo más difícil es no enternecerse. Ver cómo en unos meses un huevo minúsculo se convierte en un ave que abandona el nido resulta hermoso desde la perspectiva sensorial de los seres humanos. Es por ello que, en ocasiones, se tiende a humanizar la vida silvestre lo cual es, tal y como explica la filósofa Marta Tafalla en su ensayo Ecoanimal, explica multitud de formas de maltrato inconsciente. Ruiz Echauri, tiene bastante claro que, pese a la belleza de esta experiencia, debe abstraerse de esos impulsos que a veces llevan a ir más allá de la observación.

"Aunque aniden en tu ventana, no son tuyos", recalca, para insistir en la necesidad de no interactuar con estas aves y dejarlas vivir esos meses de cría en la mayor tranquilidad posible. Sin embargo, hay ocasiones que es difícil no intervenir. Este año, sin ir más lejos, uno de los polluelos tuvo que abandonar el nido después de romperse una pata. "Desgraciadamente lo llevamos al Centro de Recuperación de Aves, donde terminará de crecer. Cuando se le termine de soldar la pata, los cuidadores lo juntarán con otros cernícalos para que se hermane, pero no volverá al nido", lamenta.

"Cuando ves que el primero salta a volar y que vuelve al nido para dormir las primeras noches te sientes aliviada"

A veces, el desconocimiento lleva a muchos a querer actuar. La imagen del pollo desnutrido se clava en la retina del ser humano, que acude a la nevera con una loncha de pavo y pequeño plato de agua. "Mucha gente me decía que diera de comer a una de las crías que al principio parecía más débil que las otras, y la realidad es que eso sería lo mismo que darles veneno", arguye respaldada en sus años de experiencia viendo nacer rapaces.

La responsabilidad que reclama esta ornitóloga improvisada no disminuye el sentimiento de amor por la naturaleza. Tanto es así, que ahora que los polluelos ensayan con volar, se muestra orgullosa, casi como una madre, de ver que han salido adelante. "Cuando ves que el primero salta a volar y que vuelve al nido para dormir las primeras noches te sientes aliviada, porque sabes que está a salvo y no se ha estrellado contra el suelo".

La etapa, no en vano, está a punto de terminar. "Les quedan unos días para empezar a volar". Quizá, dentro de unos años, uno de estos pequeños rapaces regrese, ya adulto, para anidar de nuevo frente a la mujer que le vio nacer. 

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