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Entrevista a Daniela Ortiz Daniela Ortiz: "Para que se hable de racismo tiene que haber una muerte de por medio"

Artista graduada en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y activista de los derechos humanos por la lucha antirracista, Ortiz atiende a Público desde Perú para hablar del acoso que la llevó a huir de España y del racismo que aún se continúa "normalizando" por parte de las instituciones públicas.

Daniela Ortiz. /Pere Montiel
Daniela Ortiz. /Pere Montiel

A mediados de julio, decenas de militantes antirracistas se congregaban en la madrileña Plaza de Colón para asaltar el pedestal de la estatua del que consideran precursor de uno de los genocidios más grandes de la historia: la de Latinoamérica. "Fuego al orden colonial", rezaba la pancarta principal, cubierta de pintura roja en representación de "la sangre derramada por siglos de colonización". Desde que el movimiento Black Lives Matter pusiera en el punto de mira las políticas raciales, las manifestaciones de este tipo han ido en aumento alrededor del mundo. En España, el debate de la representación que tienen hoy en día los monumentos coloniales acabó ensañándose con Daniela Ortiz de Zevallos, una de las artistas más conocidas de la lucha contra el racismo estructural. De origen peruano, la activista llevaba 13 años residiendo en Barcelona hasta que las amenazas por su actividad política se hicieron inasumibles. "Me decían: 'si te cogemos te vamos a empalar', 'tendría que haberte roto las piernas', 'tienes suerte de seguir con vida' y era consciente de que para que se hable de una situación de violencia racista sobre una persona migrante tiene que haber una muerte de por medio", cuenta la activista a Público desde una provincia en Perú, donde ha tenido que regresar hace más de un mes debido al acoso y las amenazas que aún recibe por su defensa de los derechos humanos.

Ortiz tuvo que huir de España con la ayuda de Front Line Defenders, una ONG que le ofrece protección para que pueda continuar haciendo su trabajo político, algo a lo que no estaba dispuesta a desistir. "Puedo renunciar a mi vida personal en mi casa, con mis amigas e, incluso, a mi economía en el contexto español y al derecho a la sanidad que teníamos mi hijo y yo, pero no voy a renunciar a mi actividad política porque el motivo principal de estar acá es para poder seguir activa", defiende.

La oenegé, que ya había amparado antes a otras activistas, consideró que existía "un riesgo de un proceso de criminalización", por eso Ortiz decidió regresar a su país natal en un vuelo humanitario. "Hasta 10 días antes de haberme ido para mí no era una opción, fueron mis compañeras y mi familia quienes me dijeron que quizás tendría que valorarlo", recuerda. "Aterrizamos en Lima y tuvimos que hacer cuarentena ahí, luego para llegar a mi ciudad he tenido que viajar 21 horas en carretera con mi hijo encima porque no habían vuelos nacionales, pero ahora por fin estoy retomando mi vida cotidiana y también haciéndome a la idea de que no crea que pueda volver pronto".

En 2007, cuando Ortiz llegó a España, empezó a trabajar de camarera para pagarse la carrera en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona. "Tenía el ideal de que Europa era abierta y multicultural, por eso, para mí fue muy impactante el proceso de deshumanización que empecé a vivir". La artista, que trabajaba en un bar por las noches, cuenta que un día su jefe agredió a un joven que tenía enanismo por haber entrado en su local. "El chico puso una denuncia, mi jefe tuvo que ir a un proceso judicial, y me amenazó de que si yo no me presentaba en el juicio y decía que el chico me había tocado el culo, me iba a despedir", Ortiz se rehusó y renunció al trabajo, pero recuerda que su jefe siempre le decía que él le "había hecho los papeles", a pesar de que ella tenía un visado de estudiante. "Hubo un montón de situaciones donde de pronto empecé a ver que el tema de los papeles y el tema de ser migrante determinaba mucho tus derechos laborales y el trato que recibías de la gente", recuerda la activista.

"La violencia virtual se tiende a ficcionar"

De igual forma, Ortiz ha recibido todo tipo de ataques a través de las redes sociales, muchos de ellos enfocados en el activismo anticolonial que realiza en sus obras. En Instagram, "las fotografías que tenían que ver con monumentos coloniales estaban siendo denunciadas por grupos de extrema derecha y varias publicaciones fueron eliminadas por supuestamente 'organización de actividades delictivas'", explica. "He estado reflexionando mucho acerca del carácter real de esa violencia virtual, que muchas veces se tiende a ficcionar, pero que es tan real como hacer una transferencia bancaria o recibir un correo de tu jefe. Y es más real en el momento en el que estamos actualmente, en donde debido a la pandemia las comunicaciones digitales y todo este tipo de espacio virtual está tomando mayor fuerza", añade.

Las denuncias y los insultos que recibía también llegaban desde un sector de la izquierda que se siente incómodo con la defensa de la activista. "Me llaman 'pija' o 'millonaria', repitiendo el discurso que tiene la extrema derecha, para quitarme apoyo de un sector de la izquierda que abraza la ideología racista", explica Ortiz. "Resulta paradójico, por un lado, me dicen 'vete a tu país india de mierda' y, por otro, me insultan porque tengo estudios universitarios", reflexiona.

Escultura de Daniela Ortiz. /Pep Herreroi

Según la activista, "la sociedad se ha acostumbrado a denunciar única y exclusivamente como racismo, aquel que es social y dejan de lado el racismo institucional. ¿Quiénes son los que están muriendo en los campos de trabajo? ¿Cuál es la situación de las trabajadoras domésticas? ¿Quiénes están viviendo las peores situaciones de explotación laboral? Las personas migrantes son quienes principalmente sufren este tipo de injusticias".

Una de las principales denuncias que los colectivos antirracistas realizan es al sistema de control migratorio y a la ley de extranjería, prácticas que también critica Ortiz. "Se tuvo que morir Samba Martine e Idrissa Diallo para que haya un debate sobre el racismo que se ejerce en los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), se tiene que morir gente en las zonas de frontera para que se hable de ello… La extrema derecha y parte del sector de la izquierda blanca (por su ideología, no por su color de piel) señala mi situación de privilegio, para minimizar la violencia que yo u otras compañeras hemos podido vivir y para delimitar únicamente como violencia aquello en donde está la vida en juego", denuncia.

Un "racismo sistémico"

Para la activista, estas situaciones forman parte de un "racismo sistémico" que le ocurre no solo a las personas migrantes sino también a sus hijos. "Mi hijo nació en Barcelona pero si yo no hubiese tenido papeles, él tampoco los hubiese tenido. Es gravísimo que a los niños no les den el derecho a la residencia por el hecho de nacer en el territorio y luego se les exija que se integren", denuncia Ortiz. "Si a mí me estaban tratando así, siendo una persona castellanoparlante, con cierto privilegio racial por ser mestiza y con estudios universitarios, ¿qué es lo que está pasando alrededor mío con personas que dentro de este sistema tienen una peor situación? Es así como se explican las muertes en zonas de fronteras, la persecución, la detención y la deportación de personas migrantes".

Es por esto mismo que la activista considera que Europa vive un "aumento del racismo" cada vez que tiene una crisis económica o un problema grave, como la actual pandemia: "normalmente la canalización del malestar y del conflicto se dirige hacia el fascismo", considera Ortiz. "Por eso molesta tanto que se hable de los monumentos coloniales hoy en día porque reivindican como positivos aquellos sujetos que iniciaron un proceso de expolio y de violencia". De ahí que la lucha antirracista y el debate anticolonial que defiende la activista se convierta en una "provocación" para un sector que lo único que pretende con sus amenazas es "deslegitimar" su voz.

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