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La perspectiva de género, una asignatura aún pendiente en la medicina

La construcción "androcéntrica" de la ciencia y la falta de conocimiento y datos aún a día de hoy provocan desigualdades en el diagnóstico, tratamiento y atención a las mujeres. Las diferencias biológicas y sociales hacen necesaria una aproximación diferenciada

Una dona rep la vacuna de la covid-19 al punt de vacunació massiu de Fira de Barcelona
Una mujer recibe la vacuna de la covid-19. Laura Fíguls / ACN

La historia occidental se ha construido vinculada de forma intrínseca al patriarcado y esto ha impactado en la producción de conocimiento y el desarrollo científico. Por ello, la medicina, al igual que el resto de ciencias, es "androcéntrica". Así la califica Carme Valls, médica y autora del libro Mujeres invisibles para la medicina (Capitán Swing, 2020). "Se ha centrado en el hombre, a veces porque sólo se estudiaba a hombres, y a veces porque se pensaba que no había diferencias y que estudiando a los hombres se estudiaba también a las mujeres", explica. Durante siglos de construcción del conocimiento médico "se ha olvidado a la mitad de la población", y a día de hoy, esto sigue generando desigualdades, tanto en el conocimiento sobre los efectos de las enfermedades en las mujeres, como en su diagnóstico y tratamiento. "Hay una peor atención a la salud de niñas y mujeres. Tenemos una exclusión en la mirada, en la capacidad de comprender las complejidades ", señala Serena Brigidi, doctora en Antropología de la Medicina y profesora en diferentes universidades catalanas. "En los estudios de medicina se deben introducir las diversidades y cómo nos afectan", añade.

Y es que los cuerpos de los hombres y las mujeres, por un lado, reaccionan diferente ante la enfermedad por motivos biológicos, mientras que, por otro, la estructura social también incide. Hombres y mujeres trabajan, se relacionan y adoptan roles diferentes en la vida, y esto tiene un impacto en su salud. "El orden de género existente en todas las sociedades genera experiencias vitales y una vida cotidiana diferentes", afirma Lucía Artazcoz, directora del Observatori de la Salut Pública de la Agència de Salut Pública de Barcelona (ASPB).

Precisamente, el hecho de que el 80% de la salud dependa de las condiciones de vida -lo que se conoce como determinantes sociales de la salud- hace que, al haber desigualdades de género, la experiencia de hombres y mujeres sea diferente. "La menor esperanza de vida de los hombres es generalizada, y esto tiene que ver con el cumplimiento del mandato de la masculinidad, que obliga a asumir riesgos", ejemplifica la médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública.

Falta de datos

Uno de los principales impedimentos para avanzar hacia una medicina con perspectiva de género es la falta de datos y estudios sobre los efectos de la enfermedad en las mujeres. A día de hoy, a nivel mundial tan sólo el 38% de trabajos de investigación médicos incluyen ambos géneros. Y de los más de 2.600 trabajos publicados durante la pandemia, tan sólo el 4% incluía perspectiva de género en algún punto. Si no se separan por género, los datos no se pueden leer bien: "Si había diferencias, ya no se pueden atender. Si no lo cuentas, luego no lo puedes analizar ", lamenta Valls. Desagregar los datos ha permitido constatar que tanto en la primera ola del coronavirus como en la segunda, las mujeres se contagiaron más. Esto se explica por la división sexual del trabajo, es decir, el hecho de que las mujeres están más ocupadas en trabajos sociales y de cuidados, más expuestas al virus. Por el contrario, la gravedad y la mortalidad se concentró más en los hombres, debido a que las mujeres tienen más defensas contra las infecciones. "Esto va poniendo de manifiesto que nos falta ciencia para entender la evolución de hombres y mujeres cuando enferman", dice Valls. Esta mayor inmunidad explica, a su vez, que las mujeres desarrollen más enfermedades autoinmunes, y también, que sean las que más efectos secundarios han sufrido por las vacunas.

Artazcoz considera que el caso de la covid es "paradigmático" para explicar la necesidad de segregar los datos por género: "Si no lo hacemos, no vemos la situación de unos ni otros, tenemos una única que no corresponde a nadie y no lo podemos entender ". "En el caso de la ASPB, desde un primer momento segregamos los datos según diferentes ejes, incluyendo el género y la clase social, entre otros. Saber el perfil es clave para perfilar mejor la estrategia tanto de prevención como de intervención", afirma Artazcoz.

Este déficit en los datos se ha intentado corregir a través de regulaciones internacionales y ha habido "avances pequeños" al respecto, señala Valls, que también es directora del programa "Mujeres, Salud y Calidad de vida" en la ONG Centre d’Anàlisi i Programa Sanitari. La precursora en la introducción de la perspectiva de género fue la cardióloga norteamericana Bernadine Healy, la primera que publicó, en 1991, los síntomas del ataque de corazón en las mujeres, que no coinciden con los de los hombres. Esto se tradujo en un mejor diagnóstico y la reducción de la mortalidad. Uno de ellos es el dolor de pecho, que muchas veces se diagnosticaba como ansiedad o depresión. Aunque ya hace tres décadas de esto, Brigidi subraya que para estudiar las enfermedades se sigue utilizando "el varón sano, de 30 años y caucásico como patrón". Valls va más allá y explica que en el caso de las mujeres, muchos problemas de corazón dependen de factores de riesgo diferentes que los hombres, como la función tiroidea. "Esto no se estudia con esta claridad y no se aplica", lamenta.

Más diagnósticos incorrectos

La falta de conocimiento y evidencia científica acaba provocando que haya un "menor esfuerzo diagnóstico y terapéutico" en las mujeres, dice Artazcoz. Esto provoca, por ejemplo, que en el caso de ellas no se detecte el consumo de alcohol y, por el contrario, se sobrediagnostique la ansiedad y la depresión. "En el caso de los hombres se piensa que hay una causa biológica [por el malestar] y se piden más pruebas", apunta Artazcoz. "En el cuerpo de la mujer, la salud física no se trata, y la mental se medicaliza", añade Valls. En cuestiones de salud mental, en las mujeres hay un "abuso de diagnóstico", mientras que en los hombres, al contrario. "Cuando hablamos de perspectiva de género no hablamos sólo de las mujeres", recuerda Brigidi, en referencia a que la falta de conocimiento acaba provocando una peor atención hacia ambos géneros.
En cuanto a las cuestiones de salud sexual y reproductiva, la falta de investigación ha hecho que la regla aún sea una gran desconocida para los profesionales y la sociedad en general. Por ello, Valls afirma que "el ciclo menstrual refleja muy bien las desigualdades en salud y sociales". La facilidad con que se receta la píldora anticonceptiva por cuestiones que no tienen que ver con la contracepción, como reglas abundantes, desajustes hormonales o de otros, muestra como "el cuerpo de la mujer se medicaliza más que se asiste". "No se busca la causa", añade Valls.

Para cambiar este panorama, la formación de los profesionales sanitarios es clave. Artazcoz señala que se están haciendo esfuerzos para que los profesionales tengan información actualizada, pero todavía hay carencias: "Creo que nos falta un sistema, más investigación y monitorización sobre lo que está pasando en nuestro contexto". Brigidi apunta que a nivel legislativo se ha avanzado pero a pie de calle "falta mucho" para conseguir esta perspectiva de género. Mientras que en la facultad sí que se ha visto un "cambio importante" en el alumnado desde hace unos cinco años -donde la mayoría son mujeres y "muy reivindicativas" a nivel de género y desigualdades-, no se ve que esto se traduzca en transformaciones a nivel de la estructura universitaria y los estudios.

Las consecuencias de todo ello no son pocas. Debido a la falta de perspectiva de género, las mujeres "tienen mucha más tendencia a tener clínicamente dolor y cansancio de origen inexplicado". Valls añade que la falta de un diagnóstico correcto acaba desembocando en la falta de tratamiento o en uno erróneo, como por ejemplo recetar sedantes y antidepresivos, que consumen en cinco veces más proporción las mujeres que los hombres. "Batallan buscando soluciones porque no se les ha diagnosticado bien lo que tienen", concluye.

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