Santaolalla se aparece en la cueva de los 'fachahaters'
Anibal Malvar conversa con sus cigarras particulares para que le canten qué podemos leer en este verano de canícula y siesta.

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Sarah Pérez Santaolalla (1998) es analista política, comunicadora y jurista. Tertuliana en programas como Mañaneros 360 (La1), Malas lenguas (La1, La2), En boca de todos (Cuatro), La hora (La1), El Tablero (Canal Red), Todo es mentira (Cuatro)… Su vehemencia feminista y roja la ha convertido à contre coeur en objetivo preferente de los haters de ultraderecha, que han invadido sus redes con comentarios soeces, machistas, denigrantes e, incluso, amenazas de violación y muerte. Lleva siempre una maleta.
Autobiografía
Siempre he pensado que lo más difícil es describir a uno mismo, no sé si por miedo a sonar presuntuoso o por lo contrario. Así que utilizaré las dos palabras que usa mi madre cada vez que habla de mí a sus amigos: honesta y justiciera. No sé si estoy al nivel que ella marca, pero reconozco que me esfuerzo cada día por estarlo.
Más allá de las palabras, están los hechos. Los hechos llevan a una mujer joven, reivindicativa, independiente, con fuerte carácter y con muchas ganas y creencias de cambiar el mundo. Eso le lleva a participar desde que es una adolescente de 14 años en marchas por la educación y sanidad pública, y en asociaciones políticas juveniles. Una niña de 15 años que sueña con ser una mujer libre.
Tus primeros "haters"
Pasé por una universidad pública. Seguramente fueron mis mejores años si los recuerdo hoy y, en cambio, en el ayer parecían los más complejos para una adolescente que estudiaba y trabajaba a la vez.
Una facultad diversa, pública y con olor a humedad en sus aulas que me formó para lo académico y cultural, pero no me preparó para lo que me esperaba ahí fuera. En cambio, sí lo hicieron los trabajos por los que fui pasando para costear mis estudios. Allí encontré los primeros haters y los mejores fans. Entre facultad y primeros trabajos, salió uno de los proyectos de mi vida: un programa de radio sobre política y debate en la emisora de la universidad. Con 18 años me senté en mi primer estudio de radio e hice mi primer programa en directo (si a eso le podemos llamar programa). Si lo escuchase hoy, no sé si sentiría vergüenza, porque hace mucho tiempo que no me autocastigo más de lo que merezco. Pero estoy segura de que sentiría ternura. Mucha ternura por una niña de 18 años que todavía no sabe lo que está a punto de pasar.
Incendiando micros hasta el despido final
La pasión por la política, el amor por la dialéctica y unas ideas claras me llevaron a debates universitarios en España y fuera de nuestro país. Empecé a participar en programas de otros compañeros de la facultad y en entrevistas sobre el trabajo que realizaba en las asociaciones estudiantiles y vecinales, y poco a poco me fui ganando un hueco en los micros de la ciudad en la que crecí. Confieso que siempre he sido roja y nunca se me ha dado bien esconder aquello en lo que creo firmemente; nunca he cambiado de bando por quien me contrataba o dirigía el espacio (como hacen muchos, dependiendo de los empresarios o accionistas que estén detrás). Siempre he dicho lo que he pensado y he pensado lo que he dicho, y cuando mis opiniones han sido desafiantes con la línea editorial, la cadena o el programa, he ido al paro con más dignidad que el que cambia de camiseta para que el entrenador lo convoque en el próximo partido.
Santaolalla se aparece en la cueva mediática de la divertida fachosfera: colaboraste en 7NN, extinta televisión ultra afín a Vox
Sí, empecé en las peores trincheras, las más difíciles y a la vez más divertidas. Recuerdo sentarme con 21 años en una mesa rodeada de diez hombres, cuya media de edad era de unos 65 años y su trayectoria era, claro, mayor que la mía. Era como el punching ball de los boxeadores; todos los golpes venían en la misma dirección y a la misma voz, que casualmente era la mía. Pero reconozco que en los lugares más complejos es donde más se aprende. Sobre todo se aprende lo que quieres ser y lo que no serías jamás. Y también a reírte con un facha porque, aunque no digan la verdad ni al médico, cuentan buenos chistes.
El gran salto y el acoso
Empecé a llamar la atención de directores de otros programas y productoras, que les sorprendía ver a una joven de 22 años debatir con esa vehemencia y carácter que siempre he tenido y que me cuesta mucho esconder. Fue el comienzo de muchas llamadas y ofertas. Ofertas que a veces he rechazado a pesar de que en este mundo eso no esté de moda, y otras que celebré con mi familia porque se abría un camino que siempre quise recorrer.
Y llegó el día: mi voz sonaba en un plató de una de las principales cadenas de nuestro país.
No te imaginas las veces que apreté nudillos, los cientos de veces que utilicé mi americana rosa comprada para la ocasión como toalla para el sudor de mis manos, el ruido de mis músculos tensos, la mirada cómplice de los profesionales que están detrás de las cámaras y todas las veces que mordí el tapón de mi bolígrafo rojo.
Después de esa primera vez, les gusté y volvieron a llamar.
Volví.
Volví y jamás salí de allí.
A pesar de las grandes discusiones en mesa, de los conflictos en plató, de los días en los que normalizamos sentar a un fascista en una mesa o a un delincuente disfrazado de periodista, de defender cosas que no están de moda y de muchas horas de reflexión sobre este mundo que te devora en segundos y te consume en minutos, seguí y sigo.
Y ahora, con más capacidad, formación, preparación, rigor, información y los mismos ovarios, me he convertido en una de las periodistas que más detesta la derecha. Saber que mis próximos años de trabajo están debajo de los focos y delante de una cámara conlleva mucha responsabilidad, como diría el tío Ben.
Lo que no sabía el tío Ben es el poder que tiene la extrema derecha para perseguir a periodistas, analistas y adversarios políticos.
Desde que mis opiniones empezaron a incomodar y mis análisis a señalar ciertas corruptelas y tramas, los ataques sucios y hostiles no han parado.
Empezaron con mi edad, para la que la única solución es seguir viva y cumplir más años. Siguieron con mi formación, la cual muchos de ellos conocen porque hemos compartido facultad y plató de televisión. Continuó con mi familia y mi vida privada, como si alguna vez yo la hubiese puesto en venta o ellos se hubiesen transformado en alguien tan respetable como Jorge Javier Vázquez. Y, cuando esto no es suficiente, recurren a sus orígenes y a lo que más detestan de mí: ser una mujer que no se calla. Sobre todo por lo de ser mujer.
Y te reconozco que hay días en que cuesta el doble ir a trabajar. Qué es agotador saber que todo lo que digas se está mirando con lupa para después intentar destrozarte en panfletos y periódicos mafiosos, que son capaces de retorcer una verdad y convertirla en una mentira por dinero. Que tus redes arden cada vez que la maquinaria se pone en marcha y tu teléfono se convierte en tu peor enemigo porque no deja de sonar con llamadas en oculto que desean tu muerte.
Reconozco que reflexionas mucho sobre si esto compensa, si analizar la política en este país y denunciar el periodismo corrupto te sigue apeteciendo, y si todo el acoso que están pasando también los tuyos merece la pena.
Y por ahora mi respuesta es sí, merece la pena.
Y este es el precio que quieren hacer pagar a la gente honesta. Y no sé cuánto tiempo, ni cuántos, pero sobre todo CUÁNTAS, aguantaremos este ritmo de amenazas, persecuciones y violencia en el que nos sumergen cada día. No sé cuándo sonará el despertador y decidiré no salir más en televisión. No sé hasta cuándo seguirá pesando más combatir que desistir. Pero sí sé que hasta que ese día llegue, aquí estaré.
Mientras tanto, uno de los lemas que me acompaña a diario me lo contó un hombre muy sabio. Me dijo: "No aceptes una crítica de quien no aceptarías un consejo". Y me lo tomo al pie de la letra: nunca aceptaría un consejo de un fascista o un corrupto. Por lo tanto, no acepto sus críticas.
Han pinchado en hueso conmigo.
La cigarra Santaolalla recomienda
Este verano estoy leyendo varias cosas a la vez para intentar alargar el placer de una buena lectura y así engañar a mi cerebro, que se entristece cuando se asoma a la última página de un buen libro.
Han sido días de Rosa Montero y Nosotras (Alfaguara, 2018), noches de Pablo del Río y Seis cocodrilos (Maeva Ediciones, 2025), y tardes de buen periodismo con la novela Solas en el silencio de Silvia Intxaurrondo (HarperCollins, 2025). Sin dejar de lado mis obligaciones con la poesía, los ensayos y García Márquez.
Reconozco que con el cine me he puesto las pilas y a la vez estoy haciendo algo imperdonable, que es ver las películas en distintos días porque nunca tengo suficiente tiempo. Pero he disfrutado mucho de películas como The Wizard of Lies, Hidden Figures, The Blind Side o volver a ver El 47.
Aunque reconozco que pertenezco a esa generación que necesita para dormir ciertos ruidos que llevan el nombre de la serie Aquí no hay quien viva y que es mi mejor aliado para noches de insomnio.
Mi gusto musical es como el literario: amplio, diverso y sentimental. Tengo en mente diferentes conciertos: en unos meses iré a ver a don Joaquín Sabina y más tarde a uno de mis raperos favoritos, Nach. Ambos hacen poesía y buenas canciones, pero sobre todo consiguen que solo esté pendiente de ellos y deje la tertulia política en casa.

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