"Cuando tengo gastroenteritis me alegro porque pierdo kilos": los problemas de salud mental y trastornos que genera la presión en el ballet
El ballet es símbolo de elegancia y perfección, pero es también un mundo regido por una disciplina muy estricta. Lo que se convierte en una trampa silenciosa que puede llevar a la autoexigencia, inseguridades constantes y trastornos en la conducta alimentaria.

Madrid--Actualizado a
Los bailarines de ballet viven en un duelo constante entre su pasión y su salud mental. Su disciplina se define por una perfección extrema, donde cada paso está medido y el control corporal se asocia al éxito. Dentro de clase hay un ambiente de precisión quirúrgica: "Quinta posición, cabeza ligeramente inclinada con la mirada hacia fuera, escápulas hacia afuera, hombros abiertos, sacamos pecho, ombligo y pelvis hacia dentro y arcos hacia atrás".
Este grado de detalle es lo que hace que muchos bailarines caigan en graves problemas que pueden afectar a la salud mental, como la ansiedad, depresión y trastornos en la conducta alimentaria (TCA). En nombre de la perfección muchos aprendieron a silenciar el cuerpo: a disimular el dolor, a ignorar el hambre, a dejar en pausa la vida que existía más allá del estudio.
Lidia Gómez de Segura es profesora y exbailarina, licenciada en Danza Clásica por el Conservatorio Superior de Danza María de Ávila, y tiene un máster en Psicopedagogía de la Universidad Europea. Empezó a bailar a los cinco años y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Su historia es la de muchas: "De niña era admiración, de joven obsesión, y ahora se ha vuelto algo más sereno, más profundo". Su relación con el ballet ha evolucionado con sus pasiones intensas, sus crisis y sus vaivenes. Es fácil que las reglas que rigen el ballet se filtren en la vida personal y las formas de autopercibirse.
Así lo cuenta Lidia: "Hay momentos en los que la presión por alcanzar la perfección, las comparaciones constantes y el miedo a fallar pueden afectar mucho. Hubo épocas en las que me sentía agotada emocionalmente, incluso dudando de si era suficiente". Las correcciones y el deber se expanden incluso fuera del estudio. "Me costaba ser espontánea, perdonarme errores, dejar de analizar cada detalle, incluso de mi cuerpo".
Esta es la historia de muchos bailarines que hipotecan su salud mental por encajar en un molde. Luisa Isabel Vázquez tiene 26 años y conoce bien esa realidad. Formada en danza clásica y contemporánea en Lugo y Madrid, ha sido bailarina solista en Ballet Norte y en el Centro Coreográfico Gallego, interpretando grandes roles del repertorio clásico como El lago de los cisnes, El cascanueces, La bella durmiente y El Quijote. Actualmente combina sus proyectos artísticos con su labor como profesora de Danza Clásica en la Escuela Profesional de Danza de Valladolid.
Comenzó a bailar con solo seis años y a pesar de los obstáculos confiesa que el ballet es su vida. Su trayectoria le ha dado valores positivos como la perseverancia, el tesón o la disciplina, pero también tiene otras enseñanzas no tan buenas que, mal orientadas, pueden llegar a ser un problema muy grande en el día a día. La intensidad y la devoción hacia la disciplina hacen que "resulte complejo no trasladar a tu vida personal todas esas inseguridades y percepciones que se van construyendo acerca de ti en el mundo de la danza".
Hay una constante búsqueda de validación, donde el esfuerzo nunca parece ser suficiente. "Hay que tragar con ciertos comentarios negativos hacia tu técnica, interpretación, la manera de mostrarte o hacia tu físico y es verdaderamente complicado mantener la mente fría y saber valorarte en esas situaciones en las que juegan con tu vulnerabilidad chantajeándote por tener un papel principal en la compañía, con bailar más o menos bolos, o directamente con despedirte", cuenta Luisa.
A los cinco años, Marcelo Rodríguez también supo que su vocación estaba en el baile y en la música. Estudió en conservatorios profesionales de danza en Málaga y en Madrid. A día de hoy, con 32 años, sigue dedicándose a ello en la escuela de danza de Noemí Alcázar.
Describe el gran esfuerzo que supone, pues él mismo cuenta como nunca ha encajado en los estándares: "Yo soy una persona de complexión grande y a esto súmale que tengo alopecia. Entonces yo siempre he tenido que esforzarme el doble para hacerme un hueco".
Durante sus años de formación, recuerda el tiempo que pasó intentando ajustarse a la normatividad que demandaba la escuela: "Cuando empecé a perder el pelo usaba todo tipo de productos para disimularlo y siempre medía mucho lo que comía". Aun así, sabe que en varios castings no le escogieron por su físico, dejando de lado su forma de bailar.
Una experiencia común que refleja un problema social
Alba Arjona García es psicóloga general sanitaria especializada en salud mental y TCA. Explica que los trastornos de la conducta alimentaria no tienen una única causa. Surgen de una mezcla de factores biológicos, psicológicos y socioculturales relacionados con el perfeccionismo, la autoexigencia y una necesidad de control.
Actualmente, en la sociedad han surgido estos valores de superficialidad donde la imagen corporal y la necesidad de valoración juegan papeles muy importantes. Lo que acaba formando un cóctel perfecto donde alcanzar un ideal físico se convierte en una necesidad, pero todo es un reflejo de lo que se ha vivido en el ballet durante décadas.
"La cultura del ballet crea una lógica de perfección extrema donde el control corporal se asocia al éxito. Las estrategias para mantener ese control se vuelven rituales rígidos que inicialmente funcionan, pero luego atrapan al bailarín en un círculo cerrado que mantiene el TCA", explica la psicóloga.
Esas estrategias se traducen en dietas, restricciones y una justificación de ejercicio en exceso porque en el ballet la delgadez se asocia con la belleza.
Así lo afirma Alba Arjona: "Esto distorsiona la autoevaluación y alimenta la conducta restrictiva. La sociedad y el propio mundo del ballet han perpetuado durante años un estereotipo corporal muy limitado. Aunque hoy se habla más de diversidad y salud, el ideal del cuerpo perfecto sigue presente. Esto genera en los bailarines una presión constante por encajar y una falsa asociación entre delgadez y talento. Cambiar este paradigma es fundamental para cuidar la salud mental y permitir que la danza sea una forma de expresión, no de sufrimiento".
Lidia Gómez: "El espejo del aula se volvió el espejo de mi vida"
Las conductas propias de los TCA, con frecuencia, pasan desapercibidas. En ambientes donde el sufrimiento queda normalizado como parte del sacrificio artístico, pedir ayuda se puede percibir como un fracaso: "Por miedo a ser juzgados, a perder oportunidades o a mostrar debilidad, muchos bailarines ocultan lo que les pasa", concluye la psicóloga.
El ballet como caldo de cultivo para los TCA
Las posibilidades de que un bailarín sufra problemas de ansiedad, depresión o relacionados con su imagen corporal son mucho más altas por la presión por el físico. Pasan sus días en el conservatorio, frente a un espejo, analizando cada parte de su cuerpo en el que pueden acabar sacando errores de donde no los hay.
Es un entorno donde la devoción hacia un profesor o a la compañía es más importante que el propio bienestar. Muchos acaban ocultando lesiones, restringiendo la comida o renunciando a su vida personal con tal de no decepcionar a quien marca el compás.
Marcelo lo cuenta desde su propia experiencia, donde la técnica invadió su vida y sigue notando las consecuencias de ello: "Yo nunca he tenido diagnosticado un TCA pero si que he hecho algún tipo de barbaridad para perder peso. Incluso a día de hoy, cuando tengo alguna gastroenteritis es como que yo luego me alegro, porque pienso que voy a perder kilos".
"Creo que es algo bastante común en los que nos hemos dedicado profesionalmente a esto, y además en mi caso se suma que soy mujer", añade Luisa. La construcción de la sociedad cuestiona y juzga el físico de las mujeres constantemente. Acaba promoviendo la comparación entre unas y otras, derivando en que cada vez haya más casos de enfermedades psicológicas como los trastornos de la conducta alimentaria. Además, Luisa apunta que "este tipo de problemas comienzan cada vez antes a surgir entre los más pequeños que quieren formarse profesionalmente".
Hay una presión extra cuando uno forma parte de una compañía de ballet, fuera de la ejecución técnica e interpretativa. La de encajar en un cuerpo de baile donde se busca una igualdad entre todos los componentes: estatura, volumen, musculatura e incluso el color de pelo y piel.
Luisa lo ha vivido en primera persona: "Al ser más bajita que el resto de mis compañeras, no siempre podía formar parte del cuerpo de baile y muchas veces me buscaban papeles solistas que pudiera defender bien no solo a nivel técnico sino también a nivel físico". Asimismo, ha visto a bailarinas maravillosas quedarse fuera por no tener el cuerpo estándar o por no encajar con una estética específica.
Marcelo ha visto sus oportunidades reducidas solamente a su físico numerosas veces. "Yo sé que en un ballet nacional nunca me querrían por ser un chico calvo y por mi complexión corporal, dejando mi técnica y mi manera de bailar a un lado".
En muchas ocasiones el problema supera los umbrales de autopercepción y surge una desconexión con el propósito. "Cuando la danza, que comenzó como una pasión profunda, se convierte en una rutina mecánica o en una obligación, el alma empieza a resentirse. No es solo el cansancio físico o la presión externa, sino el dolor de no reconocerse ya en lo que un día te hizo sentir", explica Lidia. Esa constante necesidad de demostrar valor puede hacer que un bailarín se olvide de por qué baila, y ese olvido, aunque es silencioso, pesa.
Unas palabras cargadas de significados
La figura docente carga con mucha responsabilidad emocional que pasa desapercibida. Tiene el poder de inspirar, pero también puede herir. En el ballet, como en tantas otras disciplinas, el trato humano puede afectar profundamente a una alumna, incluso para toda la vida.
Luisa recuerda profesores que marcaron un punto de inflexión durante su carrera profesional. Hubo uno en concreto por el cual casi pone punto y final a su vida como bailarina. "Me hacía la vida imposible, había muchísima rivalidad y comportamientos muy tóxicos que me hundieron mucho. Por suerte, hubo muchos que le enseñaron desde la cercanía, el respeto y el amor que fueron capaces de sembrar una huella bonita en su carrera.
Marcelo habla de la importancia de tener una buena pedagogía: "Hay profesores que te marcan para mal porque te hacen sentir inferior, son buenos bailarines pero no son aptos para estar en un aula con personas menores y en pleno desarrollo".
"No se trata solo de enseñar pasos, sino de cómo le hacemos sentir mientras los aprende", reflexiona Lidia. Una corrección mal dada, una palabra dura en el momento equivocado, "puede sembrar inseguridad durante años", mientras que una simple mirada de confianza o un gesto de aliento sincero puede convertirse "en el impulso que le haga creer en sí misma cuando nadie más lo haga".
Una mirada al futuro
Tras años de exigencia y silencios, los tres bailarines han encontrado en la docencia una forma de reconciliarse con la danza. Hoy, combinan su experiencia con la enseñanza para formar a futuros bailarines. En el otro lado del aula, intentan educar desde un lugar más humano. Porque el cuerpo no es un obstáculo, sino un canal entre lo que se siente y lo que se expresa, no una prueba constante de resistencia a cualquier precio.
Marcelo describe cómo evita hacer pasar a sus alumnos por lo mismo que vivió él e intenta que consigan los resultados sin tener que pasar por el trauma. Porque "es una carrera muy bonita independientemente de lo que trae el proceso".
"Pienso que la conciencia sobre la salud mental, en general, tiene todavía mucho que mejorar y en el ballet más", confiesa Luisa, "considero que las nuevas generaciones de profesionales de la danza tienen este tema cada vez más presente y es algo que se va mejorando". Explica la importancia de tener un círculo de gente en el que apoyarse porque el mundo del ballet es muy sacrificado. En su caso, en los centros en los que se ha formado no había ningún profesional ni servicio al que recurrir. Algo que debería ser absolutamente fundamental porque la danza como forma de vida implica una enorme presión.
Los tres bailarines coinciden en que el ballet exige una fortaleza mental que pocas veces se enseña. Mantener la visión a largo plazo y ser fiel a lo que les llevó a emprender su camino en la danza es lo que permite seguir adelante incluso en los momentos más oscuros. "Que se valore por lo que siente cuando baila, no por quienes la vean bailar", añade Lidia. Porque el ballet regala una sensibilidad única y una conexión irrepetible con el cuerpo.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.