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Así es la vida de los jóvenes sin hogar en España

En España, hay miles de chicos que no tienen una casa estable. Algunos okupan, otros pocos viven en la calle. Así es su vida.

Los jóvenes presentan más ansiedad y depresión por el Covid-19 que los mayores
El Estado protege a los niños, pero deja de hacerse cargo de ellos cuando son adultos y se ven en la calle.

sara montero

Dentro de 10 años, Yassine se imagina en una casa, casado, con dos hijos y con un local en el que trabajar, ganando su propio dinero. No parece un sueño muy ambicioso para un chico de 22 años, pero él llevará entonces casi la mitad de su vida persiguiéndolo. Con 17 años salió de Marruecos y hoy vive en unos de los pisos de Málaga que la Fundación Hogar Sí tiene en España. Gracias a eso tiene un techo, pero no un hogar.

Yassine llegó a España siendo un Mena, un Menor Extranjero No Acompañado, unas siglas administrativas que definen lo que en realidad son niños y adolescentes que migran solos. Según los expertos, son el perfil que más ha crecido y que más sale en prensa, pero no el único. En España podría haber unas 33.275 personas sin hogar. En 2012, la población joven (18 a 29 años) podría cifrarse en 4.434, aunque no tener una casa no significa vivir en la calle, el grado más extremo del sinhogarismo. En esa amalgama de datos desactualizados (y que los expertos no dan por fiables) se acumulan circunstancias muy diversas: chicos que migraron, menores españoles provenientes de familias desestructuradas o jóvenes LGTBI a los que sus padres expulsaron del hogar tras salir del armario. "En el ámbito de las personas que son de nuestro país también existen realidades muy duras, de familias desestructuradas o chavales que han sido abandonados", matiza José Manuel Caballol, director general de Hogar Sí. Por tanto, no se puede hacer una fotografía exacta de la juventud sin hogar porque los casos son variados y complejos.

Muchos tienen algo en común: cumplir 18 años les complica la vida. No es motivo de celebración, sino la puerta a la exclusión. El Estado protege a los niños, pero deja de hacerse cargo de ellos cuando son adultos y se ven en la calle. En algunos casos, la protección se extiende hasta los 21 años y hay organizaciones que hacen esfuerzos porque sus casos no se enquisten.

La calle destruye muchas cosas, desde el equilibrio emocional y psicológico hasta la capacidad de socializar. Proyectos como el de Hogar Sí intentan que los niños extutelados no pasen a ser adultos sin techo en unos pocos años. Muchas veces, los jóvenes evitan llegar a la calle por otras vías: "Se juntan con otros jóvenes o buscan espacios más escondidos. A veces okupan. Aunque no sea lo ideal para vivir, ahí pueden estar escondidos y no están en la realidad de la calle", apunta José Manuel Caballol, sobre las distintas estrategias que usan los chicos para evitar exponerse a los peligros de dormir a la intemperie. Según el Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia, en 2018, 4.002 chicos abandonaron el centro de menores en el que residían tras cumplir los 18.

¿Y después de la mayoría de edad? "A partir de ahí, está la posibilidad de rehacer una vida con capacidades limitadas y ninguna ayuda", responde Caballol. Esta organización le ha dado a Yassine un hogar temporal. Es mucho más que no dormir a la intemperie, es una dirección postal a la que pueden dirigirle cartas, una bañera en la que ducharse todos los días y la garantía de dormir tranquilo en una cama propia. "El contexto va en su contra, su capacidad va en su favor", resume el director de la organización. Por un lado, los jóvenes como Yassine están acostumbrados a buscarse la vida en contextos de adversidad, viajando desde niños y trabajando en la ciudad africana en la que recaen para coger el siguiente medio de transporte. Por otro lado, en España se dan de bruces con la realidad administrativa y con la falta de trabajo.

El trabajo y los papeles, el gran escollo

Yassine ha tenido suerte. Su historia empezó como la de tantos otros, pero él tiene cierta estabilidad. Tras salir de su zona, estuvo trabajando en Nador hasta que alcanzó Melilla siendo menor donde. Ahí estuvo en un centro un año y siete meses, le regularizaron y pudo llegar a la Península. Después pasó a Murcia y ahora vive en Málaga. "Mi familia no trabajaba bien, no tenían buen sueldo, así que salí a buscarme la vida solo y a ayudar a la familia, eso es lo más importante". Lo cuenta como si fuese casi su destino natural. En su comunidad, familiares y conocidos lo habían hecho antes que él: "Yo sabía que algún día me iba a tocar salir de casa y viajar a otro país". Muchos de estos jóvenes son la inversión de su familia para intentar salir de la pobreza.

Yassine reconoce que salió de Marruecos con la idea de que en España era fácil, pero llegó a un país con con una de las tasas de paro juvenil más altas de la Unión Europea. La tasa de desempleo en menores de 25 años se situaba en torno a un 33,2% antes de la crisis del coronavirus. Ahora las consecuencias de la pandemia amenazan de nuevo a esta franja, que sufre con más frecuencia los contratos temporales, es decir, los más fáciles de destruir.

Algunas veces tiene dinero para mandar a su país. Otras no. Con solo 22 años lleva su propia economía, cargando una responsabilidad mucho mayor que el resto de jóvenes de su edad. "Cada día tienes que levantarte y buscar trabajo o comida. Los chicos están con su familia y no se preocupan por eso. Para nosotros es muy difícil", replica sobre la brecha con otros chicos de su edad. Aún así, ambos comparten las problemáticas de las grandes ciudades: falta de vivienda y falta de empleo.

Al verse en la calle, estos chicos tiran de sus propios recursos. Okupan casas, fábricas o locales y acuden a su red de contactos, que muchas veces es "frágil" y consiste en jóvenes de su misma edad y su situación. A veces, esa es la vía del inicio al consumo de drogas o a los episodios de delincuencia. "Casi se encuentra en la calle de un día para otro", comenta el director sobre el shock que supone cumplir los 18 años y tener que abandonar un centro. Por eso, los expertos consultados insisten en los beneficios de que estos jóvenes se integren en comunidades más amplias y no se hacinen en albergues: "No están pensados para jóvenes. Al final terminan convirtiéndolos en personas sin hogar", asegura Caballol.

En este contexto, la diferencia entre tener permiso de trabajo y no tenerlo marca un abismo: "A veces tienen los papeles, pero no tienes permiso de trabajo. Eso le ocurre a muchos chicos que están aquí. Buscas trabajo, te hacen la entrevista y te dicen que no porque no tienes permiso de trabajo. Ahí empiezan a hacer tonterías, como las drogas o la cárcel", explica el joven sobre algunos de sus paisanos. Cuando llegó a la Península siguió el itinerario lógico hacia la integración económica: aprendió español y estudió cocina para tener un oficio, aunque le gusta mucho más la peluquería. Ahora busca trabajo. "La familia está esperando tu ayuda. Sin trabajo y sin nada te pones triste", explica desvelando sus prioridades. Yassine es la esperanza de sus padres.

La casa de los jóvenes

Es inevitable que a Oriol Janer se le note un poco de orgullo al otro lado del teléfono. El director del centro de día Dar Chabab (Casa de los Jóvenes, en árabe) describe todos los agentes implicados en el proyecto para que se comprenda la fuerte apuesta que supone. Lo puso en marcha el Consorcio de Servicios Sociales de Barcelona con la colaboración de tres entidades: Sant Pere Claver- Fundació Serveis Socials, Suara Cooperativa y Garbet Cooperativa d'Inserció. Cada vez llegaban más adolescentes en situación de calle a Barcelona (unos 200 al mes entonces) y en 2017 decidieron abrir esta instalación como un "proyecto piloto" que les diera cobertura cuando cruzasen la barrera de los 18.

El centro está habilitado para unas 25 personas, pero en la emergencia sanitaria han atendido hasta 40 chavales al día con chicos a dos niveles: unos a los que hacen seguimiento más estable y otros con emergencias básicas como la de los alimentos. Ellos se concentran en jóvenes que no habían pasado por protección o que, sin haber pasado, estaban desamparados en la ciudad.

No hay posibilidad de dormir, pero los acompañan en todo su itinerario personal, desde las comidas hasta lavandería, educación social, psicología, trabajo social, enfermería, psiquiatría o el propio acompañamiento emocional. "A veces no hablan con la familia por miedo a que les pregunten cómo están. Han venido sabiendo que para su familia ellos son la salvación", comenta el director sobre el equilibrio de estos chicos.

Muchas veces, han comenzado a trabajar en su país con 14 o 15 años y aquí el itinerario se complica: necesitan aprender el idioma, tener una formación mínima y, después, lanzarse a un mercado colapsado donde compiten con otros jóvenes. "Muchos se hunden porque no hay un mínimo garantizado. Si no hay una casa, es difícil sostener todo lo demás", explica. Años de espera pueden conducir a la degradación. Por eso, Dar Chabab les da un lugar y una persona de referencia, unos horarios y les ayuda a tener un plan de trabajo que les de acceso a una prestación.

A Oriol Janer también le preocupa el estereotipo que se está creando en torno a estos jóvenes en los medios de comunicación. "Cuando un chico tiene interés en alquilar una habitación no es lo mismo llamarse Pepe que Hamed". Además, no dejan de ser chavales, que escuchan música, tienen una estética concreta y hablan a veces a gritos y alborotados, como cualquier otro. Eso hace que en la calle también sean más visibles.

Tanto Oriol como José Manuel Caballol están convencidos de que merece la pena invertir más en estos jóvenes para evitar la cronificación del sinhogarismo. Llaman a repensar el sistema de centros de una manera seria: "Ha demostrado poca efectividad y no es más caro que tener a los chicos en un piso", explica el director de Hogar Sí En las casas, ellos se organizan, se responsabilizar y limpian: "Si los metes en un centro los procesos se enquistan y no se solucionan. Eso sí que es caro", advierte.

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