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Fin de las vacaciones Vivir todo el año junto al mar: ¿Fastidio o envidia?

Ahora que agosto se va acabando, nos preguntamos lo que significa tener al lado la playa en invierno, si es duro o no. "Sólo es una forma de vida a la que te acostumbras", contestan los que la tienen.

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Vivir todo el año junto al mar: ¿látigo o envidia?

En una avanzada mañana de agosto esa fotografía no miente en el paseo marítimo de Riazor. El viento no perdona y entre sus protagonistas sólo existe ese barrendero que realiza su trabajo y que explica que "aquí la vida es así" sin abusar de las palabras. Pero, a su vez, esa fotografía es un presagio del invierno que amenaza, donde el mar ya no representa esa tentación de los veranos y que, sin embargo, siempre se va a quedar ahí. Y con él sus vientos. Y sus corrientes. Y sus humedades. Y hasta sus mareas que arrasan playas y que provocan fotografías salvajes que en verano siempre son más relajadas. Por eso los que no vivimos todo el año junto al mar nunca dejamos de preguntarnos qué significa esto, si es una tortura o si es una ventaja, si es o no es calidad de vida, si podríamos o no podríamos.

María, una vecina de mediana edad del barrio de Labañou, desde cuyas ventanas se ven impecables vistas de la bahía que llegan hasta la Torre de Hércules, sonríe ante esta pregunta, "porque hay días del invierno en los que la humedad se te cala hasta los huesos. A veces, me quejo porque los humanos somos terriblemente inconformistas. Pero, por otra parte, recuerdo el caso de mi hermano que se fue a trabajar a Madrid y tuvo que volver. Vivía en un buen barrio cerca de la Plaza Castilla. Pero no se acostumbraba a vivir sin ver el mar, sin sentirlo cerca. Hablabas con él y, antes de darte los buenos días, te hablaba de la morriña del mar, de su color, de su sonido, de lo que le faltaba".

"A veces, me quejo porque los humanos somos terriblemente inconformistas"

Quizás porque así es el mar, juez y parte de esta historia, de sus veranos y de sus inviernos, donde ni siquiera Fernando acepta teatralizar. Él es un hombre de la tercera edad, un vasco jubilado que podría pasar como un herido de guerra, "con ocho operaciones en las piernas, ocho, tobillos, caderas..." Un diagnóstico abusivo que vino a vivir a A Coruña, "porque la mujer es de aquí ". Y a él, sea verano o invierno, casi siempre se le puede ver sentado en algún banco de Riazor o paseando durante pequeños trozos, acompañado por esa muleta suya, que parece parte de su sabiduría: "Supongo que los mismos dolores que tengo aquí los tendría en Canarias, en Andalucía o en Madrid. Aquí, en A Coruña, ya no llueve tanto como antes y no digo yo que no haga más humedad. Pero en la escuela me enseñaron que el cuerpo es sabio y que hasta un cuerpo como el mío, que está lleno de artrosis por todos sitios, es capaz de acostumbrarse a todo. Hoy en día, las calefacciones son magníficas. Sólo hace falta pagar una factura más alta", ironiza.

"De hecho, aquí se dará cuenta de que casi todas las casas tienen doble ventana", añade María, "y en muy pocas fachadas se encuentran esos aparatos de aire acondicionado que a mí me llamaban la atención cuando iba a ver a mi hermano a Madrid. Pero aquí nuestro aire acondicionado es abrir la ventana en verano. Por eso yo siempre digo que no hay ciudades perfectas. Claro que en A Coruña se echa de menos el sol en invierno. Se puede tirar hasta 30 días seguidos sin aparecer. Pero seguro que si viviésemos en el Caribe también nos quejaríamos, porque somos así. Los seres humanos siempre queremos lo que no tenemos".

"El sol se puede tirar hasta 30 días seguidos sin aparecer"

El debate, en realidad, es infinito. "No hay una sola respuesta. Hay miles de respuestas", añade Pablo, cuya oficina está muy próxima al hotel María Pita, playa de El Matadero, donde las vistas del océano atlántico vuelven a ser escándalosas. "Nunca he querido saber lo que dicen los científicos de la conveniencia de vivir o no al lado del mar. Pero aquí hay gente de más de 70 años que se bañan todos los días en la playa y están como robles. No les echaría yo una carrera de cien metros... Otra cosa es si hablamos de los pescadores, que pasan media vida en la mar, las noches, la faena, las redes, pero eso ya son situaciones extremas como la de los mineros. Necesitaríamos otro artículo", insiste Pablo, que acepta que "el mar quizás no te da alegría en invierno, porque una playa vacía es como un estadio vacío que te invita a evocar tiempos más alegres. Pero, a su vez, eso también es paz y hasta la posibilidad de pensar cuántos quisieran estar aquí en tú lugar. Me parece que somos privilegiados".

Vivir todo el año junto al mar: ¿látigo o envidia?

El viejo Fernando, el de la muleta, va más allá. "El mar no te impide nada. Tampoco te lo da, ojo. Pero es parte de tu ciudad como la Castellana en Madrid o la ría en Bilbao. Y a partir de ahí puedes recordar que aquí hay hasta colegios pegados al mar como en Riazor, en el barrio de Monte.... Y viven. Y sobreviven. Y seguro que hasta hay alumnos que hasta sacan sobresalientes o matrículas de honor. Por lo tanto, esto sólo es una forma de vida más como la montaña, la gran ciudad..., la vida que te toca vivir. No todas las vidas pueden ser iguales. Pero tampoco hay necesidad de diferenciar entre mejores y peores".

"Crecimos así", añade María. "Nos criamos así. Tampoco podemos ser imparciales porque si vamos quince días a Benidorm a la segunda semana ya estamos echando de menos estos cielos nuestros de los que tanto nos quejamos". Y Pablo lo entiende y hasta recuerda que "una de las primeras cosas que le pidieron al presidente Lendoiro dos jugadores de talla mundial como los brasileños Bebeto o Mauro Silva cuando vinieron a jugar al Deportivo fue una casa con vistas al mar. Y con esto no quiero decir que en ciudades sin mar se viva peor. Yo estudié en Salamanca y fue maravilloso. Pero en cada ciudad debes reconocer lo que tienes y no esperar a que los demás lo reconozcan por ti. Porque entonces te conviertes en un infeliz".

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