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Alan Moore tenía razón

La adaptación de 'Watchmen' no logra trascender la fuerza filosófica y narrativa de la novela gráfica

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Parapetado en su casa de dos plantas en el mismo barrio obrero donde creció, Alan Moore, el guionista de cómics más celebrado del siglo XX, ha decidido hacer oídos sordos al que llaman el estreno del año -y que llega a las salas de todo el mundo hoy- y ha hecho de la escritura de su novela, Jerusalem, un eficaz amortiguador a tanto ruido mediático. De paso, recuerda que Watchmen se hizo pensando en 'buscar elementos narrativos que fueran únicos en los cómics' y que la misma idea de transformarlo en película le pone a salivar veneno.

'La manía de nuestra cultura es transformar cosas que funcionan perfectamente en un medio a otro donde no funcionan tan bien'. Así se lamentaba Alan Moore hace un par de semanas a Público, cuando, en una conversación telefónica desde su casa de Northampton, arremetía contra DC Comics y la obsesión de Hollywood por la adaptación y el remake. Han pasado 23 años desde que se publicara el primer número de los doce que componen Watchmen -el cómic que dibujó Dave Gibbons, que coloreó John Higgins y que supuso la primera gran obra de este arquitecto de la historieta posmoderna. Su fama de objeto infilmable ha hecho que fueran cayendo los sucesivos directores que pensaran en llevarla a pantalla, de Terry Gilliam a Paul Greengrass.

Y entonces llegó Zack Snyder. El director de Amanecer de los muertos (2004) y 300 (2006) se ha atrevido a adaptar un material sagrado para muchos: el cómic que mostró el lado más débil, fascista y mezquino de los superhéroes. Si Moore confiesa que los mejores filmes son los que se han hecho exclusivamente para el cine y que la plaga de remakes que aqueja a Hollywood es una prueba más de su falta de imaginación, Snyder ha adaptado ya otro cómic, 300, de Frank Miller y antes había debutado con un remake de Romero. El realizador ha manejado el reto de llevar a la pantalla la obra de Moore 'como si fuera un texto que hubiera sido escrito hace 2.000 años'.

Tal vez sea esa la razón del entusiasmo que está empezando a provocar el calco que hace la película de las viñetas. La correlación fascina a los seguidores de la novela gráfica, que tienen asegurada la diversión en el viejo juego de buscar las siete diferencias. Pero, si la minuciosidad de Snyder podría ser su mayor éxito, esa misma (aparente) fidelidad le ata bien corto las alas al filme. El cambio de final se convierte, así, en el menor de los daños.

Campy es un vocablo inglés que en origen apuntaba a lo amanerado y afectado, y que Susan Sontag, entre otros, actualizó para hablar de manifestaciones sociales y artísticas que jugaran, desde la ironía, con una artificialidad extrema. Precisamente, esta es la palabra más elocuente para hablar de lo grotesco de un filme, que empieza a ser molesto a partir de su ecuador.

En efecto, entre las primeras entradas de campy en Google ya hay una referencia a la película. Y no en su mejor sentido, sino en aquel que, accidentalmente y por tomarse demasiado en serio, cae en una ostentación ridícula y vacía.

Todo podía haber ido bien. La secuencia que abre los 163 minutos del filme -antes de que los créditos recuerden que Moore no ha querido aparecer en ellos- es alentadora: el asesinato de El Comediante (Jeffrey D. Morgan), filmado a cámara lenta y a ritmo del Unforgettable de Nat King Cole, dará paso a unos fabulosos créditos que, a modo de diaporama, nos ponen en contexto: Estados Unidos ha reelegido a Nixon por tercera vez, y ganado en Vietman gracias a un superhombre, Doctor Manhattan (Billy Crudup), que funciona como arma de disuasión en una prolongada Guerra Fría. En ese mundo, un grupo de superhéroes forzosamente jubilados empiezan a caer bajo la mirada paranoica del conductor del relato, Rorschach (Jackie Earl Haley).

Precisamente, la oscuridad de este personaje y su talante a lo Taxi Driver (1974) está entre lo mejor de la película. Pero ni la más lograda de las interpretaciones, por otro lado mediocres, puede obviar que Moore no engañaba al decir que su cómic no hay dios que lo filme. 'Aparte de que Watchmen plantee una meditación sobre el poder, lo que nos importaba era lo que le estábamos haciéndole al género de superhéroes', asegura.

Sin embargo, dice Snyder que 'en realidad Watchmen es una historia bastante simple'. Ahí yerra el tiro. Al despojar a la película de los subtextos que aportan profundidad al cómic, el director da la razón a su admirado Moore: 'Los cómics no son películas que no se mueven, todo el asunto está mal pensado', dice el escritor. Con el calco desprovisto de densidad, Snyder logra que las palabras de Moore suenen en boca de los personajes como irritantes obviedades.

Pero existe otra razón para temblar o, llegado un punto, desatar la risa. La obsesión del director por el subrayado es el motor detrás de una elección de canciones obvia y desafortunada (excepto el Philip Glass que acompaña al Dr. Manhattan en Marte). El despropósito llega al paroxismo en el Halleluyah de Leonard Cohen, que sirve de banda sonora al polvo más kistch de la historia.

Oscura y ultraviolenta, Watchmen supera en su superficial incorrección política (con sexo y gore incluidos) a otros acercamientos recientes al lado oscuro de los superhéroes, como El caballero oscuro. Pero nada, ni siquiera los cientos de millones invertidos, parece evitar que acabemos por remitirnos a lo campy y a lo kitsch (sin intención de serlo) y a ese manojo de anglicismos que tan bien definen lo chicloso.

Si el ‘croma’ fue el método con que Zack Snyder nos trasladó a las Termópilas en la adaptación que hizo del cómic de Frank Miller ‘300’, en ‘Watchmen’ el asunto es, como le gusta apuntar, “más físico”. El equipo artístico de la película, dirigido por Alex McDowell (‘El club de la lucha’, ‘Charlie y la fábrica de chocolate’) diseñó unos decorados en una antigua fábrica de Vancouver, para crear una Nueva York reconocible, pero pretendidamente irreal y que, a la vez, fuera “decadente y sórdida”.

Para ello, reconocen, tanto Snyder como McDowell, la referencia fue la visión de Nueva York de ‘Taxi Driver’. La película no abusa de los efectos digitales, salvo para momentos obvios como las secuencias de las escapadas del Doctor Manhattan a Marte. Por otro lado, lo minucioso del diseño artístico, hace que cada objeto tenga un eco y una lectura en el cómic y que a cada nueva visualización se vayan identificando nuevos y golosos detalles.

Estos, como se explica en el libro ‘El arte de Watchmen’ (Norma), van desde un bote de laca Veidt que Rorschach usa como lanzallamas hasta la foto autografiada por la Dama del Crepúsculo que tiene Búho Nocturno. La guía para el arte de la película fue el cómic y el story board que dibujó el propio Snyder. Dave Gibbons confiesa que no puede estar más feliz y alucinado con cómo sus dibujos han cobrado vida. Quizá, también porque a él irán todas las regalías.