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Atrapados ante una huelga general indeseada

Los representantes de los trabajadores no quieren convocar el paro nacional, pero no tienen opciones

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Los sindicatos no querían que la huelga de funcionarios se viera como un ensayo de la huelga general, pero no pudieron evitarlo. La amenaza está demasiado cerca como para desligar ambos acontecimientos. No querían que se relacionaran porque se veían venir el escaso tirón del paro de ayer (que les deja en una posición comprometida ante una próxima convocatoria) y porque esa ligazón no hace más que aumentar la presión sobre sobre ellos para convocar la primera huelga general al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Después de seis años de luna de miel, ahora no están de acuerdo con las políticas económicas del Ejecutivo, pero no se sienten confortables mostrándole su más absoluto rechazo y poniendo a la ciudadanía en contra de él con una huelga general porque saben que hacerlo es ponerse de alguna manera del lado del PP. Por eso, ayer muchos sindicalistas se empeñaban en dejar claro que era una huelga contra los recortes, no contra Zapatero.

La reunión de hoy del Diálogo Social será clave para convocar la huelga

Pero hoy llega el momento de la verdad. Con o sin ensayo general, un fracaso (muy probable) en la reunión de hoy en el Diálogo Social les deja totalmente atrapados. El Gobierno acabará imponiendo una reforma laboral que asegura que será 'ambiciosa' y que a los representantes de los trabajadores no les gusta nada. Tanto les repugna a ellos como les agrada a los empresarios. El mundo al revés de lo que ocurría hasta hace unos meses en la política española.

Y si esa reforma se lleva a cabo (con reducción de la indemnización por despido, incluido) no tendrán argumentos para no convocar una huelga general, por muy conscientes que sean de que no tienen el éxito nada asegurado porque no hay ambiente suficiente en España para acudir a un paro nacional pese a los 4,6 millones de parados.

El paro de ayer tuvo su utilidad porque contentó a las bases sindicales, que ya estaban demandando una estrategia más dura contra el Gobierno tras tanta complacencia en medio de una crisis tan grave, pero no demostró la posición de fuerza que querían pasear ante el Gobierno y los organismos internacionales que han inspirado estas medidas. Y los sindicatos temen no conseguirlo tampoco en una huelga general y quedarse en entredicho en un momento crucial en el que se viene encima no sólo una reforma laboral sino también de las pensiones.

Un paro nacional podría lograr que la reforma laboral se moderara

La encrucijada es muy complicada y por eso en los últimos días no han querido decir ni sí ni no ni todo lo contrario. No quieren convocar la huelga pero quizá no tengan más remedio porque si la reforma laboral llega por decreto y es totalmente contraria a sus tesis tendrán que jugarse su última carta: presionar todo lo que puedan con un paro nacional para ver si consiguen que el Gobierno la modere o la retire en el trámite parlamentario. Ya ocurrió en 2002 con el decretazo' que José María Aznar acabó retirando después de que le convocaran una huelga general.

Mientras los sindicatos se debaten entre sus querencias y sus obligaciones, Zapatero hace lo propio entre sus deseos y lo que le marcan los mercados. Preferiría no hacer una reforma laboral tan contundente para evitar la huelga general, pero ahora no tiene margen de maniobra; está obligado a seguir los designios que le marcan otros desde fuera.