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Si los Borbones son los nuevos Serrano, yo quiero despertar

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El lunes, Telecinco estrenó, casi a traición y con delictivas mañas de contraprogramación frente a la Hispania de Antena 3 (4.768.000 espectadores), el primer episodio de Felipe y Letizia (4.270.000), con Juanjo Puigcorbé en el papel de Juan Carlos I en chándal y con dificultades de dicción, y Marisa Paredes como la reina Sofía, como si la reina tuviera frenillo y hubiese comprado en una subasta la peluca que lucía el esqueleto de la madre de Norman Bates en Psicosis, para después llevarla al tinte.

Si Telecinco pretendía hacer de su relato televisivo del romance entre Letizia Ortiz y Felipe de Borbón (y Grecia) una conmovedora historia de amor, fracasó estrepitosamente. Aunque si su intención era transformar el biopic histórico contemporáneo en una nueva forma de comedia, entre chanante y costumbrista, hay que reconocer su enorme acierto. Esto se debe a su buen ojo para las escenas cómicas, como las que muestran al rey admirando el nuevo uniforme de las criadas; o al príncipe, también en chándal, abducido por el telediario para gran sorpresa de su madre, la reina. O esa donde don Juan Carlos pasa junto al sosias de Marichalar, pegado a un teléfono móvil, y le espeta: 'Jaime, que te vas a quedar sin batería'.

Pero también destaca la sutil inteligencia con que la serie incorpora líneas de diálogo sólo aptas para grandes entendidos en la materia, como aquella donde la reina, tras la ruptura del príncipe Felipe con Eva Sannum, afirma: 'Por suerte, nuestro príncipe ha salido a su abuelo, el rey Pablo' Pablo de Grecia, padre de la reina Sofía y que, según numerosos historiadores, mantuvo un romance con Denham Fouts, un famoso chapero de entreguerras que figura en los diarios de Gore Vidal o Christopher Isherwood.

Por suerte para el telefilme, la reina se equivocaba y el amor surge entre el príncipe Borbón y la periodista Ortiz, que es la que mejor parada sale del desaguisado cómico en que Telecinco ha sabido convertir esa historia de amor. Un romance donde, entre tanta risa, destacan algunos momentos de escasa heterodoxia democrática cuando los guionistas nos quieren dar a entender que el príncipe de Asturias es capaz de coger un avión militar e irse hasta Bagdad sólo por estar junto a su amada intrépida reportera; que puede impedir que la destinen a Irak, o se permite colocarla en el informativo de mayor audiencia de la televisión pública sólo para que los españoles puedan conocer mejor su trabajo y, de este modo, hacerle a él más fácil el suyo: casarse con ella.

Claro, que el amor y el humor pueden con todo, los Borbones se nos muestran cercanos y campechanos, tanto que en algún momento los confundo con los Serrano y empiezo a temer que en el episodio final de hoy descubramos que todo ha sido un sueño. ¿De Antonio Resines? Francamente, no lo creo.