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Cai Guo Qiang: el artista de la nueva imagen que busca china

Tras firmar las esculturas con fuegos artificiales de los JJOO, prepara ya su exposición para el Guggenheim de Bilbao en 2009

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Nacido en 1957 en Quanzhou, en la provincia china de Fujian, el artista Cai Guo Qiang es el ejemplo más claro de cómo el Gobierno de su país se ha esforzado por cambiar su imagen internacional a través de los Juegos Olímpicos que concluyeron ayer. A pesar de llevar 12 años en Nueva York, a los que hay que sumar otros 10 de su estancia previa en Japón, se ha convertido en la gran referencia cultural de su país durante este evento, gracias a la influencia de la tradición, la historia y la filosofía chinas en su espectacular trabajo.

Cai fue el responsable de las esculturas efímeras con fuegos artificiales de las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos; pero no se para ahí, la semana pasada inauguró en el Museo Nacional de Arte de China (NAMOC) la exposición I want to believe, que hace parada en su país entre su estancia en el Guggenheim de Nueva York y la definitiva, en el de Bilbao, la próxima primavera.

I want to believe ha sido calificada por el ministro de Cultura de China, Cai Wu, como “el evento cultural clave de los Juegos Olímpicos”, y supone la primera gran revisión del trabajo de este artista, que se ha enfrentado para la ocasión a sus últimos 20 años como creador.

“Esta muestra me ha dado la oportunidad de evaluar qué es lo que ya he dejado atrás en mi trabajo y, sobre todo, aliviar un poco mi carga, lo que me permitirá trabajar de una forma más libre y despreocupada en el futuro”, explica en una conversación con Público.

La obra de Cai, en la que tradicionalmente se han encontrado profundas lecturas políticas e ideológicas, recupera valores tradicionales de la cultura china y les da un valor de contemporaneidad, poniéndolos en diálogo con los elementos del sistema cultural de Occidente: “Pero todo sucede de un modo muy natural, yo no estoy ávido de introducir la historia o la filosofía de mi país en mis obras de arte, aunque tampoco lo rechazo. Si surge durante el proceso, lo acepto con toda normalidad”.

Así ocurre, por ejemplo, con el uso de la pólvora, que se ha convertido en una seña de identidad en sus dibujos y en los llamados “eventos pirotécnicos”, como los que ayer pudieron verse en todo el mundo. En la única visita de Cai a España, en 2005, ejecutó para el IVAM el proyecto Black Rainbow, con el que creó un arco iris negro en el cielo valenciano –una evolución de su idea inicial para homenajear a las víctimas del 11-M, que vivió en directo tras su llegada a España, el día antes de los atentados–.

“En Valencia, el tiempo era soleado, con cielos azules y nubes blancas. El arco iris negro fue como derramar un barril de tinta a lo largo de la superficie limpia y azul del agua. Las condiciones no pudieron ser más perfectas para el propósito de este proyecto”, cuenta poco antes de su retorno a España.

I want to believe ha sido una de las exposiciones del año en Nueva York, aclamada por el público y la crítica por su calidad artística y el impacto estético de la obra de Cai, quien asegura que “cada uno de los trabajos que integran esta exposición es la mejor representación de una elección estética previa”. En el campo de las curiosidades, la muestra recoge la serie conocida como Extraterrestrial, con proyectos finalmente no ejecutados, pero cuya significación y el proceso creativo que hay detrás de ellos siguen claramente presentes en la mente del artista. “Incluso si alguno de ellos no puede llegar a ejecutarse jamás, no tengo dudas de que sus elementos fundamentales podrán ser reutilizados en trabajos futuros”, confirma.

Cai prefiere adoptar ante el trabajo creativo una posición muy intuitiva. “Me gusta dejar que todo evolucione de forma espontánea a lo largo del tiempo, introduciendo en el proceso variables como mis experiencias vitales o los cambios psicológicos que se producen. Incluso el propio trabajo actúa en muchas ocasiones como un elemento muy activo del proceso”, cuenta.

De este modo se está haciendo la adaptación de la exposición para el museo vizcaíno, cuya sede todavía no conoce personalmente: “Sólo conozco el Guggenheim de Bilbao a través de imágenes, pero ya he estado estudiando los planos de sus salas y tengo decididos los cambios más importantes del montaje. La estructura de galerías me permitirá incluir algunas obras más y llevar a cabo nuevas composiciones y arreglos. Por ejemplo, me gustaría que todos mis trabajos con barcos estuvieran juntos en una misma galería, que se transformará en un puerto, y que en otra de las salas todos mis trabajos con animales se exhiban de manera conjunta, formando un zoo”.

Hijo de un historiador y pintor chino, Cai se formó en diseño en el Shanghai Drama Institute y luego se trasladó a Japón, donde durante un decenio exploró la utilización de la pólvora en sus dibujos, en un intento de ganar espontaneidad y confrontarla con la presión que sentía por culpa de las controladas tradiciones artísticas y el clima social de China. En 1996, hizo las maletas y se trasladó a Nueva York, desde donde la importancia de su carrera se ha ido multiplicando a velocidad exponencial.

De forma paralela a I want to believe, Cai está desarrollando el proyecto Everything is Museum, donde el socialismo utópico de sus estrategias artísticas promueve el uso del término “proyectos sociales” para describir un tipo de trabajos en los que “el atractivo de la memoria socialista y la idea de la fe absoluta en los valores comunitarios actúan como clave en los procesos, imaginación y narrativa del artista”. Iniciada en el año 2000, esta línea ha creado una serie de Museos de Arte Contemporáneo (MoCA) concebidos como site-specifics arraigados en los espacios cotidianos de la comunidad y que utilizan estructuras no habituales para el arte –como búnkers militares– para hacer exposiciones de corte contemporáneo. Cai ya ha abierto tres MoCA, en Japón, Italia y la isla taiwanesa de Kinmen, y tiene prevista la inauguración del cuarto, en China, antes del final de este año.

Este programa se complementa con una acción educativa en la que se promueve que los niños piensen en el museo como un elemento vivo y cercano, facilitándoles que participen en un concurso creativo e ideen nuevos contenedores expositivos, como el museo hecho de chicle concebido por un chico neoyorkino. La intención del artista es utilizar el “fuerte departamento de Educación del Guggenheim de Bilbao, para incluir estas series durante el tiempo de la exposición” y estimular la imaginación de los más pequeños y su relación con el arte.

El objetivo final es que aprendan a valorar desde su infancia el hecho cultural como un valor añadido a sus vidas, con capacidad para enriquecerla, abrir nuevos horizontes a su pensamiento, e incluso transformar su realidad más cercana.