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La cara más conservadora de Brasil emergió en la campaña para suceder a Lula

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La cara más conservadora de la sociedad brasileña emergió en la campaña para la segunda vuelta electoral del domingo 31, en la que la religión, la homosexualidad y el aborto sembraron las mayores polémicas entre los candidatos presidenciales Dilma Rousseff y José Serra.

Junto con asuntos asociados a la vocación religiosa de la enorme mayoría de los brasileños, la campaña estuvo marcada por virulentos y mutuos ataques verbales, que abarcaron desde la corrupción hasta acusaciones y descalificaciones personales.

Rousseff, candidata del Partido de los Trabajadores (PT), que lidera el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, fue blanco de rumores sobre su supuesta intención de legalizar el aborto y el matrimonio entre homosexuales, que inquietaron a las influyentes iglesias católica y evangélica.

A los rumores se unieron panfletos sobre el asunto distribuidos en las iglesias y la campaña de Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), no dudó en incluir el tema en el debate electoral.

En un país en que el 74% de la población dice ser católica y otro 15% se declara evangélica, la discusión caló profundamente y llegó a los templos, donde muchos sacerdotes instaron a sus fieles a ser "consecuentes" con sus creencias a la hora de votar.

Para contrarrestar el efecto en las encuestas, en las que llegó a perder hasta cinco puntos porcentuales, Rousseff difundió un documento en el que ratificó su condición de "cristiana" en "favor de la vida" y se comprometió a no alterar las leyes que prohíben el aborto y el matrimonio entre homosexuales.

El PT contraatacó y se aprovechó de rumores según los cuales la chilena Mónica Allende, esposa de Serra, se habría sometido a un aborto en su juventud, para pedirle explicaciones al candidato del PSDB, quien lo negó tajantemente y condenó las especulaciones.

"Esto demuestra el carácter conservador de la mayoría de los brasileños", declaró a Efe el analista político Ricardo Caldas, de la Universidad de Brasilia, aunque consideró que tanto Rousseff como Serra lograron minimizar el asunto en los últimos días de campaña.

De hecho, la religión dominó el debate en el tramo previo a la primera vuelta del pasado día 3, que Rousseff ganó con un 46,9% de los votos, frente al 32,6% de Serra.

Encuestadoras que pronosticaban que la candidata del PT ganaría en la primera vuelta con más del 50%, con lo cual no sería necesaria una segunda, atribuyeron la caída sufrida por Rousseff precisamente al peso de la cuestión religiosa.

Sin embargo, en el inicio de la campaña para la segunda vuelta Rousseff recuperó apoyo y los sondeos le atribuyen una intención de voto superior al 50%, frente al 40% de Serra.

Tras dejar de lado las espinosas cuestiones religiosas, ambos candidatos optaron por agresivas descalificaciones personales que caldearon la campaña y tuvieron reflejo en la calle.

Las referencias a la corrupción estuvieron más en boca de Serra, quien intentó sacar provecho de un asunto de tráfico de influencias que en medio de la campaña obligó a la renuncia de Erenice Guerra, estrecha colaboradora de Rousseff que desde marzo había sustituido a la candidata en el cargo de ministra de la Presidencia.

Serra llegó a ser agredido por militantes del PT que le arrojaron diversos objetos durante una marcha en Río de Janeiro y que, según un médico que le atendió, le causaron un leve traumatismo.

Las imágenes de ese incidente sólo registraron el momento en que el candidato del PSDB era alcanzado en la cabeza por una inofensiva bolita de papel, lo que le valió a Rousseff, y sobre todo a Lula, para acusar a Serra de montar "una farsa".

Lula, que ya había tildado a Serra de "irresponsable" por sus propuestas económicas, se metió de lleno en el debate y afirmó que la supuesta agresión al opositor era "una mentira descarada", por la que el candidato "debería pedirle disculpas al pueblo".

Tanto la oposición como la prensa pusieron el grito en el cielo y cargaron contra Lula, al que acusaron de poner el aparato estatal al servicio de Rousseff y de mantener un papel "totalmente reñido" con la figura del jefe de Estado.

Pese a las críticas, Lula se mantuvo en campaña y apareció casi todos los días junto a Rousseff en televisión y en mítines.

La popularidad de Lula (superior al 80%), el carisma de un mandatario metido de lleno en campaña y las mejoras sociales que experimentó Brasil en los últimos ocho años, suponen los mayores obstáculos en la carrera de Serra por convertirse en presidente, según dijo a Efe el analista Carlos Lopes, de la firma Santafé Ideas.