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Culpables por la cara

Ser feo es una faena, pero tener cara de malo puede ser muy peligroso

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Ser feo es una faena, pero tener cara de malo puede ser muy peligroso. Y aún más si, además, te pareces a un delincuente de verdad. La historia de la Justicia española está salpicada de casos en los que un inocente deja de serlo por un esa cara me suena de un testigo mal fisonomista. Que se lo pregunten a Rafael Ricardi, un gaditano que se ha pasado 13 años entre rejas simplemente por ser bajito, un poco barrigón y bizco como el violador que asaltó a una chica en 1995. A Ricardi le acusaron de aquel delito porque la víctima creyó reconocerlo como su agresor tanto entre las seis fotos de sospechosos que le presentaron en comisaría como en una posterior rueda de reconocimiento. No fue difícil que se equivocara. Era el único estrábico, el defecto visual que más recordaba la joven de su agresor.

Hasta el pasado año, este gaditano no volvió a pisar la calle, y ello pese a que las pruebas de ADN habían revelado bastantes años antes que el semen que se encontró en el lugar de los hechos era de cualquiera menos de él. Más tiempo ha tenido que pasar para que el Supremo anulara la injusta sentencia que le condenó. Lo hizo el pasado mes de julio. Ya se sabe. A la Justicia no le tiembla la mano para condenar, pero reconocer un error y enmendarlo es otra cosa. ¿Qué se puede esperar de una institución que se representa a sí misma con una figura humana que tiene un ojo tapado y que denomina a sus decisiones fallo?

También por la cara fueron condenados Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouch, dos marroquíes a los que acusaron de una cadena de violaciones que habían cometidos otros. El ADN demostró que, al menos, una de ellas no la habían cometido, pero la falta de muestras en los otros casos impidió que fueran exculpados del resto. Finalmente, la Justicia reconoció que el sorprendente parecido de Tommouch con el verdadero agresor que fue detenido y con el que llegó a compartir cárcel había facilitado el error por el que fueron condenados a decenas de años de cárcel. Un mea culpa que llegó tarde para Mounib, que falleció en prisión en 2000, y que no evitó que Tommouhi se chupase 14 años, diez meses y cinco días en la cárcel.

A Francisco Javier García también su cara le llevó a prisión en 1999. Un niño de 9 años le reconoció como su agresor sexual, y los jueces no dudaron en enviarle a la cárcel. Allí estuvo cinco años hasta que su mujer consiguió encontrar dos testigos que acreditaron que el supuesto violador se encontraba en su puesto de trabajo, en una academia de informática, cuando se produjo la agresión. La cruz del abogado orensano José Manuel Rodríguez Díaz fue que tenía un doble que se dedicaba a atracar bancos. En 1997 lo detuvieron por primera vez. Lo volvieron a cazar al año siguiente. Y en 2000. Todos los empleados de las sucursales asaltadas le identificaba y, en algún caso, temblaban al ver su cara en los reconocimientos. Él presentaba coartada tras coartada, pero las acusaciones se iban acumulando en su contra. Hasta quince atracos le adjudicaron Policía y Guardia Civil en una demostración de buen ojo policial. Tuvo que esperar hasta 2003, cuando cayó el verdadero atracador, para recuperar su inocencia por la cara.