Publicado: 09.10.2014 16:14 |Actualizado: 09.10.2014 16:14

Una enfermera que atendió a Teresa, la infectada por ébola: "No voy a besar a mis hijos en 20 días"

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Es enfermera, lleva diez años trabajando en el Hospital Carlos III de Madrid tras haber pasado antes por el de La Paz y, hasta el pasado agosto, jamás había pisado una unidad especializada en enfermedades infecciosas. Ella -que prefiere no dar su nombre por miedo a las consecuencias que pueda tener su testimonio- formó parte del equipo médico que atendió al sacerdote Miguel Pajares (el primer repatriado desde Liberia). Ahora se ocupa también de Teresa Romero, la primera infectada por ébola fuera de África. Y tiene miedo, mucho miedo. Tanto, que ha extremado las precauciones de su día a día, hasta el punto de no querer besar a sus niños, "por lo que pueda pasar"...

"No se está haciendo nada. Tenemos exactamente el mismo traje y el mismo protocolo y ahora mucho menos personal. En mi última guardia estábamos tres enfermeros para cinco aislados, por lo que el tiempo de exposición de los pringaos que moralmente no nos atrevemos a negarnos es mucho mayor", denuncia. De hecho, lamenta también que, ante la falta de manos, se esté contratando a personal eventual para cubrir las bajas de quienes se niegan a atender a los aislados por miedo al contagio. "¿Crees que un eventual va a estar preparado para esto? ¡Si muchos han terminado la carrera en junio!", critica.

Ella, que tampoco tenía experiencia en este tipo de casos, jamás pensó en abandonar. Al menos, hasta ahora. "Me vi puesta en una lista y asumí que tenía que entrar. Ni se me pasó por la cabeza decir que no", dice, recordando el momento en que supo que tenía que atender a Pajares. "Aunque ahora ya es para pensárselo", apostilla. "Porque quién me dice a mí, después de lo que le ha pasado a Teresa, que ese traje me protege?", se pregunta.

Las irregularidades detectadas por esta trabajadora no se quedan sólo en la indumentaria. "Seguimos con trajes de nivel dos, cuando tenían que ser de nivel cuatro, los guantes, las calzas y las gafas no son las que tendríamos que llevar y nos desvestimos sin que nadie nos los descontamine. La esclusa donde nos cambiamos en un cubículo mínimo donde casi es imposible no tocar con los codos las paredes y la única supervisión que tenemos es la que nos hacemos unos compañeros a otros", relata. "¡Hasta en África descontaminan los trajes antes de quitárselos para minimizar el riesgo; están más preparados allí que aquí!", exclama.

Lo mismo ocurrió con la formación inicial que recibió. "Yo, antes, no había visto el traje ni en la televisión", ironiza tras explicar que toda su vida profesional la ha pasado en unidades de hospitalización normal, nunca en algo que precise tanta especialización como un virus letal. "Los que mejor me han enseñado a prepararme han sido mis compañeros", sentencia, tras confirmar que apenas se les dio un curso de 15 minutos para formarlos. "No estábamos preparados. Y no lo estamos aún", sentencia.

"No estábamos preparados. Y no lo estamos aún" Además -denuncia- Consejería y Ministerio "mienten" al afirmar que se activado un protocolo de supervisión a todos los que hayan estado en contacto con infectados. "Sabiendo lo que ha pasado nadie nos ha hecho pruebas. Estamos cada uno en su casa, con sus familias y con el termómetro dos veces al día; nada más. A ninguno, tampoco a mis compañeros que estuvieron con Manuel García Viejo (el segundo sacerdote repatriado desde Sierra Leona y con quien se infectó Teresa), se les ha hecho analíticas ni nada", asegura. "Tú te registras en un libro en el que especificas tu nombre, tu número de teléfono y el tiempo que has permanecido en la habitación. A los 20 días te llaman de Riesgos Laborales de La Paz y ese es todo el control que tenemos", agrega.

Y no le sirve que la Consejería haya rebajado a  "décimas" la fiebre necesaria para que un caso se convierta en sospechoso de riesgo, que hasta ahora estaba en 38,6. "¿Ahora? ¿Ahora rebajan la fiebre? ¡Si no saben ni controlarla!", exclama. "La controlan mejor en África que aquí porque la sintomatología es tan vaga que hay que no se puede poner un marcador común; hay que individualizar. Yo, por ejemplo, con 37,5 estoy que me muero", especifica. Y reflexiona: "Si es que somos el hazmerreír del mundo..."

Por ello, aunque no se explica algunas actitudes de Teresa, también arremete con quienes ya la han sentenciado como culpable. "¡Es una profesional que estaba haciendo su trabajo; no se la puede crucificar por ello!", reclama. Y exige tanto al consejero, Javier Rodríguez, como a la ministra, Ana Mato, "que manden ya los equipos buenos... ¡Que manden a los militares o a quienes estén de verdad especializados para atender una crisis así!", pide con indignación y enfado.

"No es fácil ver morir a una compañera"

Y es que esta enfermera querría no tener que seguir perteneciendo al equipo ébola. Primero, por miedo. Segundo, porque la histeria que el goteo de posibles casos ha despertado en la sociedad le está pasando factura. "Yo creo que mis vecinos tiran lejía en el portal cuando salgo por la puerta", bromea. Pero, al otro lado de la línea telefónica, su voz se entrecorta cuando habla de sus hijos. "Vuelven del colegio diciéndome que los niños no quieren acercarse a ellos porque su madre trabaja en el Carlos III", lamenta.

Y se viene abajo de sólo pensar en la posibilidad de que pueda estar infectada. "Yo sé cómo trabajo, sé cómo me pongo y me quito el traje, sé que mis compañeros me controlan. Sigo el protocolo, me lo sé de memoria, pero, ¿quién me asegura que si ella lo cogió no puedo cogerlo yo?", insiste.  Y llora. Llora cuando, sola en casa, descubre sus pensamientos más íntimos: "¿Si estuvieras en mi lugar no pensarías que puedes tenerlo, que puedes haberte contagiado?"

Por ello, ha puesto ya la tirita antes de la herida. Aunque el remedio sea peor que la enfermedad. "Tengo un vaso ahora mismo que luego limpiaré con lejía, me he apartado mis cubiertos, mi toalla, todo. Y no voy a besar a mis hijos en los próximos 20 días", confiesa entre sollozos.

Sin embargo, su batalla interna entre el miedo a la exposición y su profesionalidad todavía no la ha ganado el primero. Y no porque su sueldo ayude a equilibrar la balanza: "Gano 1.600 euros al mes y ni nos han dado incentivos ni días de descanso que pedimos después de lo de Pajares ni nada de nada".  Pero la vocación puede más. "Teresa está muy malita. Sales tocada y hundida cada vez que la ves porque sabes que la dejas allí y la dejas mal; no es fácil ver morir a una compañera", relata. "También me pasó con Pajares. Me dio mucha pena ver que se murió solo, en una habitación, aislado y que las únicas visitas que tenía eran de marcianos que le rodeábamos y que no podíamos ni darle la mano para darle ánimos", agrega. "Una vez dentro pierdes el sentido, te concentras y haces lo máximo posible por intentar sacarles una sonrisa, o que vean, como malamente puedan detrás de la escafranda, la tuya", prosigue. "Dejamos el miedo dentro y sacamos el valor fuera porque, si no, ¿qué le queda a Teresa? ¿Que la dejemos tirada?", se cuestiona. "No es fácil, pero yo voy a seguir", concluye.


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