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Enología subterránea

Las bodegas excavadas en cuevas de Valdevimbre, en León, muestran la gastronomía y el vino de la zona.

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Dicen los vecinos de Valdevimbre, pueblo de unos 1.000 habitantes situado en el páramo leónes, a poco más de 20 kilómetros de la capital de la provincia, que allí la vida transcurre a dos niveles: el superior es el terreno del trabajo; el inferior, el de los placeres. Esta poética descripción de la rutina es, en realidad, literal.

En la fértil campiña de viñedos expuestos al sol se aprecian unos abultados montículos coronados por ventanucos, unas cavidades que realizaron sus antepasados aprovechando los desniveles del terreno y en cuyo interior se almacena y consume el vino autóctono de la zona, con la joven y existosa Denominación de Origen Tierras de León, elaborado con la afamada uva tinta Pietro Picudo.

Estas cuevas excavadas en la tierra, como queso gruyer, han servido de bodegas desde hace más de 800 años. Hoy, algunas de las 400 que se esconden bajo el suelo de Valdevimbre han sido reconvertidas en restaurantes laberínticos con bóvedas y arcos en barro, donde se pueden degustar las especialidades de la zona, como la tortilla guisada, la parrillada de carne, los embutidos de León, el lechazo asado o el bacalao. Platos acompañados, cómo no, del vino que guardan en sus bodegas. Los pasadizos subterráneos conducen hasta recovecos donde han colocado mesitas iluminadas tenuemente y decorado con prensas, cubas, tinajas y todo tipo de utensilios necesarios en el proceso de elaboración del vino, cuyo secreto está las condiciones climatológicas de las cuevas.

Antes de sentarse a la mesa, objetivo principal de todo turista, es interesante sin embargo visitar los viñedos de la zona donde explican las peculiaridades de la variedad de uva tinta Pietro Picudo, con la que se produce un vino exclusivo en la provincia de León, el vino de aguja. Las bajas temperaturas de las cuevas y el madreado o madreo, técnica vinícola que consiste en agregar uvas o racimos enteros durante el proceso de fermentación, han permitido elaborar tradicionalemente -y aún hoy- vinos rosados y claretes ligeros y afrutados, aunque la tendencia actual es producir crianzas con el característico color rubí de la Pietro Picudo y la variedad Mencía. También se puede entrar en el Centro de Interpretación del Vino, donde se conserva la antigua maquinaria con la que se producía el vino en el pasado.

Si la visita se programa alrededor del día 10 de agosto, día de su patrón, San Lorenzo, coincidirá con las Fiestas del Vino, festejo regado con los caldos de la región donde es tradición probar el potente bocadillo de chorizo cocido, cómo no, al vino.


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