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Un espejismo en el mar de Andamán

Al sur de Tailandia, en la costa occidental, aparecen las islas de Phi Phi. Un paisaje de farallones que surgen directamente del mar, playas de ensueño y una oferta hotelera variada la convierten en un destino espectacular.

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El barco recorre la bahía de Phang Nga, protegida de las tormentas del mar de Andamán por la gran isla de Phuket. La travesía, en un día radiante de invierno, es ya una fiesta para los sentidos: sol, aire limpio, el agua de un improbable color turquesa. Y lo mejor es saber que al final del viaje espera lo más parecido a un espejismo real, las islas Phi Phi, dos de los joyas que jalonan el litoral sur de Tailandia.

Al cabo de un par de horas aparece su silueta en el horizonte, y poco a poco empiezan a aparecer las formas y los detalles que parecen salir de un sueño. Son precipicios de piedra caliza que se hunden en el mar. En el menor resquicio de estas paredes verticales se afirma una vegetación enmarañada. Sin embargo, a pocos metros de estos farallones el perfil de la isla se dulcifica y las lomas se cubren de un espeso terciopelo verde. Un trazo blanco, en la orilla, es la promesa de una playa acogedora.

Los chao ley -las 'gentes del mar', los habitantes de esta zona- dicen que las islas de la bahía de Phang Nga se formaron como consecuencia de las aventuras del príncipe Phaya Nak, el Señor de las Aguas, que viajó desde la India hacia Oriente a través del océano en busca de una hermosa princesa que lo esperaba. En el camino luchó contra un ejército de gigantes a los que arrojaba al mar, donde quedaban petrificados. Un mito de origen hindú que ha sido asimilado por las poblaciones budistas y musulmanas de la zona.

El barco llega a la isla de Phi Phi Don y atraca en el muelle de Ao Don Sai, junto a una larga playa. A la izquierda, los precipicios de más de 300 metros de altura brotan directamente de las aguas, farallones grisáceos que contrastan con el azul luminoso del mar. A la derecha, las pendientes son más suaves, y todo se cubre de bosque tropical. Parecen dos islas diferentes, y casi lo son ya que ambas mitades están unidas por una estrecha lengua de arena de apenas un kilómetro de anchura. Sus habitantes, de hecho, hablan de las dos partes como islas diferentes: Koh Nawk ('isla Exterior'), en la parte occidental, y Koh Nai ('isla Interior'), en la oriental. Koh Nawk es tan agreste que está deshabitada.

Phi Phi Don es un pequeño paraíso, un destino para los que recorren el sur tailandés. Pero todos quieren ir a la otra isla, Phi Phi Leh, que también está deshabitada. Para llegar allí hay que alquilar una lancha y cruzar el estrecho brazo de mar que la separa de Phi Phi Don. Al acercarse parece una fortaleza rocosa de altas murallas que caen a pico. Un lugar hermoso y extraño. En sus cuevas anidan los vencejos, y desde hace siglos los chao ley acuden durante unos meses al año a recoger los nidos, que son una de las delicias de la gastronomía china. Para ello deben escalar a grandes alturas por lianas y estructuras de bambú. Arriesgan la vida, pero los tesoros que consiguen alcanzan precios altísimos.

La lancha continúa su recorrido y en un momento entra por un desfiladero y se llega a una laguna que no era posible sospechar que existiera. Parece un espejismo: una playa al borde del agua, rodeada de precipicios. Es el momento de ponerse las gafas y las aletas y saltar al agua. El espectáculo continúa aquí abajo, donde se nada entre grupos de peces de todos los colores.



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