Publicado: 17.03.2013 07:00 |Actualizado: 25.11.2016 03:05

Marcos Ana: "Hay que calentar la calle y gestar una revuelta popular"

El poeta comunista, que sufrió durante dos décadas las cárceles de Franco, cree que España está siendo gobernada realmente por el capital: "El PP es sólo su instrumento"

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El poeta represaliado Marcos Ana.

El poeta represaliado Marcos Ana, en el salón de su casa de Madrid. / ARCHIVO PERSONAL

Hay un retrato del Che que recibe, libros como líquenes que forran las estanterías y una voz de poeta que consagra el salón. En él, Marcos Ana, el preso político con más callo del franquismo, rememora a sus 93 años una vida de película. Aún lampiño, dejó atrás su casa para ponerle coto al fascismo, pero terminó siendo detenido al poco. Salió en libertad más de dos décadas después, virgen y mártir. Lo cuenta todo en sus memorias, Decidme cómo es un árbol.

Cuatro nombres hay en su buzón: el de su hijo, el de la madre de éste y los dos suyos. Fernando Macarro, que es como verdaderamente se llama, parece un nombre artístico.

Pero Marcos Ana tiene la fuerza emocional de que son mis padres: Marcos y Ana. Como los dos desaparecieron en circunstancias un poco especiales (a él lo mató la aviación durante la guerra), así voy con mis padres a cuestas, ¿no?

¿Alguien se dirige a usted por Fernando?

Poca gente. Hasta mis sobrinos me llaman Marcos. Por cierto, mi apellido, Macarro, viene de unos celtas que se aposentaron en la zona de Zamora y Salamanca. Eran irlandeses, los MacArrow, o sea, la familia de los flechas.

Vivimos en una sociedad superlativa (híper, mega, extra...) apegada a la marca, al hito. Usted atesora un peculiar y sufrido récord: 23 años entre rejas durante el franquismo, el preso más antiguo de la dictadura.

Estaba condenado a sesenta años, pero un decreto me permitió salir en 1961.

Dicen algunos de los que han pasado por ella que de la cárcel sale uno enseñado en las artes del delito. En su caso, ¿qué aprendió en ese tiempo?

Fue una universidad. Aunque parezca increíble, no tenía tiempo para nada, hasta tal punto que me presenté como voluntario para hacer la última imaginaria y así poder escribir y trabajar. La cárcel era como un estado dentro del estado. Había clases clandestinas de todo tipo, incluso una de libertos: cuando a un preso de confianza le faltaba poco para salir en libertad, dejaba los cursos normales y le pasaban a estos, que eran impartidos por profesores que habían caído y tenían experiencia en la vida clandestina. Esa gente le enseñaba los procedimientos de seguridad y el comportamiento ante la policía si eran detenidos, entre otras muchas cosas, antes de incorporarse a la lucha en el exterior.

Hay quien en la cárcel se hace abogado. Usted, en cambio, se hizo escritor. Poeta.

(Risas) Bueno, dicen que los poetas no se hacen sino que nacen. Yo era hijo de padres analfabetos y no tenía estudios. Le debo a la cárcel haberme formado como ser humano. Aprendí de la fraternidad y la solidaridad.

Dentro habrá hecho sus mejores amigos.

Claro.

¿Por ejemplo?

Muchos. Siempre me acuerdo de Luciano Sádaba, un chico que estaba en Cuba y, a los quince días de casarse con Zoila Ambou, fue enviado por el partido a luchar en España. Una barbaridad, pero se respondía siempre con esa mística revolucionaria y, de hecho, él decía: "Estoy muy contento de haber sido el elegido". Lo detuvieron y lo mataron. Siempre llevaba consigo una piedrecita que le había dado su mujer al despedirse. Cuando lo llamaron para fusilarlo, me entregó su reloj y su pluma estilográfica. Le pregunté si me iba a dar también el amuleto y él respondió: "No, la piedra morirá conmigo".

Su amigo dejó un amor antes de entrar en prisión. Usted tuvo que dejarla para conocer el amor. Incluso a una mujer...

Cuando salí de la cárcel, virgen y mártir, lo más difícil fue el proceso de adaptación a la vida, pero también el proceso de adaptación a las mujeres. Veía a una y me iba detrás de ella, como un perrito, hasta que desaparecía en una boca de metro, pero no me atrevía a mirarle a la cara ni mucho menos a hablarle. Físicamente hablando, otro problema fueron los ojos: el nervio óptico se había acostumbrado, durante 23 años, a distancias cortas y verticales. Por eso, cuando salía al campo, que era lo que más deseaba, me mareaba hasta el vómito, porque el ojo no tenía facultades para enfrentarse a los espacios abiertos.

Al principio tenía miedo escénico, pero luego fue cogiendo práctica...

Estando en París, una organización de mujeres me invitó a una reunión, donde me preguntaron qué fue lo que más chocó cuando salí en libertad. Los automóviles y las mujeres, respondí, las dos especies que encontré con  las líneas más cambiadas. Entonces, me dice una mujer: "Atención, muchacho, que son las dos cosas que te pueden atropellar". Y se cumplió, claro, porque me hicieron padre en seguida (risas).

¿Sólo tuvo un hijo?

Sí. Cuando conocí a mi mujer, estaba separada y tenía dos chicos. Por mi mentalidad, no me preocupó y los traté como si fuesen hijos míos. Luego vino el nuestro, Marquitos, y además tuvo dos abortos. No era posible tener otro, teniendo en cuenta las dificultades, incluso económicas, por las que atravesamos viviendo en la clandestinidad. Me hubiera gustado también tener una hija, porque parece ser que ellas se preocupan más por los padres que los chicos, ¿no? Aunque haya hijos buenos, como el mío.

¿Cómo le hubiese llamado?

Violeta o qué se yo. No he pensado en eso.

¿Cree en dios?

No, creía.

¿Hasta cuándo?

Yo, en mi adolescencia, era muy católico y llegué a ser miembro de la organización de San Tarsicio e incluso dirigente de la Juventud Católica en Alcalá de Henares. Fue un proceso muy difícil, pero luego la vida me enseñó que no... Un día fui a un acto político y me quedé extasiado escuchando a Federico Melchor, pues aquel hombre hablaba de mi casa, de mis padres, del mundo del trabajo, del sudor... Empecé a militar a los 16 años, cuando ingresé en las Juventudes Socialistas días antes del 16 de febrero de 1936 [terceras y últimas elecciones generales de la Segunda República, que dieron el triunfo a la coalición de izquierdas Frente Popular].

Asistimos con indignación al uso de niños soldados en guerras que nos quedan lejos. Usted, con 16 años, ya estaba batallando en la sierra de Madrid...

Claro. Y no sólo eso: las Juventudes Socialistas Unificadas creamos dos divisiones de voluntarios, formadas por jóvenes que no tenían edad para ser movilizados. Luego Prieto, que era ministro de la Guerra, no permitió que combatiesen unos imberbes menores de edad. A veces, cuando estábamos acuartelados, llegaban algunos padres y se llevaban a sus hijos dándoles capones y tirándoles de las orejas (risas).

¿Manda más un padre o un oficial?

Son obediencias diferentes. Tú padre es tu padre, aunque a veces esté en contra de tus ideas o piense que tu sacrificio es inútil. No vas a maldecirle porque no entienda qué es la vida ni la lucha.

Cuando comenzó a militar, ¿sus padres entendieron...?

Es que eran prácticamente analfabetos. Mi padre fue un campesino sin tierra que no sabía nada. Al pobre sólo le preocupaba que su hijo llegase a casa con una pistola...

¿Por eso mismo podía temer que le pasase algo?

En las elecciones del 16 de febrero del 36, mis padres estaban bajo la influencia de los dueños de la huerta en la que trabajaban, quienes les dieron unas papeletas de la CEDA. Yo, como es natural, les entregué otras y les dije: "Votad al Frente Popular, porque es lo que vuestro hijo está defendiendo". Cuando a mi padre lo mató la aviación nazi, mi madre me contó cómo habían resuelto el voto: "Como no estábamos seguros, después de una noche de insomnio pensando a quién apoyar, decidimos que uno votaría por las izquierdas y otro por las derechas". Lo hicieron así para curarse en salud (risas).

El régimen franquista le atribuyó el asesinato de tres personas, pero en sus memorias comenta que en los pueblos era habitual era "imputar a los dirigentes más conocidos la responsabilidad de todo lo ocurrido".

Al principio, en nuestro campo también se cometieron muchas atrocidades. Aunque no se pueda justificar pero sí entender, las pasiones desatadas por la indignación que produjo la sublevación contra la República provocaron que muchos tomaran la justicia por su mano. Eso duró muy poco, unos meses, hasta que el Gobierno lo frenó. No pueden compararse ambos bandos, porque en el nacional se estuvo matando durante cuarenta años.

¿Cree que si ganasen los republicanos habría habido la misma represión posterior?

No, porque somos diferentes y capaces de perder la vida por defender un ideal, pero matar fríamente y martirizar a la gente no cabe en nuestra formación, en nuestra ideología ni en nuestra forma de ser. Aunque siempre puede haber un desalmado que lo haga.

¿Fue el Gobierno quien de frenar ciertos desmanes antes del alzamiento? ¿Se le escapó a la República de las manos la propia República?

En gran medida, sí. Sobre todo, porque las pasiones estaban muy desatadas por la indignación que produjo la sublevación contra la República.

Me refiero al caldo de cultivo previo al alzamiento.

Yo militaba entonces en las Juventudes Socialistas, repartía periódicos y no éramos así. No queríamos eso.

 ¿No hay justificación posible...?

No. He leído muchas veces que todos fuimos culpables de la guerra. Eso no es verdad. A nosotros no nos interesaba sino que nos perjudicaba.

¿Cuando dice nosotros a quiénes se refiere?

A la izquierda en general. El Frente Popular había ganado las elecciones y no nos interesaba esa guerra. Fueron ellos quienes recurrieron a los cuarteles para cerrar a sangre y fuego el proceso democrático y social que se había abierto en España con el triunfo del Frente Popular.

¿Llegó a combatir entre los 16 y los 19 años, cuando ingresó en prisión?

Cómo no. Estuve en Peguerinos.

¿Mató a alguien?

Eso no se sabe. Eso no se puede saber porque... (risas). Estabas en un búnker con troneras y disparabas por ellas. Pues alguna vez podrías haber matado a alguien, no sé. Lo que no he matado nunca es fríamente. Eso de que maté es mentira. Lo que pasa es que en los pueblos siempre le achacaban los muertos a los dirigentes y yo era un chaval muy conocido en Alcalá de Henares. Me acusaron de muchas cosas que no había hecho. La prueba es que por lo que me acusaron a mí mataron a veintitantos.

¿Y perdieron la guerra porque...?

Hubo una capitulación. Gente que se entregó como Casado, Besteiro... Teníamos fuerza para haber resistido. Uno de los errores que históricamente se reconocen es que, si hubiésemos aguantado tres o cuatro meses más, el panorama habría cambiado por completo, puesto que la Segunda Guerra Mundial estaba al caer. España era un buen punto de aterrizaje y desembarco de los aliados, de los que formaríamos parte. Si lo analizas fríamente, la Guerra Civil no nos interesaba, pese a lo que digan los falsificadores de la historia. Como tampoco nos convenía que alguien se tomase la justicia por su mano en nuestra zona, porque eso desprestigiaba a la República internacionalmente. Y luchamos contra eso... Yo era miembro del Frente Popular en Alcalá y cuando nos avisaban de que había gente que quería quemar una iglesia, íbamos hasta allí para tratar de impedirlo.

Hubo otra espera: los aliados se proclaman vencedores, pero la democracia sigue sin llegar.

La socialdemocracia europea nos traicionó dos veces.

Y el PCE también rechaza el intento de reconquistar España por parte de los maquis y los exiliados.

No tenía sentido, aquello era una aventura.

Usted, que ha escrito poesía de trinchera, ¿cree que todo verso debe tener una intención o carga ideológica?

No es obligatorio. ¿Por qué? Una persona enamorada puede escribir sobre los ojos o el cabello de su amada, pero hace falta también una poesía de combate, que coadyuve a la lucha por la libertad. Qué cosa más hermosa que la libertad, ¿no? Ya decía Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro.

¿Qué hiere más: el corazón o la bala?

Hay que tener corazón para disparar y para todo. Pero aunque una bala acabe con la vida de un ser humano, no puede ganar conciencias, que es lo que importa.

¿Qué fue de la película que quería hacer Almodóvar sobre su vida?

La tiene en cartera y, además, posee los derechos. Como dijo en Cannes, es la historia de un hombre bueno (risas). Me comenta Lola, su secretaria, que tiene el libro lleno de acotaciones, pero lo que pasa es que trabaja muy lentamente...

¿A qué actor ve interpretándole?

Me gustaría que fuese Juan Diego Botto.

De joven, ¿pero de mayor?

No lo he pensado, porque a Almodóvar le interesa el primer amor de Marcos Ana y esas cosas.

La prostituta que le desvirgó...

Eso.

Tras conocer su historia de virgen y mártir, no le cobró.

(Risas) Fue una lección muy bonita. Vio que tartamudeaba y me dijo que no me preocupase, que yo no tenía que hacer nada. Le comenté que era un preso político que acababa de salir de la cárcel y que estaba con una mujer por primera vez. Entonces, cambió por completo y dejó de ser una prostituta para ser una mujer enternecida por mi vida. Cenamos juntos, lloraba cuando le contaba lo que había vivido, me cogía de la mano y la besaba... Luego nos acercamos a un hotel de la calle Echegaray e hice el amor por primera vez.

Todo Almodóvar es España, pero no toda España es Almodóvar, ¿no cree?

Por supuesto. No vi la última, pero algunas películas suyas me gustan y otras no.

¿Qué le faltó, además de las mujeres, durante su estancia en prisión?

Los espacios. Como digo en un poema: Mi vida os la puedo contar en dos palabras: un patio y un trocito de cielo por donde a veces pasan una nube perdida y algún pájaro huyendo de sus alas. La vida era eso: dos pájaros haciendo el amor desvergonzadamente en un torreón frente a nosotros.

Digamos que usted era un miope y necesitaba las gafas de la libertad, ¿no?

Sí, claro (risas). Y cuando salí, en vez de refugiarme en mi familia y desquitarme del tiempo perdido, inmediatamente me puse en marcha: hice una gira internacional y llamé a las puertas del mundo llevando el mensaje de los presos que habían quedado atrás. No podía sentirme libre mientras hubiese un hermano prisionero. Y sigo viajando al Sáhara, a Palestina... Soy un hijo de la solidaridad. Nadie puede sentirse seguro en su pequeña libertad si considera lejana la esclavitud de los demás.

En 1977, fue candidato al Congreso por el PCE, pero no salió elegido. Si hoy, con la edad de entonces, se sentase en un escaño, ¿cuál sería su causa?, ¿qué defendería?, ¿qué le diría al Gobierno del PP?

Defendería a los menesterosos y a los más humildes, no a los poderosos, que es lo que está haciendo este Gobierno.

¿Quién gobierna realmente España?

El capital, porque el PP es sólo su instrumento. Con la particularidad de que el capitalismo siempre deja entreabierta la puerta al fascismo. Cuando no puede gobernar a través de los partidos, utilizando una pseudodemocracia, recurre a la violencia.

Si sólo hubiese dos opciones, PP y UPyD, ¿a quién votaría? ¿Haría como sus padres en el 36?

Al PP no, por supuesto, porque es el más reaccionario.

Y el que eligiese UPyD, ¿a quién estaría votando?

Por lo menos no vota al PP... A ver, dada la situación actual, hay que calentar la calle y crear las condiciones para una revuelta popular.

¿Cree que ha sido insuficiente todo lo ocurrido desde la irrupción del 15-M?

Ha sido positivo, lo que pasa es que no se mantuvo el ritmo y la progresión que era de esperar. Es un ejemplo de las cosas que se pueden hacer.

¿Está siendo el pueblo español demasiado educado, comedido, civilizado...?

Hay gente que está muy desesperada. El índice de suicidios es temeroso; el paro, tremendo y la situación, desoladora.

¿No cree que IU debería haber roto el techo electoral de Anguita en las últimas elecciones?

No basta con tener un carné, ser comunista y acudir a las reuniones. Hay que trabajar a diario en tu barrio, en tu trabajo o en tu universidad. Las asambleas son el principio, no el fin. Luego hay que llevar las ideas a la calle. Yo vivo en un barrio de derechas, pero todo el mundo me conoce y me quiere. Cuando le digo a la gente que soy comunista, me dicen: "Si todos fueran como usted". Pues son como yo o mejores, les respondo, pero tienen la imagen prefabricada que les pintó el franquismo. No hay que encerrarse sino que debemos salir a la calle a pecho descubierto y explicar nuestras ideas.

¿Y cómo terminó en esta calle y en este barrio?

Esta casa es de Teodulfo Lagunero, quien se metió en la política por mí. Nos conocimos en una manifestación del primero de mayo en París, donde me dijo que era de izquierdas, que su padre había estado en la cárcel y que nos podía dar mucho dinero. Yo había fundado el Centro de Información y Solidaridad con España, que estaba en un cuarto del Socorro Popular Francés. Pero él afirmó que debíamos tener un local propio y nos compró una casa inmensa cerca de la Sorbona, donde estuve hasta que regresé en 1976.

¿Y le dejó ésta también?

No, ésta la pago como la pagan los demás vecinos. Cuando vine a España, me tenía preparado un apartamento. Primero en el tercer piso de este edificio y luego, al quedarse éste vacío, Lagunero me dijo que me bajara. Mandó tirarlo todo y lo remodeló según mis necesidades: un salón grande, las alcobas y esas cosas.

Fue una pena que La Voz de la Calle no saliese adelante...

Sí, porque hacía falta y hubiese sido interesante. Él quedó tocado del ala con eso del periódico... Ayer me escribió porque había visto la entrevista que me hizo Cayetana Guillén Cuervo en Versión Española con motivo de la emisión de El verdugo. Criticaba que se quisiese humanizar la figura de un asesino que no tenía problemas de conciencia ni vacilaba a la hora de matar... Cuando yo estaba en la cárcel, los guardianes eran tremendos. La batalla de Stalingrado fue un punto de inflexión, pues se dieron cuenta de que los alemanes iban a perder la guerra. Entonces empezaron a acercarse a nosotros para justificarse y decirnos que eran unos mandados.

¿Cómo habría evolucionado el franquismo si Alemania e Italia hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial?

Se hubiera afianzado más, aunque aquí se estuvo matando hasta 1975... Pensábamos que todo sería distinto tras el triunfo de los aliados, pero Churchill, que era muy vivo, decía que hacía falta un vigía en Occidente... Y ese vigía fue Franco.

Chaves Nogales escribió que los españoles, en la Guerra Civil, fueron cobayas de los totalitarismos.

Había gente que pensaba que la participación de Rusia iba a significar la sovietización de la vida en España, pero creo que la actitud de los soviéticos fue correcta y no pasaron de ahí.

Tampoco se sabe qué hubiese ocurrido si...

El oro de Moscú y todo ese lío. Que si se lo habían quedado ellos y yo qué sé...

¿Dónde está el oro?

No sé (risas). En la Unión Soviética, en Rusia, se han cambiado muchas cosas últimamente, pero yo creo que tiraron al niño con el agua sucia de la bañera. Es decir, con Gorbachov quisieron limpiar la maleza incrustada en los engranajes del partido y del Estado, pero en el proceso también arrojaron al niño. O  sea, a la revolución...

Zapatero: memoria histórica, crucifijos...

La Transición no cambió nada y dejó las cosas como estaban. Siguieron los mismos policías que me torturaron, en el Tribunal Supremo estaba el pasado... La memoria de los vencedores está incluso hoy más viva que la de los vencidos. Aquí no hubo una Revolución de los Claveles ni nada.

Usted no ha olvidado, ¿pero ha perdonado?

No se pueden perdonar los crímenes cometidos, pero tampoco hay que caer en un rencor que no conduce a ninguna parte. La salida tampoco es la venganza. Yo no he luchado para vengarme de nadie. La única venganza a la que aspiro es la de ver un día triunfantes los ideales por los que he luchado y por los que tantos hombres y mujeres de este país perdieron su vida o su libertad.

A usted la guadaña le rozó el costado, pues fue condenado dos veces a muerte, a la que abrazó cada vez que se despedía de un compañero...

Le di el último abrazo a cientos de camaradas que iban a enfrentarse a la última madrugada de su vida.

¿Cuál ha sido su dolor más grande?

A mi padre me lo mataron. Un día iba para casa tras un bombardeo de los Junckers y, en el jardincillo de Atilano de Alcalá, vi que había gente arremolinada entorno a unos muertos. Pensé que podía ser uno de mis hermanos, con el que había estado previamente en el cine, pero cuando enfoqué las botas con la linterna reconocí que eran las de mi padre. Unas botas de campesino. Seguí mirando hacia arriba y ya le vi toda la cabeza partida. Mi madre siempre se sintió culpable de esa muerte, porque le había mandado a comprar carbón. "Estoy cansado, ya iré mañana", le respondió. Pero como ella insistía, él cogió un capacho, se marchó y ya no volvió más. Mi madre nunca se pudo arrancar ese dolor del pecho.

Le decía antes si creía en dios...

Ah, sí. De joven, yo era un socialista convencido, pero por las noches seguía rezando mis oraciones. Un vecino dominico quería pagarme los estudios y que entrase en la orden. Mi hermana Margarita, una mujer muy comprometida políticamente, lo evitó. Poco a poco me fui dando cuenta de que era absurdo sangrar por las rodillas haciendo penitencias en las iglesias. Lo que había que hacer era cambiar este mundo.

Se lo decía porque es como si, en compensación por el tiempo perdido en la cárcel, le estuviesen concediendo muchos años más, todo este presente, una larga vida...

Como dijo Primo Levi al salir del campo de concentración: "Existe Auschwitz, por lo tanto no puede existir Dios".

Usted se convirtió en un eurocomunista porque el comunismo real...

Cometieron muchos errores y era, hasta cierto punto, una dictadura. Es necesario un socialismo con un rostro nuevo, más humano. Antes parecía que todos los comunistas estaban estreñidos. Isaac Rosa, en Decidme cómo es un comunista, me describe como una persona abierta que respeta las ideas de los demás, porque yo no soy un comunista de cuartel. Independientemente de que siga siendo una utopía, ¿usted me puede ofrecer algo mejor? El comunismo es un ideal hermoso.

¿Cuál es el legado de Hugo Chávez?

Ha sido un buen gobernante y el pueblo lo está demostrando.

¿Fidel Castro?

No sé. Es distinto, no tiene la aureola de Chávez. Sobre todo porque la Revolución Cubana ha sido muy machacada durante años. Yo he estado bastantes veces allí y en el Pabellón de los Pueblos hay una frase mía: "Es más fácil morir por Cuba que vivir sin ella". Ellos tienen sus defectos, como todo ser humano. Aunque quieras ser justo, nunca lo eres del todo.

¿Llegó a pensar que viviría una Tercera República?

Ojalá fuese así, ¿no? Pero no debería ser una República sin contenido, sino una República que heredase las esencias de la anterior. Para aquellos tiempos, era un sistema avanzado en su Constitución, en sus leyes y en todo. Sería hermosísimo retomar aquello y darle continuidad.

¿La verá su hijo?

No lo sé. La verá mi hijo o los hijos de mi hijo... Las corrientes históricas son incontenibles, pero un cambio de fondo revolucionario no se produce en un pispás, sino que necesita madurez. Continuar adelante es una eterna lucha. Resulta difícil, sin embargo no existe otro camino: este mundo no es justo y hay que cambiarlo.

Después de todo esto, ¿qué?

Lo más importante en la vida es estar conforme con uno mismo. Yo, a pesar de lo que he tenido que pasar, estoy conforme con mi vida.

Ha sido feliz.

Sí, claro que soy feliz. Además, he aprendido a ser feliz en la felicidad de los demás. Es fundamental tener un espíritu fraternal y no pensar que tu pellejo es el perímetro del mundo. Mi lema: "Vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo". Si sólo piensas en ti, no puede haber una felicidad completa. Basta salir a la calle y ver la desgracia de los otros.

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