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La mujer de Darwin no creyó nunca en la evolución de las especies

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Charles Darwin nunca convenció a su esposa, Emma, sobre su teoría acerca del origen de las especies, que en 2009 cumple 150 años de su publicación, lo que explicaría que el investigador tardara años en sacarla a la luz, posiblemente por las reticencias religiosas de su mujer, según la bióloga Mercè Piqueras.

La idea de una evolución de las especies por una selección natural, sin intervención divina, no era del agrado de Emma Darwin, de soltera Wedgwood, quien, a pesar de ser una mujer cultivada desde el punto de visto clásico -tocaba el piano, hablaba varios idiomas, había viajado por Europa e incluso le gustaba hablar de política- mantuvo siempre sus profundas creencias cristianas y sufrió por el escepticismo de su marido.

Según sugiere Piqueras, presidenta de la Asociación Catalana de Comunicación Científica (ACCC), si el matrimonio Darwin viviera hoy en día, Charles se subiría con agrado en el autobús que exhibe la polémica campaña publicitaria que pone en duda la existencia de Dios, mientras que Emma viajaría más tranquila en el vehículo con el eslogan teista promovido por E-Cristians.

La bióloga, que esta semana ha ofrecido en Barcelona una charla sobre la "influencia" de la señora Darwin, en un ciclo organizado por el Instituto de Estudios Catalanes, ha explicado a Efe que, no obstante, la fe de Emma nunca fue un obstáculo para que este matrimonio victoriano funcionase sin casi fricciones.

La figura de Emma Wedgwood (1808-1896) ha sido el eje de varias biografías (como las de Edna Healy o Debora Heiligman) donde sobre todo se muestra la faceta más doméstica de esta mujer, que según Piqueras sería un perfecto personaje de una obra de Jane Austen, ya que no se limitó al papel del "descanso del guerrero", el genial Darwin de quien en 2009 se cumple doscientos años de su nacimiento.

La boda de Charles y Emma, que eran primos y se conocían desde niños, no sorprendió a nadie en sus respectivas familias, cuando en 1839 deciden unir sus vidas, dos años después de que el científico regresara de su largo viaje por Sudamérica (1831-1836) a bordo de la fragata Beagle, la expedición en la que recopiló los datos que le permitieron desarrollar sus cuadernos sobre la transmutación de las especies.

Los Darwin se instalan entonces en Down, en el condado de Kent, al sur de Londres, donde el naturalista, que regresó muy mermado de salud tras su prolijo viaje, se dedica al estudio, es visitado por amigos y recibe los esmerados cuidados de Emma, con la que tiene diez hijos, y que suele asistir a algunas de las reuniones y discusiones de su marido con los colegas, recuerda Piqueras.

Los reveladores trabajos acerca de la evolución y, sobre todo, la muerte a los diez años de su hija favorita, Annie, tras una larga agonía por fiebres, hacen que Darwin abandone por completo su fe religiosa..

"No había conflicto en el matrimonio, pero a ella le preocupaba mucho la falta de fe de su marido y a él ver que Emma sufriera. Ella siempre se mantuvo en sus creencias, y aunque no hubiera sido así era una sociedad en donde si las mujeres no creían en Dios no lo decían", explica la presidenta de la ACCC.

Aunque liberado, por su parte, de los prejuicios creacionistas imperantes en la época -"comenzó a pensar que Dios no era necesario para explicar el mundo", afirma Piqueras- el científico inglés no se decidía a hacer públicas sus ideas evolutivas, por miedo, quizás, a la reacción que generaría en la sociedad, pero, sobre todo, a dañar los lazos que le unían con su esposa.

Sólo cuando otro investigador, Alfred Rusell Wallace, publica en 1855 un artículo con el título "Sobre la ley que ha regido la aparición de especies nuevas", en el que se apunta un planteamiento sobre la adaptación de las especies muy similar al que Darwin trabajaba en privado, éste se pone a escribir para desvelar su teoría, explica la divulgadora.

A pesar de la convulsión que provoca la publicación de "El origen de las especies", sobre todo entre sectores religiosos, la comunidad científica aceptó rápidamente los planteamientos de Darwin, un reconocimiento que fue insuficiente para su mujer.

De hecho, Emma, que sobrevivió catorce años a Darwin llegó incluso a censurar algunos fragmentos de la autobiografía de su marido "porque siempre le preocupó que el mundo viera a Darwin como un ateo, porque pensaba que ciencia y Dios eran compatibles", un debate "total de actualidad", concluye Piqueras.