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Picasso regresa a Zúrich para conmemorar el centenario del Kunsthaus

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El Museo de Bellas Artes (Kunsthaus) de Zúrich conmemora su centenario desde mañana, viernes, con una exposición dedicada a Pablo Picasso (1881-1973), el genial artista español que en 1932 protagonizó la muestra más famosa acogida por este centro.

Celebrada entre septiembre y noviembre de ese año, Picasso también innovó en otro campo cultural a raíz de esa exposición y se convirtió en el primer pintor de la historia en elegir los cuadros de su retrospectiva, es decir, en actuar a la vez de comisario.

Y ese Picasso más íntimo protagoniza también la muestra que hasta el próximo 30 de enero expondrá setenta de sus obras, entre las que figuran varias de las piezas seleccionadas por el propio artista en 1932, año hasta el que abarca la compilación que abre mañana sus puertas.

En el repaso a la producción de Picasso, desde que cumplió 20 años y hasta los 50, se percibe nítidamente el trayecto por el que discurrió su obra, desde un realismo melancólico, hasta una extrema dislocación del cuerpo femenino, colorido y con un enfoque infantil.

Y a medio camino, las distintas fases del cubismo, que impulsó junto a George Braque.

Así se puede apreciar la fase analítica, con figuras enmascaradas en sus contornos por líneas anárquicas, y la sintética, más vistosa y estructurada, siempre dentro de un cierto caos.

Su estilo más hermético es el que abre la exposición, con el dramatismo de los periodos azul y rosa, en cuyas telas aparecen los perdedores de la sociedad, como prostitutas y mendigos, y también madres sifilíticas.

Pero para Picasso, que en su primera muestra en Zúrich sólo incluyó unos pocos trabajos de este periodo, el punto de partida de su verdadera carrera fue la irrupción del cubismo, que desarrolló con múltiples técnicas, perceptibles en su particular concepto surrealista.

Por ejemplo, en su "Desnudo de pie junto al mar", de 1929, en el que las partes del cuerpo se unen ilógicamente, sólo gracias a la fantasía, es un ejemplo de un estilo que pulió hasta su máxima simplificación, merced al coloreo uniforme y a trazos aniñados.

No obstante, la ahora admirada transgresión de Picasso fue criticada en la exposición de 1932, cuando el famoso psicólogo helvético Carl Jung, en uno de los principales diarios del país, el "Neue Zürcher Zeitung", llamó esquizofrénico al pintor, el día antes de que cumpliese 51 años.

Y es que desde la llegada del malagueño a Zúrich, en compañía de de su mujer Olga y de su hijo Paulo, la expectación fue tal, que la prensa le seguía en casi cada movimiento.

Toda la colección permanente de la Kunsthaus se trastocó para hacer hueco a las más de 200 obras de Picasso, 56 de ellas de la propia colección del artista, en un despliegue que se justificó con las 34.000 visitas a la exposición en las nueve semanas que estuvo abierta.

Y, aunque el desembolso del museo para la muestra excedió de lejos sus ingresos -una pauta que continúa hasta hoy, según el propio centro-, el Kunsthaus pudo comprar una de las pinturas a la venta en la exposición: "Guitarra en un pedestal", de 1915.

Salvo "Las señoritas de Aviñón", los frescos de Picasso más conocidos hasta el momento se reunieron en Zúrich, como sus dos versiones cubistas de "Los tres músicos", de 1921; "El sueño", de 1932, o "Dos desnudos", de 1906.

Ahora, la mayoría de estas obras componen las colecciones de los mayores centros del mundo de arte moderno, como el Museo de Arte Moderno (MoMA), de Nueva York, o el Metropolitan, de la misma ciudad, que han cedido pinturas para la exposición del Kunsthaus.

También hay préstamos del Museo Thyssen-Bornemisza, de Madrid; de la Tate Modern, de Londres, del Georges Pompidou, de París; o de la National Gallery, de Washington.

Suiza alberga numerosas piezas de Picasso, gracias principalmente a coleccionistas privados que muestran sus obras en fundaciones como la Beyeler (en Basilea), la Bührle (en Zúrich) y la Rosengart (en Lucerna).

Además, la atracción helvética por el malagueño más universal tuvo su último capítulo mese atrás, cuando una exposición en Berna reunió a Picasso con Paul Klee, originario de la capital suiza, en el museo que lleva su propio nombre.