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Rajoy se despide del centro

Los dos partidos se proclaman ganadores del primer debate cara a cara

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Gran parte de la clave de las elecciones está en dos conceptos difíciles de discutir: el centro y los votantes exquisitos de la izquierda. Los dos pueden servir para interpretar el resultado del primer cara a cara, más allá de la euforia que, de manera premeditada, exhibieron ayer los dos grandes partidos.

Al menos, la interpretación de ayer en el PSOE respondían a esas dos coordenadas. Quizás porque saben que Zapatero no estuvo bien.

El concepto estratégico del centro fue asimilado por José María Aznar y desde que se hizo cargo del PP en 1989 lo situó como objetivo de su política. Emprendió una travesía con el partido que le entregó Manuel Fraga y acuñó expresiones como las del centro reformista y prodigó gestos como el de identificarse como heredero de UCD, más que de Alianza Popular.

La tesis que sustentaba ese viaje es que se gana desde el centro y al partido de Fraga no le bastaba con el respaldo en la derecha, sino que tenía que ir más allá. Se dijo que en 1996 los españoles le dieron una mayoría muy estrecha, porque aún no se fiaban de que hubiera concluido, y en 2000, tras una legislatura de pactos con los nacionalistas, le dieron la mayoría absoluta porque vieron culminado el camino. Luego todo acabó como acabó, pero esa es otra historia.

Entre el centro y la derecha

En esta legislatura Mariano Rajoy ha mantenido una pelea permanente entre centro y derecha. Entre quienes le llamaban “maricomplejines” y quienes le aconsejaban llegar a acuerdos. Entre quienes impusieron los recursos a la Ley del Matrimonio Homosexual y la Ley de Igualdad y quienes le pedían flexibilidad. Entre quienes le pedían distancia con personajes como Francisco Alcaraz y con la teoría de la conspiración del 11-M y quienes le empujaban a manifestarse en la calle y decir que habría que anular el sumario. Entre quienes le proponían dureza contra las reformas estatutarias y quienes lograron pactar textos con artículos idénticos a los que recurrían de Catalunya.

En la mayoría de los casos no se impuso la tesis de los centristas. Ocurrió que durante toda la legislatura el PP ha mantenido constante un nivel de voto similar al del 14-M, con un suelo muy firme. No ha bajado del 38%, ni en los peores momentos. Eso no es suficiente para ganar las elecciones, pero mantiene prietas las filas y movilizado al electorado contra un presidente del Gobierno que se presenta como inconsistente, amigo de Chávez, que rompe España, que se encama con ETA, que llena el país de inmigrantes y que devuelve el paro y el despilfarro.

Su frase sobre la agresión a las víctimas es coherente con esa legislatura y tuvo continuación en el mitin de anoche en Bilbao, donde insistió en el terrorismo como base de su discurso.

Primera campaña sin centro

Si en la legislatura ha habido pelea entre esas dos almas del PP, en los últimos meses se ha resuelto por KO y en el debate del lunes Rajoy, acabó con “maricomplejines” de un contundente derechazo.

En los últimos meses, Rajoy se ha deslizado por el tobogán sin mirar al centro. Había quien decía que no se atrevería a excluir a Gallardón para no dejar desguarnecido el centro, pero lo hizo sin contemplaciones y sin piedad. Su programa está basado en el orden y la ley, identificando la inmigración con la delincuencia como hizo anteayer. Sin complejos, como Sarkozy, que es su modelo (sólo en eso).

Un miembro de su equipo de campaña admite que ésta es la primera en la que no mencionan el centro. Acepta que han preparado una estrategia para ir más hacia las bases electorales del PSOE con asuntos como el paro, la vivienda y, sobre todo, la inmigración. Rajoy borra el centro y ni siquiera lo menciona en campaña. Sólo lo cita Gallardón que el lunes en ABC se refería al “discurso de centro” de Rajoy.

El lunes a medianoche, Rajoy había compactado aún más a los suyos. En el cara a cara escenificó el gesto típico de los equipos de baloncesto jaleándose con las manos unidas antes del partido. Se refuerza entre los ya convencidos.

Por eso, para el consumo interno, la alegría pública del PP es real. La forzada sonrisa de ayer en la cara de Acebes, tiene base porque su candidato sigue en la carrera. En privado es más autocrítico el PSOE que el PP. Según un miembro del equipo de campaña de los socialistas, “Zapatero no molestó a los contrarios, mientras que Rajoy sólo gustó a los suyos”.

El otro concepto en juego es el de los votantes exquisitos de la izquierda, definidos como aquellos que, a diferencia de los mencionados del PP, se distancian del PSOE, cuestionan actuaciones concretas del partido y dicen antes de las elecciones que votarán otras acciones minoritarias o que se quedarán en casa.

Voto del rechazo

Movilizar a esos electores es el gran reto del PSOE ahora. Para hacerlo necesita que vayan a votar, si no por respaldo a Zapatero, si por rechazo a Rajoy. Por eso parte de su campaña está basada en lo de “si no vas a votar, vuelven” y, según sus estrategas, esa sensación se reforzó con la intervención de Rajoy en el debate.

El líder del PP les dio la tensión y el dramatismo que quería Zapatero.

Su tesis es que el exceso de Rajoy les hará plantearse que si no votan a Zapatero ganará quien propone dureza. Hay quien mantiene que en 1993 el PSOE ganó porque Aznar venció en el primer debate a González y los votantes exquisitos de la izquierda fueron a votar. Fue lo que pasó en 2004 cuando se produjo una reacción de los votantes exquisitos a la gestión del 11-M.

Si el concepto del PP alejado del centro y el de la movilización de los exquisitos de la izquierda se cumplen, el PSOE, a la larga, ganó el primer debate.



Lo que faltó en el primer debate


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