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La soledad del sur de Groenlandia

Hace mil años, en el sur de Groenlandia se instaló una colonia de vikingos, lo que permitió su llegada a América en el siglo XI.

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La costa meridional de Groenlandia es un laberinto de hielo y roca en el que sólo saben manejarse con seguridad los pilotos que llevan muchos años en la zona. Allí, en el extremo de una península modelada por los glaciares, se agrupan las casas de colores de Qaqortoq. A su alrededor únicamente hay soledad y silencio. No tiene carreteras que lleven a parte alguna.

Casi perdida al final de los fiordos, y con 3.500 habitantes, Qaqortoq sería poco más que una aldea en cualquier otro lugar. Pero en Groenlandia es una gran ciudad, y de hecho es la localidad más importante de esta región, el extremo sur de esta isla gigantesca. Para los granjeros, cazadores y pescadores que viven desperdigados por los islotes cercanos, Qaqortoq es la civilización y el recuerdo de la existencia de un mundo exterior.

Desde su puerto se puede iniciar una travesía para explorar los alrededores. Sorteando los témpanos se llega hasta la isla de Uunartoq, donde brotan aguas termales, o a Hvalsey, con las ruinas de un poblado vikingo abandonado al fondo de una bahía solitaria. También es se puede navegar hasta Eqalugaarsuit, El Lugar de los Grandes Bacalaos, una aldea de pescadores adonde no llegó nunca ningún coche.

Desde Qaqortoq un transbordador llega en pocas horas a Narsaq navegando por los estrechos canales creados por la erosión de los glaciares. Desde la cubierta se distingue un paisaje duro y hermoso. Se siente la soledad, la lejanía del mundo, la presencia mínima del hombre. Narsaq, que no tiene ni 2.000 habitantes, vuelve a suponer la aparición de la civilización en un rincón del planeta prácticamente vacío. Sus casas de colores se extienden al pie de una abrupta montaña. Si se camina por la orilla se llega a Dyrnaes, un lugar sereno al fondo de una ensenada con restos de una iglesia vikinga.

Hace 1.000 años que los vikingos descubrieron América. Las sagas escandinavas refieren la llegada de los navegantes a Groenlandia y, más tarde, a Vinland, cuyos restos se han identificado en Canadá. Éste es uno de los capítulos más misteriosos de la historia de las colonizaciones. Es la aventura de Erik el Rojo, que acabó instalándose en estas soledades a las que llamó Groenlandia, Tierra Verde.

A la búsqueda de las huellas de esta leyenda hay que ir a Qassiarsuk, el antiguo Brattahlid, el lugar donde desembarcó Erik el Rojo. Está enfrente del aeropuerto de Narsarsuak y un barco hace la travesía del fiordo de Erik. El lugar está salpicado de restos arqueológicos, y entre las granjas actuales se distinguen los cimientos de la iglesia cristiana más antigua del Nuevo Mundo. La mandó construir Pjoohildur, la mujer de Erik el Rojo, alrededor del año 1000. Hace pocos años se ha hecho una réplica de la iglesia y de la granja del pionero. La iglesia es uno de los templos más pequeños del mundo (bien apretados, sólo caben seis fieles). A pocos metros está la granja, que presenta un aspecto similar al del casco invertido de un barco y se halla cubierta de hierba. Esta forma de edificar se originó con los primeros colonos que, en su premura por asegurarse un refugio para el invierno, sacaban el barco del agua, le daban la vuelta, y lo recubrían de tierra.


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