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"Soy un tipo normal: bajo, con bigote y cara de mala leche"

M. Ángel Revilla, presidente de Cantabria. Un obispo descubrió su don de palabra y quiso hacerlo cura, pero él cambió los sermones por los discursos

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Un día, cuando tenía 8 años, le tocó guardar las ovejas de sus vecinos, 'unas 300 o 400', en uno de los pastos comunales de su pueblo. De repente, aparecieron cuatro lobos, las acorralaron y se repartieron la matanza. 15 minutos después, el prado parecía una película gore, pero el pequeño Miguel Ángel no temió por su vida en ningún momento. Su único miedo, asegura el actual presidente de Cantabria (Polaciones, 1943), era que debía presentarse ante sus vecinos sin las ovejas y no sabía qué pensarían de él.

Esa preocupación se mantiene intacta casi 60 años después. El muchacho con el que nadie quería bailar y sufría viéndose 'sometido a los ojos del resto', presume hoy de haber besado a 400 mujeres en un solo acto público. Revilla apuesta por las cifras redondas y las frases contundentes. Al poner en duda que un niño de la posguerra quisiera ser 'político cántabro' repite varias veces: 'Mi vocación es la política, ¡eh! Yo-soy-un-po-lí-ti-co'.

Para probarlo, repasa su trayectoria. 'He sido un hombre de éxito, de ganar buenos sueldos, vivir bien. Pero lo tiré todo por la borda en 1982, todo, to-do, ¡eh! porque quería ser diputado. Para ganar 100.000 pesetas al mes de las de entonces, cuando yo, sólo en el banco, ganaba 4.000.000 al año'.

Revilla improvisa una clase magistral tras otra. Tras celebrar que en Santoña ya no quedan anchoas gracias a Rita Barberá, se lanza a enumerar las bondades de su comunidad. Para hacerlo, se levanta hasta la sala contigua y comenta un tríptico colgado de la pared. Varios minutos después, vuelve al sillón, pero es incapaz de permanecer más de cinco minutos quieto. Las dos pilas de periódicos que amontona sobre las sillas colocadas delante de su mesa funcionan como un imán.

La primera vez que va a buscar un Alerta es para mostrar la foto que publica de la casa en que se crió y que el día anterior había enseñado a Emilio Botín, un banquero que lo llama 'todas las semanas'. Tienen buena relación, porque el presidente del Santander 'no presume de nada, es un ejemplo del antiprepotente'. Y si algo adora Revilla es 'la austeridad' y la 'gente normal'.

Ahí radica su tirón mediático. '¿Por qué soy noticia? Porque soy un tipo normal, hasta tal punto, que soy pequeño, bajo, con bigote, con cara de mala leche' De repente, se embala y desvela la fórmula de la normalidad: 'Me gusta un buen chuletón, una buena película, ir al fútbol y llamar cabrón al árbitro, ir en la albarcas el día de San Cipriano'.

Y sobre todo le gusta ir a Polaciones. Lo necesita, 'como una droga'. Genética aparte, se considera producto de esa tierra. 'Nací a 2.000 metros de altura en el año 43, en un lugar incomunicado, sin luz'. Sólo había una radio en el pueblo y todos los habitantes se sentaban a su alrededor. Escuchaban a Antonio Molina y comentaban 'historias terribles', como la del vecino que murió y tuvieron que dejarlo bajo la nieve durante dos meses porque no podían enterrarlo hasta que mejorase el tiempo.

El Mari, uno de sus amigos de la niñez, forma parte de esos recuerdos. Y ahí está, retratado junto a él, en el periódico. No es la única persona querida que aparece en ese diario. Su hija, de 10 años, había cortado la cinta de un rastrillo benéfico un día antes. 'Mírala, ahí la tienes, toda chula. La cría ya está envenenada con la cosa de Cantabria'. Le encanta ver que ha heredado su don de palabra.

Ya lo dijo el obispo, cuando oyó al niño Revilla recitar poesías de la Virgen. El hijo del guardamontes y la maestra 'estaba llamado a ser cura', pero convenció a sus padres de que aquello no era lo suyo. Otra cosa son los discursos. El día de su partido, improvisó uno de 3 horas y 17 minutos. Tanta locuacidad le ha traído problemas, como la noche en que confesó en televisión que su primera vez fue 'pagando'. 'Este es un país de hipócritas. Me presentaron como el putero Revilla. ¡Pero si yo no he estado en un puticlub desde que tengo 25 años, ni me ha visto nadie borracho!'.

Tras la tormenta inicial, se siente reforzado. 'A la gente le gusta que sea así. Me ven con el Buenafuente y el Wyoming y me dicen que no cambie'. Y las 'señoras mayores', de su edad, le piden besos de 100 en 100.